"El lugar más profundo del bosque", Iris

02.10.2013 13:44

 

Era en los sauces llorones que se hallaban en la zona más profunda y frondosa del bosque donde se encontraban las hermosas casas de madera que permanecían sobre las ramas produciendo un efecto casi mágico. Parecía como si flotasen. Era allí donde los pequeños, traviesos y revoltosos duendes vivían, felices, sin ninguna preocupación salvo la de mantener su bosque en un estado en el que ningún otro se encontraba en muchas leguas en derredor.

Sin embargo, después de muchos siglos viviendo en paz con el resto de seres mágicos que vivían en los alrededores, de pronto una guerra estalló. Eran los trasgos, los malvados y diabólicos trasgos los que, envidiosos de libertad y felicidad de hadas, ninfas, elfos, unicornios y demás animales mágicos (y no mágicos), habían emprendido una ofensiva contra el bosque.

La mayoría de seres que vivían en él eran pacíficos. Algunos podían ser algo irascibles en algunos momentos, como así lo habían demostrado cien años antes los gnomos que, después de que un pequeño elfo hurtara una pequeña seta haciendo uso de su magia, condenaron al joven de apenas dos siglos a pasar el siguiente cuidando de las hormigas y mariquitas que les proporcionaban alimento a los gnomos.

Aún así, todos querían defender su hábitat, su hogar. Todos menos los duendes. Ellos eran felices y no necesitaban ponerse en peligro por los demás. Nadie llegaba hasta lo más profundo del bosque, nadie se atrevía. Todos pensaban que era un lugar lúgubre y peligroso, pero al contrario, llegaba a ser el lugar más luminoso y acogedor de todos.

Poco a poco, los seres mágicos que decidían participar en la batalla contra los tramposos trasgos iban cayendo, inertes, y con ellos, la vida en el bosque, cada vez se apagaba un poco más. Con eso, los trasgos iban avanzando en el terreno apoderándose de los hogares de los demás. Incluso los elfos, los más valientes, fuertes y hábiles habitantes de la floresta, caían sin poder evitarlo siquiera.

En su mundo, los duendes cantaban y bailaban mientras saciaban su sed con la savia de los sauces, la más rica que jamás había existido. Una savia muy preciada. Cada uno, dentro de su pequeño hogar, dentro de su casita de madera flotante, tenía una fuente. Una fuente inagotable, una fuente de la que, fuera el día que fuera, podían beber hasta hartarse. Pero, ese día se terminó. En la última fiesta (fiestas que daban cada día), la savia se agotó, únicamente un par de gotas cayeron en la gran hoja verde del gran sauce llorón que permanecía en el centro de las profundidades del bosque. ¿Cómo podías ser? Era algo sin precedentes.

Todos y cada uno de los duendes enloquecieron. Sin saber qué había pasado o cómo había ocurrido no podían hacer nada, pero tenían que ponerle fin. Hacía un par de eras que ningún duende se había atrevido a salir de la zona frondosa del bosque. Eran pequeños y debiluchos, y la mayoría de ellos cobardes, y tenían todo lo necesario ¿Para qué abandonar la seguridad del bosque? Ahora, no quedaba otra opción. Era necesario.

Asustados y temblorosos, nueve de los duendes se pusieron en marcha hacía la “claridad” del bosque, hacía donde la espesura no existía, hacía donde la batalla dejaba cadáveres por doquier. Nueve. ¿Qué iban a hacer nueve duendes contra todo un ejército de malévolos trasgos en caso de enfrentarse? Nada.

Poco a poco avanzaban. Oían el retumbar de cuerpos al caer y el eco de los bramidos de cada animal fallecido cada vez más cerca. Miraban a su alrededor y notaban la desesperación que el bosque sufría, lo sabían, todos sabían que el bosque se estaba muriendo. Cada árbol permanecía seco, sin vida, sin saludar a los duendes que pasaban a su alrededor. Tenían que evitar que sucediera el final.

Fue un unicornio el que, de sopetón montó a los nueve duendes a su lomo, llevándoles al mismo centro de la batalla. El fuego que emanaba de las puntas de las fechas de los trasgos, había penetrado en las raíces del bosque. No había nada que hacer. ¿O sí?

El poder y la confianza se apoderaron del más anciano de los duendes, el que menos tenía que perder. Corrió con valentía hacia el trasgo más grande, aunque de apenas siete palmos sobre el suelo, le ganaba en seis al temeroso duende. Sin saber el cómo o el por qué, se encontraba frente a él, mirando hacia el cielo sin saber qué hacer, pero entonces lo vio claro. No siempre el grande es el más fuerte, no siempre el poderoso tiene que vencer. Aprovechó la notable diferencia de tamaño para colarse entre las “patas” de su adversario y así colocarse en la retaguardia. Allí un simple mordisco en la pantorrilla hizo que se doblara, cayendo de bruces contra el suelo, momento que el unicornio que observaba la hazaña del duende aprovechó para acercarse y colocar sus pezuñas sobre el trasgo en señal de victoria.

Al verlo, el resto de seres mágicos que por allí se hallaban y que por fortuna, permanecían con vida decidieron seguir con el ejemplo. Pronto, el trasgo jefe estuvo atado al tronco de un árbol y el resto de su tropa huyendo hacía sus agujeros en el suelo de algún bosque lejano.

Poco a poco, entre todos, consiguieron apagar todos los fuegos que se habían producido, pero tuvieron que pasar centenares de años para que el bosque mágico volviera a ser el que antaño había sido. Más suerte tuvieron sin embargo, los duendes que, aunque sólo seis de los nueve que partieron, consiguieron volver, cuando lograron entrar en la espesura del bosque comprobaron que la savia había regresado con ellos. El bosque volvía a estar vivo y su sangre corría de nuevo a través de él.