"El corcel", NODAISBI

30.10.2013 11:45

¿Quién no daría su alma al diablo por una vida más plena y dichosa? Algo horrible y tenebroso ocurrió no hace demasiado tiempo en la villa de Estolm, quizás simbólico para la mayoría de mortales. Pero puedo atestiguar de primera mano y a ciencia cierta, con la claridad que aun Dios ha dejado en mi mente, que lo que a continuación voy a relataros no fue producto de una mente descerebrada, inquieta o con ganas de idear absurdos planes, si no producto de la avaricia. Puedo atestiguar, ¡y lo juro por Dios!, que aquella noche magnífica cambió el curso de la historia. Una historia plagada de interrogantes, que con el tiempo han quedado inmersos en leyendas y fantasías.

A las cinco menos cuarto James se dirigió a la sala donde iba a celebrar la comitiva por haber ganado la carrera de equitación en el Palace Word White, a la que había invitado también a Jason, Jacob y Hugue. Su caballo Rick, un precioso y domable corcel que había comprado en una de esas ferias de reses, que se celebran anualmente en los pueblos, y por la cual no daban ni un año de vida, acabó sorprendiendo a la mayoría en la carrera. Nadie apostó por él, solo nosotros cuatro debido a la insistencia de James. ¡Lo juro que fue así!, nos insistió tanto que dimos el paso a ciegas. Entre nosotros se mantuvo la duda hasta el final. Un final apoteósico, que nos llenó los bolsillos de bastantes dólares. No supimos dar respuesta a esta inusual carrera. James siempre había quedado el último en sus habituales competiciones, el último de una familia que lo había dado todo por los caballos. Aquel día, un hermoso día de verano, a las cuatro menos cuarto, el mundo cambió, y nuestras vidas fueron eso, un cambio sorprendente. La alegría de James por aquel suceso nos contagió a todos, no os imagináis la sensación de euforia que nos subía del estómago. Abrazos, gritos y saludos fueron parte de una tarde de celebraciones, que acabaron en el Palace Word White, un lugar suntuoso, en el que la familia de James había hecho algunas fiestas familiares, por cierto muy renombradas en la zona por las celebridades que acudían a los eventos.

El famélico caballo que James compró aquel día nos llevó a la gloria. Desde su compra no paró ni un instante de cuidarlo con esmero, tesón y cierto fervor. El tiempo se le eximía en el caballo, su pelaje, la salud y la recuperación física y psíquica. Era su única ansia, su motivación. En apenas un mes, el caballo fue la envidia en el club de equitación. Las horas perdidas en cuidados y atenciones le habían surtido efecto.

    • ¿Qué tal está hoy? –era mi pregunta diaria en la visita al establo.
    • Bien Howard. Muy bien. Se está recuperando formidablemente. Solo tienes que ver sus ojos como brillan. Que energía desprenden. Va a ser un buen corcel. Lo intuyo.
    • Está en buenas manos.

Era un buen hombre, es inestimable decirlo. Un hombre de bien, con dinero y cierta

popularidad. Un gran amigo, y buen hacedor. Podías confiar en él, al menos yo lo hice, y nunca tuve reparo ninguno con su proceder. Era amigo de sus amigos, compañero fiel. A mí me bastaba que fuera así. Mejor confiado que desconfiado.

Al tercer día le acompañé a las caballerizas para limpiar el establo. Cogimos varias balas de paja, un carrito y dos palas. Estuvimos durante tres horas acondicionándolo hasta que volvimos a entrar a Flitz.

    • Es envidiable la pasión que tienes.
    • Howard, es un gran caballo. Míralo. Mira sus ojos. Lo dicen todo.

Unos ojos atrayentes, marcados, profundos y fríos se mostraban en el corcel. Contuve la respiración. Eran escalofriantes. Nunca antes había sentido nada igual. Mi vello se erizó. Supuse que era el frío. Nos habíamos mojado y corría brisa. Aquello me marcó… luego olvidé. ¿Qué debía temer de un caballo? El dinero me haría olvidarlo todo. Habíamos pasado de estar sin blanca, a tener en nuestros bolsillos unos cuantos millones. Esto no pasa siempre en la vida.

