"El maratonista de cinta"

09.11.2014 08:49

Nuestra época es esencialmente trágica. No tenemos ante nosotros un camino llano que conduzca al futuro. Pero rodeamos o superamos los obstáculos. Tenemos que vivir, por muchos que sean los cielos que hayan caído sobre nosotros. D. H. Lawrence

Marzo 28, 2011

 

_ Hace un año no podía moverme.

_ Sin embargo ha hecho una hora de cinta corriendo a un ritmo sostenido.

_ Estuve dos años y medio en cama producto de un infarto intestinal y además, sufrí un duro golpe en mi vida; pero mejor no hablar de ello ahora.

_ A mí me impresiona su ritmo, yo no puedo sostener media hora caminando a un paso casi de paseo.

_ Es cosa de tiempo, ¿ve esta herida?, me operaron por la obstrucción de la arteria intestinal y luego se complicó con una eventración. Estuve muy próximo a morir.

_ No puedo creerle, se lo ve de maravillas.

_ No crea, además, me repuse a la pérdida de mi único y pequeño hijo.

_ ¡Mmmh!, ¡Qué dolor, mi Dios!

_ No se preocupe, ya estoy bien.

_ Le hace mal contarme la historia.

_ No, pero será en otra oportunidad. Debo irme.

_ ¡Suerte!, y lo felicito, de ahora en más, será mi modelo a seguir como corredor en aparatos.

_ Como adelanto de nuestra futura charle, le insisto en que considere que estuve casi tres años en cama y empecé corriendo apenas uno o dos minutos, y me iba a duchar.

_ ¡Admirable!, desde todo punto de vista.

Bajé al bar luego de asearme y vestirme lentamente. La actividad física había hecho estragos en mi cuerpo abandonado; satisfecho por el esfuerzo me senté en la barra pensando en mi breve charla con el maratonista de cinta. Me acomodé en la barra junto a un periódico que tomé de una mesa, pedí un jugo de naranja y comí una golosina. Los retazos de la historia abreviada del maratonista no me abandonaban. Mientras observaba a mí alrededor, costumbre que uso mientras me entretengo en lentas y dispares cavilaciones, detecté una mujer de una edad de difícil predicción. Sencilla, de rostro limpio sin rezagos de maquillaje, vestida de  joggings, sola, en una mesa del bar y probablemente absorta en sus pensamientos o vaya a saber uno, tal vez en las mismas cavilaciones espirituales o nimias que me asaltaban cuando estaba solo.

Mientras pensaba en la extraña experiencia con el maratonista, lo veo bajar del vestuario y saluda a quien era, finalmente, su mujer. Contrastaba el atuendo novedoso y moderno de él contra la sencillez de ella, que adivinaba o arriesgaba, de personalidad simple y si apremios.

Se dieron un dulce y efímero beso y, abrazados abandonaron el Club. Yo salí poco después imaginando cómo habrían sobrevivido a tanto dolor. Mientras cruzaba en busca de mi coche, los vi en la parada del ómnibus, sentados bajo el techo de hormigón ligero del parador, entrelazados  y apurando una charla que resultaba para mí lejana y curiosa.

Guiado por una fuerza extraña decidí seguirlos. No podía creer que hechos tan extremos pudieran superarse. El ómnibus llegó finalmente y la pareja subió como si fueran uno. Recorrí un largo camino hasta adentrarme en la calle Mare de Deu de Port en el marginal barrio de Can Tunis, situado en los confines de una Barcelona atestada de inmigrantes turcos e ilegales. Vivían en una austera casa de madera, pulcra, conservada en medio de un entorno desgreñado y sucio. Permanecí un cuarto de hora bajo un árbol reseñando mentalmente lo ocurrido. Saturado de pensamientos contrapuestos, decidí volver.

