"El grito del ahorcado", L.D.B.

24.09.2013 17:13

 

(Fragmento)

 

"EL GRITO DEL AHORCADO"

 

Leticia García estaba encantada con su mudanza. Era un pequeño chalet desde el que se divisaba la playa a lo lejos. Una vista maravillosa durante el día soleado con sus barcos cruzando el mar y sus gaviotas haciendo equilibrismo sobre las olas. Realmente estaba satisfecha con su compra. Había valido la pena y no entendía cómo era posible que llevara meses en venta. No era una casa demasiado cara y para una persona, como era su caso, era perfecta: un comedor, una cocina, tres habitaciones, el cuarto de aseo y un bonito jardín con un cobertizo donde guardar su moto.

Se sentía fascinada con su adquisición e invitaba a sus conocidos a tomar el café con la intención de impresionarles con la buena vista que tenía de aquellas aguas azules de espuma de un blanco brillante.

- No sé, Leti -Le comentó una amiga una tarde-, siento que este lugar encierra algo desagradable.

- Pero, Eu, ¿cómo puedes pensar algo semejante de un sitio tan apacible? -Se extrañó Leticia García verdaderamente impresionada- Llevo aquí casi un mes y te aseguro que es la mar de tranquilo.

- No sé, Leti, pero no bajes la guardia, por favor.

Cuando Eulalia se fue, Leticia se quedó un poco impactada pero enseguida  trató de encontrar una explicación lógica a la sensación desagradable de su colega. Seguramente Eulalia Fernández sentía envidia por lo afortunada que había sido al dar con aquel chalet. Así de sencillo. Sentía celos y por eso deseaba asustarla, para que abandonara aquella maravilla y volviera a la ruidosa ciudad...

En la noche, antes de acostarse, miró, como de costumbre, por la ventana de su habitación y se quedó helada al ver una silueta balancearse cerca del cobertizo. Su corazón latió con fuerza, desbocado por el sobresalto, pero la visión duró tan sólo unos segundos por lo que creyó que fue obra de su imaginación debido a las palabras de Eulalia.

- No la volveré a invitar. -Se dijo alejándose de la ventana y metiéndose en la cama- Soy tan fácil de asustar...

Se durmió apenas se arropó con la sábana. Soñaba que estaba en la playa completamente desnuda y con todas las miradas en ella. Sentía mucha vergüenza y no sabía en qué momento había perdido el bikini y no tenía la más remota idea de dónde había dejado la toalla. Se dirigió al agua con rapidez, dispuesta a sumergirse y evitar así ser el centro de atención...

Eran las tres y treinta y tres de la madrugada del día tres de Agosto cuando un grito desgarrador rasgó el silencio de la noche. Leticia García despertó con una sacudida y, sin darse apenas cuenta, se incorporó, saltó de la cama y corrió a la ventana. Llegó con el tiempo justo de ver a alguien saltar desde el tejado del cobertizo, quedar balanceándose unos segundos y desaparecer en la oscuridad.

El miedo se apoderó de ella. Cerró con violencia la ventana y bajó la persiana. Cogió su móvil para llamar a Eulalia. Tal vez ella sabía algo que no le había querido contar... Su teléfono, sin embargo, estaba apagado. Al parecer se había quedado sin batería y no se atrevía a ir al comedor en busca del cargador. Se metió de nuevo en la cama y se cubrió con la sábana tapándose, esta vez, hasta la cabeza. Temblaba, pero irremediablemente se quedó dormida sin darse apenas cuenta.

 

El día siguiente amaneció soleado. Leticia García despertó sobre las diez y media. ¡Demonios, sí que había dormido!

Se levantó y abrió de par en par la ventana. ¡Qué día más bueno hacía! ¡Y qué buena vista la del mar azul!

De pronto su mirada cayó sobre el cobertizo. Un escalofrío la recorrió. ¿Por qué? No recordaba nada de la noche anterior... absolutamente nada... Entonces, ¿por qué se inquietaba?

- Habré tenido una pesadilla que no recuerdo. -Se dijo dirigiéndose al cuarto de baño para darse una buena ducha y despertarse totalmente.

Los días transcurrieron apaciblemente hasta llegar la noche del dos de septiembre en la que Leticia García se sintió, de repente, inquieta sin motivo alguno.

- ¿Qué me pasa? ¿Acaso estoy agotada?

Sí, sería eso... Debía estar agotada, pero, ¿de qué? Si por lo menos hubiera hecho algún ejercicio físico ese día... pero lo cierto era que se lo había pasado en el jardín tomando el sol y bebiendo café.

- Desde luego, teóricamente el café quita el sueño... -Se dijo desnudándose para ponerse el pijama.

Se metió en la cama y puso un CD de canto gregoriano para relajarse y lo consiguió. Sus párpados se cerraron y cayó en un profundo sueño.

Eran las tres y treinta y tres del tres de septiembre cuando un grito desgarrador la despertó. Se sentó sobresaltada en la cama y escuchó, pero sólo oía sus propios latidos. Su corazón bombardeaba con tal violencia que daño le hacía en el pecho. ¿Qué había sido?