Y ahora estoy aquí en estas cuatro paredes, junto a mi corcel que no me abandona. Su sombra me acompaña. Es bello poder verlo retozar en el jardín.

    • Howard. ¡Cuánto me gustaría tener unos de esos fajos en mi mano!.
    • Te aseguro que no Morgan. ¡Te aseguro que no!. Preferirías mil veces estar aquí encerrado, antes que verte sumido en el horror… Escucha lo que he de decirte. Fue un mal juego. Un juego sucio. ¡Maldito dinero!.¡Maldito día!… Te aseguro que si llego a saber más, hubiese salido corriendo de allí. Pero ahora me place.
    • Tranquilo sigue contando. Es interesante cuanto dices. Al menos tu historia nos entretiene. ¿Sabes?, estoy cansado de fumar, y pasear a todo lo largo del muro. Tengo los pulmones hechos añicos de fumarme las colillas de la doctora Pristen. Las que saben a Carmín me encantan, son sensuales, las otras las aborrezco. Está maciza la condenada, se enerva conmigo cuando la piropeo.

Cuando me llevaron al hospital todo cambió. Una inyección de tranquilizantes, y… visitas de psicólogos y psiquiatras diciéndome que había sucedido, que dejara de decir locuras… y que callara de una vez. Diez milímetros de un psicotrópico me dejó dormido durante tres días. Al despertar no sabía ubicarme. En mis recuerdos solo tenía la imagen de James, mi amigo, ¿o era su alma desgarrada?. Lo recordaba vagamente… ¿Qué hacia allá?, no sabía ubicarme, desconocía que ocurría. El paso de las horas me fue dando lucidez. ¿Y los otros?, ¿dónde estaban?, ¿quién me había traído?... fueron las preguntas esenciales de mi revuelta razón.

Una semana después leí un titular en el periódico: “El embrujado Palace Word White, la muerte al acecho y el corcel desbocado”, lo leí insaciable. Los párrafos me acongojaron, las explicaciones de los sucesos, narradas con sensacionalismo, acabaron por contagiarme. ¡Maldita sea!, y tiré el periódico al suelo. Me levanté, cogí mis ropas y salí de allí huyendo, cabizbajo a la espera que nadie me reconociera. Había sentido decir que era un tipo que tenía que ser controlado.

Al final del pasillo estaba el ascensor. Corrí sin mirar atrás, mal vestido, despeinado, buscando la forma de volver a casa, a mi hogar, dulce hogar… Una vez en la calle corrí todo lo que pude hasta llegar a una arboleda, junto al parque Prisce, cerca de casa. Me senté en un banco, a inspirar. El mundo me daba vueltas en la cabeza… James me invadía la mente. ¿Y James?. Fue decirlo y verlo, subido a la grupa de su caballo, el bello corcel de ojos negros y atrayentes. Me espanté reclinándome hacia atrás. Sin duda era él. Lo miré durante unos instantes y salí corriendo. Perseguía mis pasos, hablándome algo furioso, ¡pidiéndome el alma!… que le debía una. Tapé mis oídos, no quería escucharlo, no quería saber nada, ¿me estaba volviendo loco?, ¿eran alucinaciones? Y en posición fetal caí de rodillas al suelo. Lloré largamente, grité hasta caer extasiado, y alguien me socorrió. Al despertar me vi de nuevo en el hospital.

A partir de ese día un psiquiatra pasó a visitarme. Decía llamarse Allen. ¡Qué más daba como se llamara!, nunca me importó su nombre. Y comenzó a hacerme preguntas sobre mi vida. Quería que le contara cosas desde mi niñez, la vida con mis padres… que le dijera mi obra, mis experiencias, el jugo de mi existencia. Que le mostrara mis angustias, mis miedos y flaquezas, mientras anotaba en su blog todo lo que hablábamos. Para no perder el hilo, al cuarto día se trajo una grabadora. Me pidió permiso y procedimos con la charla.

    • ¿Por qué reseña usted tanto al caballo?
    • Fue el punto de partida, de aquella tarde. Todos lo vimos…
    • ¿Qué vieron? ¿Qué sucedió?
    • Se inició una subasta que comenzó con mil dólares.
    • ¿Y qué subastaban?
    • Almas
    • Sí. Se inició el juego por un comentario irónico que hicieron del caballo. “Este caballo es una compra del diablo”. Y James puso las cartas encima de la mesa.