Volví a ver al maratonista el sábado siguiente. Mientras yo caminaba a un ritmo de 5.0 de marcha, lo veo subirse a una cinta adyacente con auriculares puestos. Pareció no reconocerme y eso me indignó. Comenzó a correr a una velocidad de 12.5, mientras imaginaba que todo a su alrededor, era una mancha mientras yo miraba en detalles un bizarro film, en la pantalla suspendida del techo.

Todo el entrenamiento lo busqué con la mirada para dispensarle un saludo. El maratonista ignoraba mis esfuerzos o simplemente carecía de memoria. Nos volvimos a cruzar luego del aseo consabido y al observarlo desnudo me asombró ver que su cicatriz había desaparecido. Su abdomen se mostraba firme en relación al que había conocido hace apenas una semana atrás. Bajé, inevitable, a la planta baja y me acomodé en la barra. Una mujer lo esperaba pero ahora era bella y exquisitamente vestida, con ropa muy sexy y excesivamente maquillada para una mañana de gym. El maratonista bajó impecable, con sus auriculares puestos y se besaron a modo de saludo. Apuré mi jugo de frutas y los seguí. Esta vez subieron a un BMW blanco como una nube. Apenas si pude seguirlos con mi pequeño Ford. No obstante la pericia puede más que la velocidad y adivinando su destino, acortar camino me puso a tiro de su recorrido. Bajaron en el mismo barrio lateral e ingresaron a un galpón oxidado con todo el aspecto de un abandono de años. Esperé fumando, confundido, dudando de mí y de mi ingenuidad para juzgar a los hombres.

Al cabo de un día vi salir a varios hombres iguales al maratonista y decenas de mujeres con ligeras diferencias de atuendo. Se fueron en pareja y todos en distintas direcciones. Absorto no supe qué hacer. Elegí seguir a uno de ellos y me concentré en hacerlo bien. Iban al gym. Barbudo y mal dormido mi imagen era patética. El maratonista bajó impecable; yo tenía mis húmedas prendas del día anterior pero pudo más mi curiosidad exacerbada así que decidí, lavarme la cara y, con mi ropa sucia, asistir al gimnasio. El maratonista iba a una velocidad a la que era imposible hablarle. Sin embargo, me conoció e hizo una suerte de saludo que tomé como un cumplido. Mi rendimiento fue lamentable, acusaba la larga noche de vigilia y frío y apenas si cumplí con algo de mi rutina. Destiné la mitad de mi tiempo a estiramiento hasta que nuestros tiempos coincidieran. No vimos como de costumbre en el vestuario. El maratonista se mostraba afable y yo disimulé como si nada extraño estuviese pasando. La cicatriz parecía un agregado a su cuerpo bronceado y al que dividía longitudinalmente en dos. Bajamos juntos esta vez y no estaba su mujer. Lo invité un jugo y nos sentamos en la barra.

_ ¿Hoy no vino su mujer?

_ Mi mujer está en un psiquiátrico desde la pérdida de nuestro hijo.

_ Habría jurado que lo he visto saludándose con una mujer.

_ Imposible, suelo ir a visitarla luego de mi entrenamiento.

_ ¿Pero no fue Ud. quién tomó un autobús dos semanas atrás?

_ ¡Imposible! vengo en mi auto particular.

_ Disculpe mis preguntas no es un tema de mi incumbencia.

_ No me molesta, supongo que sus interrogantes me ponen a prueba de algo.

_ ¿Trabaja?

_ No, estoy jubilado y lo único que hago es entrenar. Si tuviera tiempo para pensar imagino que no podría resistir mi pasado. Mi vida se ha convertido en la meta de superarme día a día en la cinta.

_ ¿Dice Ud. que su vida se reduce, entonces, a correr en la cinta?

_ Si, simplificar mis acciones es lo mejor que me ha pasado. Mi vida se centra en superar esa máquina y luego otra y luego otra y así hasta el final de mis días. Supongo que con ellas me comunico. Aumento la potencia, la velocidad, chequeo mis indicadores vitales y mi fin es dejarlas obsoletas y rotas. Como le decía cuando nos conocimos, comencé con unos pocos minutos y hoy llevo tres máquinas destruidas y he puesto en un verdadero desafío a los dueños de la empresa que no saben qué hacer.

