"El cazador"

01.12.2014 09:41

EL CAZADOR

Camino bajo la lluvia, quema, no me importa. Bebo dos capsulas de esa mierda, es la única forma que existe para controlar el virus M. Estoy cansado, esa perra dio guerra, tuve que arrancarle los ojos con mis propios dedos, es mi trabajo, por ello me pagan.

Daniela espero que estés con tu Dios, porque el mío te arrancó de mis brazos. Han pasado quince años desde que ella murió. Escupo contra el suelo. Enciendo un cigarrillo, logro darle dos chupadas antes que se deshaga por el agua. Maldigo mi vida. Maldigo al mundo. Meto las manos en el bolsillo y me detengo por un momento. Veo la calle sucia y destruida. Pasan dos indigentes y una mujer, puedo ver que el hombre sin una pierna está contaminado, el virus M volverá a cobrar otra víctima. Saco mi arma y disparo contra su pecho. Le ahorré unos centavos al gobierno. Cobraré por aquel pedazo de carne. Quiero emborracharme y meterme entre las piernas de una puta, quiero olvidarme de ti por unos segundos.

Deseo  morir, pero una estúpida promesa me obliga a seguir respirando el aire contaminado de esta ciudad que odio. Una promesa que le hice a mi mujer, la extraño. Ella fue una de las miles de personas que murieron cuando el apocalipsis comenzó. Bueno el apocalipsis es algo extremo, pero como llamar a aquello que diezmo el 60 por ciento de la población del planeta. La contaminación, la violencia, las guerras, las enfermedades no fueron capaces de destruir a nuestra raza. Solo el propio hombre podía destruirse a sí mismo. Algún loco maníaco crearía algo que pondría a la humanidad al borde de la extinción.

Entro a una cafetería, pido un café, algunas costumbres no cambian. Enciendo un cigarrillo, una mujer quiere decirme que lo apague, la placa en mi chaqueta la detiene. A veces pienso que nos tienen miedo, nadie habla con un cazador. Saco mi arma y comienzo a recargarla, no sé sabe cuándo debo cazar alguna pobre alma infectada por M. Trato de encontrarle sabor a esta porquería, ya nadie cultiva nada, así que la comida es insípida y artificial, quieren hacernos pensar que aún pueden hacer variedad de alimentos como lo fue en la antigüedad, cuando violaban la tierra para sacarle frutos o asesinaban animales para despedazarlos y vendernos sus trozos cubiertos por dos panes. La comida también sabe a mierda. La última vez que me tomé un café de verdad, caliente y con cafeína, fue el día en que un estúpido médico me dijo que el cáncer estaba devorando el cerebro de Daniela. Dos años antes de que el mundo se fuera al carajo. Fue en el año 2023, cuando el reconocido científico Boris Dick dio al mundo su más grande descubrimiento, la cura contra el cáncer, ese día la humanidad firmó su sentencia de muerte. Le pusieron M por el nombre de la esposa del renombrado científico, el nombre de ella no importa, la maldita debe estar quemándose en el infierno con su marido. Apago el cigarrillo en el líquido negro y espeso. Salgo del lugar sin antes darle una mirada de desprecio a la mujer, desde que mi esposa no está odio a todo el mundo, tal vez  sea esa la razón por la que disfruto tanto mi trabajo.

Ando sin rumbo, como queriendo que mis pasos me lleven a algún lugar, un lugar que aún no he encontrado. La lluvia se ha detenido, es un respiro del continuo invierno en el que vivimos. El sol jamás volvió a penetrar los cielos. Las nubes se volvieron grises y jamás se marcharon, algunos creen que eso se debe a la quema indiscriminada de las basuras y los cuerpos que se podrían en las calles. En esos días surgieron los limpiadores y los cazadores. En esa época de caos, en la que la humanidad hacia todo lo posible para no desaparecer, recibí mi primer empleo como cazador, eliminar a una familia entera atacada por M, era la familia de Daniela, lo hice con placer, yo deseaba que nadie me la recordara, como si eso fuera posible, cómo olvidar a la mujer que te marcó para siempre.

