"El latido del mar", Poe

08.05.2014 18:35

 

Dejad que el latido del mar llegue
hasta las más altas cumbres del alma,
hasta la prístina esencia del pensamiento y del sueño.

Su murmullo será tan sutil y placentero
como el dulce tañido de una campana
que, sorprendida, anuncia el alba.

Dejad  que sus musas viertan frescura y lozanía sobre los poetas.
Dejadla que con sus manos modele las esculturas del horizonte.

Sabemos por qué el mar adopta una apariencia
incipiente de culebra o de sarmiento, de musa
llorando la soledad de las trompetas del aire.

Sabemos por qué en las calurosas tardes de estío
el mar teje hermosas melodías de naufragados navíos,
lejanos preludios de decrépitos marineros
que navegaron las aguas de la memoria.

El mar, en las noches de luna llena, en su encaje,
teje requiebros de sirena enamorada para evocar
el dulce sueño de Ulises.

El mar es gozosa primavera, sed de mariposas,
voluble celeridad de los galanes floridos,
gardenia o ramillete de ilusiones invulnerables  al eco.

Es un delirio de rosas carmesíes
     que, al alba, llora en silencio.

No la dejéis morir en la melancolía.
Dadle un manto de azucenas
para que en la brisa de sus marejadas
y en el balanceo turquesa de su espumosa  acuarela
podamos  apagar la ansiedad de los vendavales.

Así llegará la noche con su maleta de sueños.
Entonces será una incógnita abandonada
al falo núbil de los deseos,
un indeleble recuerdo cuajado de misterio y embeleso,
un prodigio sumergido entonando
una canción de añoranza.

Y el día de la  mar será como una tierna  gacela
esquivando el temporal de sus designios. 

Deja latir el susurro del mar allí donde el impulso
vital del agua extiende su arrollador dominio de líquenes.
Que atrape el verdor aceitunado de los pinares.
   Que rompa el lamento de los narcisos afligidos
donde el destino excava túneles de dolor
para inundar de llanto su frágil lirio marchito.

Deja que la mar con sus corales silvestres
borre el silencio que dejaron la muerte y la desolación.
Que desdibuje el desvencijado y letal
esqueleto de la tristeza que diseñaron las mareas.

Y, si la tarde sigue ostentando
la magia que bordaron las olas
en la superficie de su nacarado espejo,    
deja de llorar y canta.