"El Freezer", Alex

18.11.2013 13:23

 

Leandro despertó sudoroso y con palpitaciones; comprobó que había tenido otra pesadilla. Todas las noches se repetía la misma escena. Después quedaba el desasosiego, la opresión en el pecho. “¿Qué ocurre mi amor?”, reaccionó soñolienta la esposa.

_ Tuve otro sueño horrible. Llevo noches con lo mismo. 

“Cálmate, viejo. ¿Y qué sueñas?”, no contestó, se veía asesinándola; en ocasiones la asfixiaba con la almohada, otras veces la estrangulaba.  Se levantaba, cargaba el cuerpo y lo introducía en el freezer de dos toneladas que tenía en la cocina; lo cubría con hielo y cerraba el equipo con llave. Después se acostaba nuevamente, como si no hubiera ocurrido nada. Entonces, veía la mano de Célida aferrada a su cuello, mientras le decía, con voz ronca y distorsionada: “¿Por qué me hiciste eso mi amor?”, en ese momento despertaba.

_ Hoy iré a la consulta del psicoanalista. Si no lo hago, me volveré loco.

“¿Cuándo comenzaron las pesadillas?”, inquirió el facultativo.

_ Después que compré el freezer.

“¿Usted ve la nevera, mientras duerme?”

Hizo un gesto afirmativo, y explicó en qué consistían las pesadillas.

“Solo hay una forma de evitar que continúen: deshágase del mueble”. 

Leandro guardó silencio. Llegó a la casa sosegado. Miró  la rugosa cara de su mujer, que lo esperaba ansiosa. Mucho tiempo atrás, había llegado a la conclusión de que sentía fobia por aquel rostro achacoso, maltratado por los años.

“¿Cómo te fue con el médico?”, indagó la infeliz.

_ Nada del otro mundo -dijo mientras tomaba una decisión: no se desprendería del equipo.

Al llegar la noche, esperó hasta sentir los ronquidos. Entonces, en un movimiento ágil, se viró hacia la esposa, colocó la almohada en su rostro y apretó con fuerza.  Evitó sus uñas, sus pataleos, y esperó el silencio, la inmovilidad, el fin.

Más tarde cargó a la desventurada, la introdujo en la nevera, cubrió el cuerpo de hielo, cerró el equipo con llave y se acostó. Estaba eufórico.

De repente, sintió algo apoyado en su pecho. Abrió los ojos y la oscuridad le impidió visualizar a plenitud. Sabía que la habitación estaba cerrada. Un escalofrío recorrió su cuerpo, trató de incorporarse, pero una mano lo comprimía en el colchón; otra, fría y húmeda, se aferró a su garganta. Sintió los dedos que atenazaban su cuello, quiso hablar. Entonces escuchó su voz estentórea:

_ ¿Por qué me hiciste eso, mi amor?

Trató de defenderse, una fuerza descomunal apretó su cuello, hasta fragmentar cada articulación. El silencio nocturno era interrumpido, por chasquidos de huesos y cartílagos, al ser quebrantados. En infinita agonía, sintió que la vida escapaba.

Días después se halló el cadáver putrefacto, la cabeza pendía del cuerpo por tendones, alrededor del cuello infinidad de minúsculos huesos astillados.

Al abrir el freezer, fue encontrado, intacto, el cadáver de Célida. Nunca los investigadores pudieron comprender por qué, entre las manos congeladas de la mujer, había pequeños huesecillos pertenecientes al cuello de Leandro.