Llego al cuartel, me siento en mi escritorio y enciendo un nuevo cigarrillo, la gente me pregunta cómo me puede gustar fumar. No les contesto, pero mi respuesta sería: es la única cosa en el mundo que aún no sabe a mierda. Nadie fabrica cigarrillos, sé que algún día se terminaran, espero que cuando esto suceda yo esté muerto. Se acerca Serena, la única mujer del lugar, además está embarazada, así que es un tesoro, en la actualidad una de cada mil mujeres da a luz, así que la humanidad como los cigarrillos algún día desaparecerá. Ella coloca varias carpetas sobre la mesa, son pocas, pronto me quedaré sin trabajo, parece ser que al fin hemos podido detener la plaga, pronto seré obsoleto como un detective privado. Cuando no haya más personas a quien matar, me encerraré en mi casa con una botella de Whisky, dejaré de tomar las capsulas y cuando el virus M me enloquezca, me volaré la tapa de los sesos, será la única forma de romper la promesa que le hice a Daniela.

Fueron dos años padeciendo la enfermedad de mi esposa, así que cuando llego la cura, yo era el hombre más feliz del mundo. Fueron miles de personas que si inocularon con M, incluida la mujer que se había desposado conmigo y que todavía no había podido darme un hijo. Pasaron cinco años y la humanidad se creía inmortal, solo nos faltaba derrotar a la religión y al internet y el mundo sería un paraíso. Fue un seis de febrero cuando surgió el primer brote de locura, Sonia Martínez una presentadora de televisión atacó a su compañero y lo ahorcó con el cable de su micrófono, ese día Dios rió a carcajadas, el fin del hombre había dado principio. Desde ese momento el pandemónium gobernó el planeta. En su afán de dar la cura a la enfermedad que nos azotaba, nadie se preocupó por estudiarla un  poco más, no entraré en detalles técnicos que no poseo o no conozco, solo sé que el virus M, al eliminar las células cancerígenas atacaba también algunas glándulas del cuerpo, haciendo aflorar la locura y la violencia de los seres humanos. Sangre y destrucción fueron el pan de cada día.  Tres años después alguien, no sé quién, inventó la cura que controlaría el virus, son estas capsulas negras que debemos tomar de por vida. Mi amigo Wilson que vive encerrado por miedo a que alguien lo encuentre por lo que sabe, diría que todo fue una conspiración, alguien creo el virus M, para que después tuviéramos que comprar la cura. Siempre todo es por el maldito dinero. Después de la muerte de Dani, alguien me asigno al cuerpo de cazadores y desde ese instante vivo para eliminar a las personas que no pueden comprar las capsulas negras. Es mi forma de descargar mi ira contra Dios, contra la humanidad. Mi mujer murió un año antes de que la cura saliera a la luz. Hubiera querido matar al científico, pero el maldito se suicidó al ver lo que había logrado con su vacuna.

Salgo del cuartel, de nuevo al trabajo, tengo cinco nuevos clientes, tres hombres y dos mujeres. Una de ellas me recuerda a Dani, posee la misma mirada que tenía ella cuando murió. Enciendo el último cigarrillo y arrojo la cajetilla a un rincón de la calle. Vuelve a llover, acomodo el cuello de mi chaqueta tratando protegerme. Doy un suspiro, me gustaría ver al sol por una vez más, pero esto es imposible como querer volver a perderme en la sonrisa de Dani, esa sonrisa que hizo que me decidiera por ella. Era una noche fría, sin luna, cuando entre al apartamento que compartía con mi mujer. Daniela se encuentra atada a una silla, lleva tres días en ese lugar, fue donde la puse cuando intento arrancarme una oreja de un mordisco, cuando M se apoderó de ella. Tenía un nudo en la garganta, yo había tomado una decisión. Traté de verme de nuevo en sus ojos claros, ya no quedaba nada de esa mirada que me enamoró. Sus pequeños labios que tantas veces besé, estaban cubiertos por sangre y baba. La piel de sus brazos fue lacerada por las ataduras. Dani era baja de estatura, así que había sido muy fácil dominarla antes de que me asesinara. Ese monstruo demente, sediento de sangre, ya no era la mujer que me hizo prometerle que debía vivir por los dos. Me mordió cuando le di un último beso y mis manos apretaban su cuello. Creo que volví a ver a mi Dani por instante, mientras la vida se le escapaba. De nuevo besé sus labios, estaban inertes, sin vida. Prendí fuego a su cuerpo y me marché.