Entonces recordó, de súbito, lo que le había ocurrido el mes anterior... Era el mismo día y la misma hora... Involuntariamente miró hacia la ventana y la que rasgó la noche con su grito fue ella al ver un rostro pálido que la miraba con ojos desorbitados y con la lengua fuera; colgando. La visión duró unos segundos, tiempo suficiente para provocarle el desmayo.

 

Afortunadamente para Leticia García, al día siguiente no recordaba absolutamente nada... Ni la sombra balanceante del mes anterior ni el rostro de aquella noche.

Se levantó pasadas las once, se dio un buen baño y se preparó su café matutino con galletas artesanales. Se sentía alegre y llena de vida, pese a que el cielo estaba algo nublado. No tenía idea ni tan siquiera de haber estado desmayada más de media hora y que había delirado con fiebre toda la noche, de no ser así, su plenitud se habría arruinado.

Y así pasó el mes de septiembre y llegó el dos de octubre sin novedad, pero aquella mañana todo era diferente otra vez. El cielo con nubes oscurísimas, dispuestas a descargar una buena tormenta... pero no tan fuerte como la de su interior.

- ¿Qué tal salir a hacer un poco de ejercicio? -Se dijo en voz alta- Parece que va a llover, pero, ¿qué importa con lo delicioso que es sentir cómo las gotas de lluvia resbalan por la piel de una? Además, necesito respirar aire puro... No sé por qué, pero algo me oprime el pecho.

Así es que se dirigió al cobertizo para coger su bicicleta. Ya cerca de éste vio que la puerta estaba entreabierta. ¿Cómo era posible? Si ella la había cerrado... ¿o no?

"¿No será que hay un ladrón o algo?", pensó deteniéndose en seco. ¿Y si era así? ¿Y si era un personaje peligroso que la acechaba? No, debía haber sido el viento, pero... ¿cómo podía el viento abrir una puerta que estaba, según creía, cerrada con llave?

Estaba a punto de dar media vuelta para ir en busca de algo con qué defenderse cuando la puerta se cerró dando un fuerte portazo que hizo que brincara del susto. El viento, desde luego, no podía ser porque, aunque estuviera el día gris... ¡se daba cuenta de que no había ni una brisa!

No tuvo tiempo de reaccionar porque casi de inmediato se oyó un grito femenino que le heló la sangre en las venas.

- ¡Vete, Leticia!

- ¡Eulalia! -Exclamó al reconocer la voz de su amiga.

A Leticia García la sangre le subió a la cabeza mientras corría, sin pensarlo, hacia el cobertizo y trataba de abrir la puerta. ¡Cerrada con llave! ¿Cómo era posible? ¡Acababa de verla entreabierta!

- ¡Eu, esto no son bromas agradables! -Le dijo golpeando la madera- ¡Sé que quieres asustarme para que me vaya y abandone esta reliquia! ¡Abre! ¡He visto cómo cerrabas!

- ¡Huye, Leticia!

La voz de Eulalia Fernández estaba apagada... desfalleciendo... ¿Era parte de un plan para hacerla marchar de allí?

- ¡Eu! -Rugió redoblando la fuerza con que golpeaba el cobertizo, pero no obtuvo respuesta.

A la carrera entró en la casa en busca de la llave, preguntándose dónde la habría puesto. Sin embargo, antes de llegar a la entrada alguien le empujó haciendo que perdiera el equilibrio y que, al caer, su cabeza diera contra un gran maceto que tenía con geranios.

La sangre empezó a correrle desde la herida que se había abierto en su frente hasta morir en el suelo formando un charco espeso. Sintió que perdía el mundo de vista a causa del intenso dolor, por lo que no supo si la voz familiar que se dirigió a ella entonces era real o imaginaria.

- No tuerzas el rumbo de los acontecimientos, Let. -Le advirtió alguien en un susurro.

 

Cuando Leticia García volvió en sí ya era noche cerrada. Trató de abrir los ojos pero algo pegajoso se lo impedía. Entonces recordó. ¿Cuánto había estado inconsciente? ¿Cuánta sangre había perdido? Por supuesto, ésta se le había secado pegándole las pestañas unas con otras e impidiéndole mover los párpados sin hacerse daño...

- Tranquila, Leticia -Trató de darse fuerza moral-, debes pensar ffríamente...

Se sacó un pañuelo del bolsillo y lo mojó con su saliva para luego frotarlo en sus ojos. El proceso fue lento, pero al fin logró despegarlos.

Tal vez hubiera sido mejor no hacerlo. Ante ella, no muy lejos, se alzaba el cobertizo y ante la puerta había... ¡había un hombre ahorcado!

- ¡Ben! -No pudo reprimir aullar mientras sentía que el corazón le galopaba- ¡Oh, Ben!

Corrió hacia donde estaba el suicida. La escena era horrible: Ben tenía la cabeza echada hacia adelante con los ojos muy abiertos y desorbitados y la lengua fuera... abultada... azulada...

- ¡Ben!

Leticia García llegó jadeando. Le temblaban las piernas. ¿Cómo había llegado Ben hasta ella... y cómo había sido tan idiota como para matarse, en vez de hablarle?

- ¡Ben! ¿Por qué...?

No acabó la frase. Allí no había nadie... Nadie, pero lo que se decía nadie... Tan sólo... una cuerda que se balanceaba.

"Ahora te toca a ti, Let. -Oyó en su cabeza la voz de Ben- Te estoy esperando...".