_ Nunca imaginé una meta semejante. Imagino que uno se debe sentir bien en “perseguir un objetivo y lograrlo a decir que la vida no ha hecho con uno lo suficiente para hacerlo feliz”.

_ Pruebe, elija un objetivo y persígalo como a un ladrón. Luego atrápelo y entonces persiga otro “ladrón” que corra más ligero y así sucesivamente.

Me quedé pensando en las palabras del maratonista. Yo no tenía preferencias. Nada prevalecía en el enredo desprolijo de mis elecciones. Aunque reconocí que tenía cierta afición por las Letras. Comencé a comprar libros en una librería de usados y a leerlos a un ritmo lento. Poco a poco fui aumentando mi velocidad de lectura y comprensión. Hasta que comprendí la ligazón que produce la literatura y deduje que todos los libros que leía tenían un hilo suelto que retomaba en el siguiente. Leí, leí y leí hasta que no pude hacer nada más. Comprendí cómo el maratonista tenía razón. El rompía cintas y yo libros. La lectura me llevó sin darme cuenta a la escritura y ahora escribo sin respiro. Invento fábulas de las que me siento parte. Sueño situaciones y una vida paralela. Ahora trascribiré mi último sueño:

El maratonista de cinta corría como un endemoniado mientras de sus pies salía humo de caucho quemado. Intentaron pararlo pero él siguió hasta que asomó el fuego. El gimnasio se fue quemando, y mientras todos escapaban, él no dejó de correr. Murió en su ley. La noticia me impactó y su recuerdo me invade como si una enredadera creciera en mi interior. Mi cerebro se disloca y ya escribo mecánicamente y sin control. Ya no hay argumento, ni trama, ni personajes. Las palabras afloran como un manantial y juego con la música del lenguaje. Lastimera y eterna, como una cadencia. Mis dedos sangran y mi cabeza estalla. La máquina se rompe y continúo en el papel; el papel se acaba y escribo en las paredes. Las paredes se saturan y consternado comienzo a correr. Y corro, corro, corro y descubro otro objetivo que es llegar a ningún lado y el objetivo se confunde con la  práctica. Mis zapatillas se destrozan, la lluvia y el sol aniquila mi ropa que cae como cáscara seca; desnudo sigo obstinado hasta que me frena el mar. Y entonces comienzo a nadar a un ritmo sostenido hasta que me voy quedando sin fuerzas, mi cuerpo se congela, mis brazos no responden, el agua comienza a invadirme, y lentamente me hundo como una pesada vara que busca la profundidad del océano. Cuando llego al fondo, casi sin aire, me sorprende que pueda respirar. Desprecio al oxígeno por inútil y entonces sonrío satisfecho porque encontré la razón de mi vida. Feliz, hace años y años que nado por el inmenso océano. Mi cuerpo se ha afinado y me alimento de kril. Nunca he llegado a una orilla con lo cual presumo que he encontrado un motivo bien grande para perseguir. Un día de sol mientras dormía, algo interrumpe mi descanso y siento, muy fuerte, un dolor en el pecho. Un arpón se me ha incrustado de lado a lado mientras veo a lo lejos un barco ballenero. Me desangro como una bengala en el cielo  y un rotor me arrastra velozmente hacia el barco. Cuando me atrapan deduzco que el objetivo del Capitán del barco ballenero era obtener una pieza grande y extraña y al tanto que mi raison d’être se extingue junto a mí, alcanzo a ver con mis ojos entreabiertos, la felicidad de quien recoge el cable que me arrastra. El maratonista festeja con sus iguales mientras que comienzo, indignado, a ofrecer pelea. No es un trabajo fácil, pero siento que persigo ahora un nuevo objetivo, sobrevivir.