"El panteón metálico", Jhusun

10.01.2014 16:40

 

  La noticia recorrió al instante toda la nave sorprendiendo completamente a la tripulación: ¡el supervisor encargado de la inyección constante del combustible estaba muerto! Fue encontrado por el capitán en su habitual recorrido de control, y llevaba ya más de cuatro horas sin vida.
  Al instante la alarma roja se conectó y todos se organizaron para el chequeo médico establecido en casos como estos. También se realizó una investigación del medio ambiente imperante en la nave y el resultado fue alarmante. Varios de los análisis no dejaron dudas al grupo científico y el capitán autorizó al médico jefe a brindar un informe por el sistema de comunicación interno. El especialista proporcionó una rápida y clara explicación, por lo tanto todos comprendieron que ya no había solución; iban a morir.
  Quizás varias horas, tal vez varios días; todo dependía de la velocidad de propagación del desconocido e inesperado virus, encontrado «fortuitamente» en el cuerpo sin vida, y  diseminado ya en todos los cubículos  de la nave.
  Después de mucho buscar por lo más cercano del espacio sideral un pequeño planeta, ubicado en la periferia de un sistema de estrellas en espiral, llamó la atención de los astronautas; entonces decidieron, de manera casi unánime, inyectarse cargas eléctricas neuronales para de esa forma lograr que después de la muerte fisiológica, la mente de cada uno continuara funcionando y de esa manera conseguir algún intercambio con los posibles habitantes a encontrar en el cuerpo celeste elegido.
  Se realizaron los cálculos para dirigir la nave hacia el planeta y todos permanecieron en espera… Por supuesto, ninguno de ellos imaginaba el impacto que causaría en aquel pequeño poblado la brillante fosforescencia aparecida de pronto en el cielo. Precisamente allí, donde religiosamente cada año celebraban la Fiesta de los Muertos. Lo hacían con una cena preparada sobre las tumbas de sus seres queridos.
  Las reacciones fueron muy diferentes; algunos lo vieron como el «regreso» de sus muertos y por eso estaban contentos; otros, la mayoría, se sintieron ofendidos por la interrupción y la embistieron a pedradas, lo más a manos que tenían, contra aquellos  paradójicos individuos que salían de la resplandeciente luz.
  Los astronautas, ya biológicamente muertos, intentaron hacerse entender con diferentes sonidos y señales; para mayor desconcierto de todos en el cementerio, ninguna de estas se parecía, ni por asomo, a las acostumbradas en los rituales ofrecidos a los difuntos de la comunidad. Entonces, algunos que habían enviado por sus escopetas de caza comenzaron un fuego directo e intenso contra aquellos intrusos.
  ¿Quiénes eran? No lo sabían; pero para nada admitirían una burla a sus extintos  familiares, y mucho menos en el día escogido desde hacía siglos para un homenajearlos.
  Cada disparo rebotaba en el traje de los navegantes espaciales, ayudando esto a desarrollar el pánico entre las personas que colmaban el lugar; estos, quizás por un concepto de ética y respeto a sus fallecidos no salieron a la desbandada del camposanto.
  Los hombres armados fueron conformando una línea de resguardo, que permitió a las mujeres y los niños abandonar el lugar; por supuesto que retirando antes, de encima de las tumbas, los diferentes platos especiales preparados para la ocasión: la colada morada, las guaguas de pan, frijoles, arroz, tamales, trozos de carne de cobayo y otros; mientras ellos no cesaban de disparar.
  El capitán de la nave había dado la categórica orden de no responder a los disparos, el último objetivo de esa tripulación perdida y muerta sería una comunicación bélica con seres de otro mundo. Y mucho menos mientras las baterías insertadas en sus cerebros mantuvieran carga suficiente para un intercambio lógico de criterios, ideas y conocimientos.
  Los habitantes del pequeño poblado no cesaban de disparar y los fuertes impactos ya comenzaban a mellar los reforzados chalecos que cubrían la anatomía de los astronautas, al extremo de que en uno de estos trajes se produjo un corto circuito, lanzando al aire rayos lumínicos que consiguieron hacer crecer el pánico en los hombres que se enfrentaban a aquellos intrusos aparecidos en medio de la periódica celebración. Detuvieron los disparos y retrocedieron un tanto.
  El capitán es informado que la afectación en el traje del mecánico espacial había sido provocada por una polarización en los circuitos de la batería que llevaba en la cabeza, y la consecuencia fue clara: una pulverización total del cuerpo. Exactamente igual ocurrió con uno de los pilotos. Las minúsculas e infinitas partículas diseminadas en el aire provocaron un ambiente denso y nublado; además, la química descompuesta de las baterías esparcía un olor muy penetrante y raro en el lugar.
  Al instante varias hipótesis extraordinarios prendieron en las mentes de los habitantes del poblado que comenzaron nuevamente a rodear el hogar de sus muertos.
—¡Ellos han venido!
—Nos agradecen la oferta que cada año hacemos —y muchas ideas más de este tipo.
  Algunos lloraban sin perdonarse haberlos atacado; otros gritaban de alegría porque podrían nuevamente abrazar a su padre hermana, o a un hijo.
  Se organizaron de acuerdo al parecido familiar que encontraban en cada «visitante» según los despojaban de sus trajes; estos los dejaban hacer, notando que ya las baterías llegaban a la etapa conclusiva de su carga.
  De nuevo fue organizado el festín de los muertos y casi mecánicamente hicieron sentarse frente a cada tumba al que habían elegido como su difunto, sin para nada imaginar que esa alma a su lado había nacido y crecido a millones de años-luz de distancia.
  Cada tripulante galáctico fue desplomándose a medida que su vida artificial llegaba al final. Y entonces la decisión unánime fue abrir las tumbas para unir el cuerpo allí existente, con el alma bajada del cielo. Misión esta de tanto valor espiritual que fue encomendada a los adolescentes del lugar, muchos de los cuales sufrieron tal impacto psicológico que murieron en su cumplimiento; integrándose a la lista de fallecidos en el lugar aquel finalmente azaroso día.
  Con impaciencia todos en el pueblo esperaron la llegada del próximo dos de noviembre; ese año la fiesta sería celebrada alrededor del extraño panteón metálico que muy despacio había bajado del cielo con sus difuntos seres queridos dentro. Pero no regresaron ni el próximo año, ni el siguiente, ni el otro.
  Entonces aquel día es y será recordado por muchas generaciones, debido a la tremenda tragedia ocurrida…