"El cobrador del tiempo", K.B.R.

19.12.2013 19:40

La verdad acerca del tiempo es que envejecemos porque existe un ser encargado de cobrar por él. Un día fue hombre, se llamó Máximo y fundó Segrovia.

En aquel tiempo, la gente envejecía lento, tanto que veían crecer a sus bisnietos, construían casas, estudiaban el universo. A las enfermedades, no  les importaba el tiempo. Lo agotaban, consumían hasta la última gota de él en las personas.

Cuando la esposa de Máximo enfermó, el curandero le dijo:

-A su amada le quedan meses de vida.

-Le pago, cuánto necesita por salvarla- respondió sin conformismo.

-¡En contra de esto nada puede hacer, Máximo!-. Él, un hombre para el que nunca existieron los límites, se fue en busca del tiempo. A retarlo, a ganarle minutos, horas, días para su esposa. Lo encontró.

Máximo era más viejo. Como a él, a la humanidad empezaban a vérsele las canas. Es decir, el castigo a su insolencia lo pagaron todos, hasta tú, mi abuelo y yo.

-Haz que mi esposa viva más y seré tu esclavo- dijo Máximo dirigiéndose a la nada.

-Tendrías que haber visitado a la muerte, ¿no crees?- le contestó el tiempo.

-Haz que el tiempo corra lento para ella, y a cambio, toma el mío.

-Soy el que todo lo ve, escucha, sabe. ¿Para qué me serviría el tiempo de un mortal?

Máximo, desesperado, encendió una antorcha, ¡cómo si fuera a lastimar al intangible tiempo! A causa de la ira, su corazón estaba cada vez más frío, oscuro. Se aferró a la idea de que lastimar al tiempo con el fuego calentaría su corazón.

Con ironía y sarcasmo, el Tiempo preguntó:

-¿Te gusta el fuego, verdad? Atácame con ello.

El corazón oscuro comenzó a cubrirse de capas gruesas de carne, frías como las de un cocodrilo, hasta llegar a la impenetrable piel, cuarteada como por cuchillos de amargura y dolor. Los dientes de una bestia hicieron a un lado los del hombre. Desde ese momento, Máximo dejó de ser hombre, se hizo dragón. Fue un castigo irrevocable.

El dragón molesto sacó cuanto fuego pudo, lo lanzó por el aire, por el cielo. -¡Cobarde!, eres un cobarde -habló- ¿Cómo pelear contra lo que no ves?

El tiempo no tenía forma, tampoco temor.

-No soy cobarde. Para un ser de tan poca inteligencia como tú, será imposible verme. Te haré un favor, imagíname y me apareceré con la forma que lo hagas.

El dragón se imaginó un pequeño reloj. Minutos después lo tuvo enfrente. Sin dar lugar a más plática, lo devoró.

-No te dejaré salir, si no me das lo que pido- gruñó el dragón- Corre tan lento para mi esposa que pueda sobrevivir siglos y siglos; quiero volver a ser hombre, a cambio te escupiré.

El tiempo rió dentro del dragón hasta que contestó:

-Soy el tiempo, aún estando dentro de ti podría acabar con tu vida. Bueno, tu esposa vivirá, tú serás un dragón, yo me voy.

Pretendió irse, no lo logró. Estaba atrapado. El dragón le ganó limpiamente. La victoria también era irrevocable. El tiempo, para la humanidad, se detuvo.

Enojado, lo sermoneó:

-¿Qué le espera al mundo sin mí? En adelante, tendrás que cargar conmigo. Cada noche cobraremos a las personas, a los animales, a las casas, a la tierra entera, su cuota de tiempo.

El dragón se hizo invisible. Dicen que con tristeza trabaja llevándose el tiempo de las personas, excepto cuando lograba ver a su amada, en un lugar oculto de la tierra.