"El gordo", Neptzeus

01.10.2013 18:58

 

 

El cuchillo chirrió contra la ventana, en su reflejó, la desolada figura de un ser aterrorizado, acorralado y a punto de ser sacrificado.

Horas antes había oído un ruido en el sótano pero no le dio importancia ya que está situado a la altura de la calle y a esas horas era habitual que algún borracho o vagabundo anduviera por allí, ya que dos calles más allá se reunían alrededor de una fogata que salía de un bidón y tomaban algo al calor de las llamas.

“Maldita sea” Había pensado “nunca pararán de pasar por aquí estos vagabundos”

Pero ahora sumida por el terror no podía pensar con objetividad, ya que en esos momentos cobra el instinto las riendas de la lucidez y pensar no es objetivo cuando el peligro de muerte es inminente. Así que llevada por el instinto de supervivencia se afanó en correr hacía el cuarto de baño y encerrarse con todas sus fuerzas, sosteniendo la puerta con todo su cuerpo, de modo que todo el lateral de ella aplastaba la puerta a modo de trinquete.

La voz surgió de la nada, grave y profunda, helando la sangre de María. Cuando se está tan cerca de la muerte, las fuerzas se multiplican en un último intento de evadirla, y así, sacando fuerzas de flaqueza pudo proferir gritos de auxilio.

Pensó que alguien tendría que oírla ya que a pesar de ser más allá de las dos de la mañana, alguien se despertaría en pos a sus gritos de socorro. Pero no sucedió nada. La gente del barrió estaba habituada a las trifulcas que tenían unos días sí y otros también los vagabundos y borrachos que como fantasmas recorrían aquellas calles, vestidos en sus harapos, despojados del calor del hogar, espectros de una vida que para algunos aún tenía alicientes de cambio.

Los gritos de socorro hicieron que el gordo se excitase. Era lo que buscaba, buscaba el terror en un cuerpo ajeno al suyo para satisfacer un instinto sexual que le perseguía desde la juventud. Desde que viendo películas de terror obtuvo sus primeros orgasmos, regocijándose en el miedo, la desorientación, el temor, en el profundo terror al que la víctima sucumbía, excitándose como nunca antes lo había hecho. Desde entonces buscaba el placer extremo y casi extinto que obtenía exclusivamente de la debilidad de sus víctimas.

“Grita, grita cacho puta” pronunció con voz chillona mientras restregaba el cuchillo por la puerta del cuarto de baño. “No tengas miedo, no tengas miedo, sólo deseo matarte”.

Y sí, el Gordo solo deseaba matarla para obtener la recompensa sexual que buscaba en todas sus víctimas solo que esta vez en vez de gritar más, ella calló.

“He dicho que grites cacho puta, que grites más” .aulló detrás de la puerta, pero por respuesta no obtuvo el más mínimo sonido.

Cuando consiguió entrar la vio tendida en el suelo, muerta. Absolutamente aterrorizada, pero sin vida, lo que le produjo un gran enfado, porque el necesitaba alimentarse de los gritos de clemencia, de arrancarles sollozos, de ver una vida que luchaba con las armas de la compasión para seguir existiendo, dando su cuerpo y entregándolo todo con tal de seguir viviendo. Pero no obtuvo nada de ello de María, que había fallecido de un infarto, debido a una vieja dolencia de corazón.