"El día que Emma Cayó al mar", Vladimir Senda

18.09.2013 23:31

Emma vestía de gala. Un mal paso la deslizó por la cubierta lustrosa – lentamente - como los imprevistos. Cayó al mar atiborrado de colores verdes y rosas y lilas. Vestía de negro, zapatos altos, collares y una fina cartera de cocodrilo. Amaba tanto el agua que no se asustó; imaginó que darían cuenta de su ausencia y esperó en silencio. Notó que no se hundía y eso la anegó de una quietud calma, como el estanque esquivo e inestable que la mecía. Como amaba su cuerpo desnudo, se despojó de su vestido como solía hacerlo en su casa. Dejó que las joyas refulgieran con el sol y se perdieran en el infinito; jugaba con esos haces que se disparaban de su cuerpo y partían hacia la claridad saturada del mediodía. El cielo cercano y el agua embriagadora como un narcótico. La contemplación y el medio coloidal que la contenía y la mecía y la cuidaba. Emma en silencio se dispuso a pensar libre de distracciones. Y notó que sus recuerdos se convertían en imágenes sobre el cielo. Y vio su nacimiento, su niñez, su adolescencia, su vida de relación mientras los pájaros eternos le conferían credibilidad a su extrañeza. Su hija, el impacto, su agonía, sus miedos, su vasto mundo de cuidados extremos para mitigar sus aprensiones. Emma difusa, Emma eyectada, Emma gemela, rió de su doble. Cuando hubo acariciado su vida nuevamente, alteró un par de cosas. Eliminó sus desasosiegos, algunas defensas, sus mayores sufrimientos. Su mente obraba editando. No eliminó el dolor, lo creía humano y necesario. Se despojó de prejuicios, de posturas complacientes o extremas. Le gustaba la mujer que había soñado. La proyectó al barco, con su vestido de fiesta, sus tacos estrechos, su verde cartera escamada. Emma volvía a la vida sin amarras, sin lazos, sin murallas. Emma la soñadora permaneció en el mar, Emma la soñada a su camarote. Pero un día Emma la soñada cayó al mar y notó que el agua no la mojaba. La soñadora despertó de su agradable letargo y ya sin diferencias con la soñada volvió a ese barco, que tenaz, recorría sin cesar los mismos sitios. Nada había cambiado en el impasible tiempo sin medida. Sólo Emma sabía que era otra. Miró el mar y como un espejo le devolvía su reflejo cómplice. Reverberaba el sol y se veía tendida sobre las suaves olas. Arribó a un puerto y retomó su vida. Comenzó una vida. Continuó una vida. Recaló en la vida. Olvidó su sueño y su caída. Pero ese viaje lo replica por costumbre o por azar. Ama verse espejada en un sitio exacto de la travesía, poblado de verdes, rosas y lilas. Ríe feliz sin temores. Ríe. Es feliz. Sin temores grita su alegría al mar, mientras su voz, su risa, su imagen, la muestra extrañamente otra.