"El peine", Alfonso von Warden

30.08.2013 22:34

Solo y a pié, con las armas que años atrás le dio su hermana al partir a tierra extranjera, el caballero se detuvo sobre el puente y alzó la mirada hacia la montaña que nacía en la otra orilla. Su ladera, cubierta por húmedos y sombríos robledales, ya apenas se vislumbraba tras los espesos bulbos de niebla que asfixiaban el valle desde hacía varios días. Tan solo en los instantes en que el viento conseguía abrir un claro y aparecían ante él el verdor del bosque, su mirada brincaba como un animal salvaje, saltando de un detalle a otro, recorriendo la escena con tal ímpetu que una vez vueltas las nubes tenía que cerrar los ojos y esperar a que su corazón dejase de estrellarse contra sus costillas.

Así estuvo hasta que el Sol hubo cruzado el cenit, momento en el que él también partió, aunque en dirección contraria a la del astro, hasta desaparecer en la espesura. Tras él, el repiqueteo de los becerros, junto con el ladrido desesperado de un perro, le acompañaron mucho después de haber perdido de vista el último de los tejados, y el caballero no sintió el abrazo de la soledad cerrarse en torno a su pecho hasta bien entrada la tarde, cuando se descubrió cubierto hasta las rodillas por enormes helechos y apenas iluminado por los pocos rayos de luz que conseguían atravesar el follaje y la niebla. La inclinación del suelo le obligaba a apoyarse en su ascenso con la misma espada, y en más de una ocasión tuvo que luchar contra el deseo de dejar caer cuesta abajo la celada, los guanteletes, el peto y cada una de las piezas bajo las cuales el sudor que salía a raudales de su carne se agolpaba. Se vio resollando como un animal de tiro, con los talones ardiendo por las rozaduras y con el único deseo de ver más allá de la blancura que le rodeaba y saber así a qué altura estaba la cima; cada paso aumentaba su desesperación, tropezaba, gemía y ante el primer suavizado del terreno se apoyaba contra una peña hasta recobrar el aliento. Solo un ojo avezado sería capaz de ver, detrás de todas estas muestras de agotamiento físico, la férrea disciplina que todavía regía su paso y le empujaba montaña arriba sin descuidar nunca la vigilancia a la que sometía a cualquier elemento extraño que atravesase la niebla.

Para cuándo hubo llegado a una apertura del bosque, comprobó con no poca dificultad que ya se encontraba a pocos metros, bordeando la cima sin llegar a alcanzarla, del roble que indicaba el inicio del sendero que llevaba a la fuente. Sus ramas más gruesas se apoyaban en la roca, creciendo en torno a ella, absorbiéndola hasta hacerla suya. Y unos pasos más allá, donde ya se oía el rumor del agua, un musgo esponjoso y suave se extendía sobre el suelo, las rocas y los árboles hasta donde sus ojos podían alcanzar. El caballero, viéndose tan cerca del peligro, se arrodilló en mitad del camino y con la empuñadura de la espada en la frente recitó unos versos en latín para después acercarse la empuñadura a los labios y besarla en el punto donde estaban el león y las dos alabardas de su escudo. Hecho esto se santiguó y poniéndose en pié avanzó con la espada en ristre.

Allí estaba el cáñamo de hierro hundido en la roca desde el que partía un riachuelo de pequeño caudal que iba a morir en un punto indeterminado del follaje, posiblemente reabsorbida por la propia tierra. Ante la ausencia de viento, su rumor era lo único que rompía el silencio, y como si de un conjuro de la Naturaleza se tratase una fuerte sensación de paz le embriagó: De forma inconsciente su respiración se había hecho más pausada, la pisada más suave y el cansancio que llevaba arrastrando todo el ascenso desapareció acompañado de un suspiro. Su mirada, guiada por una mano invisible, dejó de escrutar los alrededores y se centró en su propio reflejo en el agua, donde descubrió en el margen el pie pequeño y bien formado de una mujer.

Se volvió al tiempo que ahogaba un grito y la apuntaba con la punta de la espada. Ella, sentada sobre una piedra, se inclinaba con aire ausente hacia el riachuelo. El pie que había visto lo tenía a pocos centímetros del agua, y de vez en cuando lo torcía con la gracia de una bailarina, marcándosele en su blanca piel los tendones, para introducir el dedo en el agua y perturbar así su imagen. La espada tembló en su mano, deshecho el impulso inicial ante la hermosura de su figura, cubierta por una túnica de gran finura que se mantenía solo gracias a un broche dorado que descansaba sobre su hombro. Las gotas suspendidas en el aire y traídas por la niebla empapaban sus piernas y talle, y unas transparencias sutiles, situados de forma que nunca llegaban a mostrar nada concreto, despertaron el deseo en él. Con voz temblorosa le pidió que le mirase, pues una cascada de pelo liso y brillante, con una sola fisura tras la que se asomaba una pequeña oreja, le cubrían por completo el rostro. Al ver que no reaccionaba, se atrevió a dar un paso más, y luego otro hasta que la espada le tocó el hombro; en ese momento el pié dejó de jugar con el agua, y suavemente su palma abierta se extendió en dirección al caballero.

La claridad del gesto le dejó aturdido y, avergonzado, rebuscó en un saquito que tenía atado al cinto. De ahí sacó un peine de oro, el mango con un engarzado de seis rubíes en cada cara. Lo depositó en la mano con cuidado de no tocarla y al instante sus dedos se cerraron sobre él. Al comenzar a peinarse su rostro quedó visible y el caballero se santiguó.

La lamia siseó unas palabras de agradecimiento y se internó en el bosque, sola.