"El huerto de Solphim", OMG

24.07.2013 15:04

Con una contagiante alegría regresaba Solphin a su casa.

Orgulloso estaba él del jardín que había logrado conformar alrededor de esta, y siempre que encontraba alguno de los habitantes de la aldea husmeando entre las plantas perdía los estribos y todo terminaba en una fuerte pelea, detenida invariablemente por la intervención de otros hobbits.

Por eso recordaba en todo momento el consejo dado por un amigo hacía muchos años: siempre regresa contento a la Comarca, eso te evitará muchas discusiones.

¡No podía creerlo! Su jardín invadido nuevamente. Difícil sería impedirle que golpeara al que estuviera dentro.

Pero si grande fue la ira, mayor la confusión. Solphin no podía creer que las plantas de su jardín estaban siendo devoradas por un precioso unicornio, blanco como todos, pero con destellos dorados en el pelo de lomo, ¿qué hacer?, ¿golpearlo?, ¿deshacerse del místico animal? Las preguntas no cesaban en su mente.

Entonces, de manera mecánica lo tomó suavemente por la pequeña barba de chivo que comenzaba a dejarse ver en el todavía joven animal, para arrastrarlo al patio del fondo. Muy dócil se dejó conducir el unicornio, y con el cuerno de la frente hizo caer algunas frutas bajas de los árboles.

Mientras las recogía tratando de no hacer ruido, Solphim cavilaba sobre cómo explicar a los demás habitantes de la Comarca la presencia en su patio de un unicornio.

—No pienses tanto, yo me lo llevo mañana —la voz salida de alguna parte asustó tremendamente a Solphim; buscaba y buscaba sin resultado. Entonces miró al unicornio; pero nunca había escuchado que estos hablaran—. Soy yo quien te habla tonto hobbit.

Un gnomo, haciéndose visible, rodó por la cola del animal hasta llegar a la tierra. Su figura enana y redonda se acercó con paso firme a Solphim; y continuó hablando mientras se alisaba su larga y blanca barba:

—Quiero que me dejes pasar la noche por aquí —le dijo con tono impositivo—; estoy muy agotado y todavía me queda un largo viaje.

—¿Y puedo saber adónde vas? —le preguntó Solphim mientras se agachaba frente a él.

—No.

La respuesta sorprendió un tanto al hobbit, pero repitió la pregunta recibiendo la misma respuesta.

—Entonces tienes que irte de mi casa.

El gnomo se percató de que no había escogido la línea correcta:

—El joven potrillo no resistiría otra noche de camino sin descansar.

Solphim se puso de pie y fue hasta el joven unicornio, verdaderamente se escuchaba jadeante. Miró a gnomo que daba vueltas a su sombrero de pico muy cerca de él.

Unos segundos estuvieron sin hablar:

—Se quedan los dos en el patio y se marchan apenas el Sol aparezca —concluyó Solphim.

—Así será —dijo el gnomo mientras se acurrucaba muy cerca de las patas del unicornio que ya estaba echado y presto para dormir.

Después de más o menos valorar los desastres en su jardín, entró Solphim a su casa y la alistó para irse a la cama; con la esperanza de no encontrar a sus “invitados” al día siguiente.

Cuando amaneció y salió a comprobar encontró una nota delante de la puerta:

“Muchas gracias preciado hobbit; otro acto de bondad practicado por los habitantes de la Comarca será contado generación tras generación. Solo un joven unicornio con destellos dorados en el lomo podía lograr que el reino fantástico del Marselay no fuera destruido por los ogros que lo rodean. La princesa Yhaslay me encargó la misión de encontrarlo. Ella sabrá que sin tu ayuda no hubiera sido posible.”

Lágrimas de emoción nublaron los ojos de Solphim impidiéndole ver como renacían las plantas que el místico unicornio había devorado la tarde anterior.