"El ente"

23.10.2013 21:28

Son las tres de la madrugada, de un sábado perdido en medio de Mayo. El frío asoma tras los cristales rotos de la vieja nave abandonada, mientras Yon se mece en una hamaca descosida y mal oliente. Mira el techo, y cuenta una a una las telas de araña que observa, sigiloso y centrado, sin dejar que se le escape el más mínimo detalle. Incluso visualiza a las arañas que cuelgan en sus finos hilos plateados, donde se han condensado algunas gotas de agua. Hasta que oye de nuevo el silbido que minutos atrás le llamó la atención. Detiene de forma brusca el conteo y gira la cabeza casi trescientos sesenta grados. Mira obsesivo hasta caer en euforia.

-¡Qué haces aquí! – señala al fondo de la habitación.

Una silueta oscura en negro azabache se diluye como el humo, para volver a aparecer de nuevo con más intensidad.

-¡Qué haces aquí! – insiste.

La silueta de aspecto humano se agita para cambiar de lugar. En un segundo se adhiere a la pared derecha, para a continuación aparecer en el techo, y seguidamente junto a la ventana donde Yon se balanceaba en la hamaca.

-Este es mi terreno. ¿No entendiste el pacto? – se frota las manos con deseo de resolver el asunto con los puños.

-No te preocupes Yon, solo he venido a verte. No me importa donde vivas, ni que hagas. Quería hacerte una visita.

-¿Y? – refunfuña -. Ya te dije que no quería volver a verte. No me vengas con historias.

-Tranquilo Yon. Siempre reaccionas igual cuando me ves – va desdibujándose su figura -. Hoy no hay problemas. Acabé ayer con ellos, y debo decirte que muy bien. Estoy satisfecho, tanto que pensé en ti.

Yon lo mira extrañado, en el intento de recapacitar del porque de su visita, sin dar con una explicación lógica que le lleve a entender la situación que vive.

-Explícate – dice Yon.

-No tengo nada más que decir.

-¿Entonces qué haces aquí? No me has respondido.

-Calma Yon. Te lo vuelvo a decir. Sabes que abrir las puertas es muy fácil, pero cerrarlas cuesta la vida.

-¿Y qué quieres decirme?

-Eso.

-Pero soy inmortal. Acuné el resquicio de la inmortalidad aquel día en el que llevé a tu casa la última alma.

-¡Qué placer!. Pobres. Almas pobres, pero llenas de matices. Me llevaron al éxtasis. ¿Cuántas fueron? ¿Mil?, ¿dos mil?, ¿tres mil?... ¡qué importa!. Fueron únicas. Y ahora fíjate, de aquello casi ni me acuerdo.

Yon embriagado por la situación se tensiona hasta el extremo de convulsionar. El ente oscuro le observa atento, muy atento.

-¡Vete!, no quiero verte.

-De nuevo tienes la misma reacción.

-¡Vete! – y cae sentado al suelo. Del impacto permanece dolorido durante unos minutos hasta que el ente vuelve a iniciar la conversación.

-Te pagué lo que querías, y fíjate como la desperdicias. Te pasas la vida en el conteo de arañas. Esos asquerosos bichos de ocho patas que para alimentarse inyectan sus jugos en las presas que capturan, y el líquido resultante lo beben como vampiros. Ellas sí que saben, mucho más que tú.

-No comiences de nuevo con tus historias, y déjame – intenta incorporarse después del impacto. Lo hace con suavidad, hasta que se mantiene en pie, se apoya en la pared.

-Mira estas paredes. Sucias como tú.

-¿Porqué no te muestras?¿Porqué te escondes tras esa negrura? Eres infame.

-Pues sí. Soy eso. ¿Hay algún problema? Acaso te importa. No sé qué pensar. Pero juraría que tú también lo eres. ¿Tengo que recordarte la cantidad de personas que trajiste a mi vera para conseguir tu inmortalidad?. Y ahora para concluir aquí estoy. Lo siento, pero eso que te di me pertenece.

-¡Ni hablar!. Juraste que nunca sucedería.

-Pasa a veces. Me olvido tan fácil de los pactos. Qué lástima.

Yon da dos pasos en dirección a la puerta en el intento de escaparse. El ente se distorsiona y desaparece por un instante para volver a aparecer tras la puerta.

-Estamos tú y yo. ¿Quieres jugar?

-No – recula dos pasos hacia atrás.

-¿Entonces?

-¡Mierda!

El ente se vuelve más denso, un humo negro y espeso que se divide en dos y deja en el centro a Yon que mira atónito lo que ocurre.

-Tres minutos y ya está – se escucha en la habitación.

Yon no sabe dónde mirar. Siente en todo su cuerpo una presión que le ahoga, e intenta deshacerse de esa sensación inspirando fuertemente. Un leve crujido de huesos le alerta. Mira sus manos amoratadas, e intenta por todos los medios desatarse de la niebla que le oprime. Le falta el aire. Los ojos le sobresalen de la órbita.

-¡Ahora es mi momento! – dice el ente.

De la espesa niebla sale una mano que va directa al corazón.

-Lo siento Yon. Pero lo necesito para mi nuevo acto.