El psiquiatra no salía de su asombro. Mis palabras le resultaron desordenadas, ilógicas, sin sentido y alteradas. Me diagnosticó conciencia alterada de la realidad, al decirle que sus ojos me eran familiares.

    • ¿No será usted el diablo? ¿No habrá venido usted a comprar mi alma? Quiero que sepa que no está en venta. Que mi alma me pertenece, que soy posesionario, y esta cruz que llevo le impedirá que acometa lo que ha venido a hacer.
    • Ha de tranquilizarse Howard. Nada de eso va a suceder. Debe comprender donde se encuentra y que hace aquí. Las cosas son muy diferentes a como usted las está relatando. Pero yo le escucho, explique y seguiremos hablando.
    • James también comenzó hablando así. Al principio algo alterado, luego, con el paso de las horas se calmó. Pensamos que había sido ganar la carrera. Llegó a confesarnos después de la subasta que lo del diablo era cierto. Había comprado el famélico caballo vendiendo su alma, para recuperar el honor en la familia, la posición que siempre habían esperado de él. No puede imaginarse las risas que eso provocó, ocasionando el desastre.
    • ¿Qué ocurrió?
    • Nos llevó ante el caballo. Y en sus ojos vimos el mal.

James había pasado de ser un buen hombre a un usurero malversador, vendió nuestras almas al mejor postor, sin consultarnos. ¡El muy cerdo quería dinero!, y lo tuvo. El juego llevó a casi todos los asistentes a pujar. La tensión fue aumentando a lo largo de la velada, sobre todo cuando pujaron veinte mil dólares. El asombro saltó en toda la sala, mirándonos unos a otros. Hasta James sonrió a horcajadas, a la espera que alguno de nosotros diéramos un paso al frente. Ninguno lo hicimos. Después de más de dos horas el señor Lascion se quedó con el corcel, por la escalofriante cifra de cien mil dólares. ¡Cien mil de los grandes!, yo no iba a perderlos por un caballo, no estaba dispuesto a verlos pasar frente a mí sin más.

La mirada de aquel caballo acabó penetrando por segunda vez en mí con más intensidad. Seguidamente sentí nauseas, el estómago se me revolvió, hinchándoseme el vientre. Las tripas no pararon de moverse, parecía tener un engendro en mi vientre, algo vivo que me incitó a…

    • ¿A qué?. A fumarte las colillas de todos los adinerados a la fiesta.
    • ¡No!
    • ¿Entonces?
    • A matarlos uno a uno. Yo no quería, ¡os lo juro por Dios!. Pero mis manos se movían sin escrúpulos. Mi cuerpo pasó a ser habitado por algo extraño, que de forma irremediable me impedía motrizmente moverme a mis anchas.

Flaqueé, no os quepa duda, y me dejé vencer por aquella posesión diabólica. Comencé a ver mis sueños cumplidos, imágenes que se repetían una y otra vez. Me llevó a la euforia. Y sin pensármelo dos veces, la tarde se tiñó de rojo. Sentí el caballo relinchar dentro de mí, ansioso de almas. ¡Tuve que proporcionárselas!, no me quedaba otra, porque todo ese dinero era para mí. James siempre fue crédulo. Interrogante solucionado, aunque la policía todavía está recomponiendo el puzle. Hay una pieza que nos les encaja, ¿dónde está el dinero?. Es lo único que no os voy a decir. Se llegó a hablar de leyendas y fantasías sobre hechizos, alcohol y drogas…

    • ¿Entonces eres un asesino?
    • Sí. Y tengo corazón. Aun me late.
    • ¡Anda!, déjate de historias.
    • El caballo pace entre la verde hierba del césped. Es mi corcel. Mañana me subiré a su grupa.
    • ¿Howard?
    • No. Flitz.
    • ¿Flitz?
    • Mañana lo veréis con la doctora. Tendré otra historia que contar, la de mi corcel.

Y me llaman loco, pobre loco. Cuando digo la verdad y la ignoran.