"El dentista", El abuelito de Heidi

06.11.2013 11:46

             Abuelito querido, te quiero, respeto,

                             y admiro tu forma de pensar…  

                                    ( Diana 2002 )

                                                                                     

                                 

    Mirada seductora, cómplice… mentón bajo, ojos semiabiertos, grandes dosis de sensualidad irradiando por sus poros; un intenso placer para mis jóvenes sentidos. A mis dieciseis añitos había caído en los brazos de Eros.

    Ahora son vanos recuerdos de aquellos tiempos, en que con pulso acelerado y ansiedad en el estómago, acudía cada mes a la visita de mi dentista, mi Paladín, mi amado.

    El último día de consulta conllevó a la solución de mis problemas: una exodoncia de dos dientes problemáticos, y una declaración de amor previamente ensayada para mostrar a mi príncipe lo dichosos que podíamos ser eternamente.

    Estando tumbada en la silla odontológica, notaba su exuberante presencia a mi alrededor, su calor, su influjo… su miembro, rozándose vagamente por mi brazo, sus pectorales asomándose tímidamente a modo de saludo, mientras su mirada exprimía todos los jugos amorosos de mi ser.

Aquel bello día me acompañaba mi abuelo, la persona que siempre me envolvía con espacios y sabias palabras.

El tiempo se contraía, la imaginación volaba, presente y futuro se combinaban; solo una idea en mi mente, la dicha gloriosa de estar juntos… eternamente.

Mi cuerpo temblaba de amor, obnubilada ante tal figura, cerré los ojos y me dejé llevar hacia los lindes del paraíso.  Minutos después, una voz celestial me susurraba que ya se había acabado la extracción de los premolares. ¡Ese era el momento!, el momento de declararme a mi amado.

Abrí los ojos lentamente, vislumbrando su figura, alta, elegante, situada en el centro de la consulta, justo delante de… mi abuelo, navaja en mano.

Con un certero golpe, introdujo la navaja en el costado de mi amado, un atisbo de sorpresa se detectaba en sus ojos, mientras caía hacia el suelo, aletargado.

- ¡Soy el Ejército de Dios!, proclamaba mi abuelo, porque recordad las palabras que Nuestro Señor dirigió a su pueblo: “Ojo por ojo, diente por diente “; es hora de pagar tu deuda ante nosotros.

Me estremecí al detectar en mí el mismo fanatismo que en mi abuelo. Era mi primera vez, la primera vez de una primeriza, una gran excitación recorría mi cuerpo.

Mi abuelo aprovechó el momento para atar las extremidades de mi dentista y, con un rollo de cordel de cáñamo, una aguja mediana y una gran maestría, introducir la aguja por los dobleces de los labios, silenciándolos de por vida.

Mi dentista iba volviendo en sí, su cuerpo se contorsionaba en posturas imposibles. Mientras, mi abuelo preparaba la escena final, armándose con un marcador de hierro eléctrico, calentándolo al rojo vivo.

- ¡Ahora tus ojos son nuestros! , rugía.

Comenzó a azuzar a mi odontólogo con la marca, sus gemidos eran cada vez más angustiosos. Su espalda se doblaba hacia delante para que la marca apenas tocase su carne; pero era misión imposible. Cualquier horror que hubiera vivido antes no tenía parangón con aquella pesadilla.

Los gemidos se volvieron encarnizados, las marcas en el cuerpo innumerables, la escena dejó paso a una lluvia de sangre. Mi amado se sacudía frenéticamente, luchando para liberarse.

Mientras, la hostigación era incesante, de las extremidades al torso, del torso a los genitales, lacerando, hundiendo cada vez más la marca, retorciéndola y extrayéndola rápidamente, jirones de carne y sangre formando dibujos abstractos en las  paredes.

Una colosal excitación erizó toda mi piel salpicada de sangre, oleadas de placer sacudían mi joven cuerpo. Pezones endurecidos, ingles humedecidas… Poco a poco me fui tocando, masajeándome, abriendo mi sexo, gemidos placenteros armonizaban el ambiente.

Mi cuerpo se debatía de un lado a otro como una posesa, mi lengua lamía la sangre de mis labios con rápidos movimientos de vaivén, mi mano apretaba fuertemente mi sexo, que como una exhalación, llegó a un orgasmo largo y desbocado.

Y allí seguía mi querido abuelo, con la marca por encima de su cabeza, apuntando directamente a los dos luceros azules de mi amado. El golpe esta vez fue brutal, los ojos reventaron, el hueso frontal crujió y se hundió dejando paso a una ingente salida de masa grisácea.

La escena había llegado al clímax final, mi abuelo ahora arrodillado ante tal espectáculo dantesco, lloraba, lloraba de emoción, dando, entre sollozos, gracias al Señor por seguir guiándolo en su cruzada…

Han pasado más de diez años y diversas visitas odontológicas desde entonces, yo…

¡Shhh!, oigo pisadas en la escalera, ¡sube!, sube mi abuelo, aquí lo espero; hoy será una noche memorable, nuestra noche.

En mi mano izquierda tengo la  foto, años escondida en la alacena, pero encontrada por mí esta mañana, la foto de cómo mi abuelo en mi tierna infancia me arrancaba un dientecito con un trocito de hilo… ¿En la otra la mano? … La marca… al rojo vivo…

 

                Abuelito querido, te quiero, respeto,

                  y admiro tu forma de pensar…

                   por eso tus ojos esta noche,

              cerrados para el mundo han de quedar…

                                       (Diana 2013)