"El brazo putrefacto", Crish Balsar

24.09.2013 17:13

A Cristina Baltasar le daba mucho miedo quedarse en casa los sábados en la noche cuando sus papás se marchaban de fiesta. La inquietud se apoderaba de ella desde la mañana cuando, sobresaltada, se despertaba pensando que había llegado otra vez el día que tanto temía.

- Cristi, papá y yo nos vamos. -Le dijo su madre aquel anochecer como de costumbre- No le abras la puerta a nadie.

La niña negaba con la cabeza mientras pensaba que lo que a ella la atemorizaba no era alguien real... ni siquiera era un ser completo, sino simplemente una extremidad; una garra que aparecía en... ¿en sus sueños?

Era cerca de medianoche. La pequeña Cristina Baltasar estaba en el comedor viendo la televisión. Sus ojos querían cerrarse, pero ella luchaba por mantenerlos abiertos. Le daba pavor dormirse y que el brazo putrefacto invadiera, como cada sábado desde que había cumplido seis años, sus sueños.

Venía pasándole ya hacía unos meses que se le habían hecho eternos. Desde el día 14 de abril, cuando cumplió seis años y sus papás la consideraron lo suficientemente mayor como para quedarse sola en casa, la visitaba una garra que, estando ella en el sofá dormida, le acariciaba el brazo y luego... luego se despertaba temblando en su cama, tras haber sido arrastrada hasta su habitación.

Por el momento no había sufrido daño alguno, por eso dudaba si era real o sólo un sueño que se repetía los sábados por el hecho de ser el día que estaba sola en casa, pero... ¡ella jamás había sentido miedo por pesadilla alguna!

De pronto la luz parpadeó y se apagó. La televisión se silenció y su imagen desapareció. Un frío espectral y un olor nauseabundo empezaron a invadir el ambiente mientras una grieta se abría en el suelo del comedor, muy cerca del sofá donde la pequeña Cristina Baltasar se hallaba aferrada a un osito de peluche.

Una garra surgió de la tierra seguida de un brazo putrefacto. Era gris, rasposa y fría y sólo disponía de tres dedos largos y retorcidos. Se acercaba despacio, pero sin detenerse, hacia el brazo de la niña.

Cristina Baltasar quería gritar, quería... ¿despertarse?, y echar a correr... pero su cuerpo estaba completamente paralizado del terror y sólo lograba que las lágrimas rodaran por sus mejillas, pero sin emitir sonido alguno. Temblaba... temblaba mucho y no podía hacer nada por evitar que el pánico la enloqueciera.

"¡Otra vez! ¡Otra vez está aquí! ¡Mamá, mamá!", aullaba en su interior sintiendo que aquella vez podía ser un poco diferente... hasta el punto de no volver a ver más a su descuidada madre y a su despreocupado padre.

La primera caricia llegó. El contacto de aquellos dedos helados con su minúsculo brazo hizo que un sudor frío corriera por su espina dorsal... Sabía que después de las caricias la mano de tres dedos la agarraría y la arrastraría hasta su habitación... y luego...

- ¡Mamá! -Gritó sintiendo cómo se le desgarraba el alma y ésta se desbordaba por sus azules ojitos.

La garra se cerró alrededor de su antebrazo y la sacudió con una fuerza descomunal. La pequeña sintió que su brazo se dislocaba y el dolor se unió al terror que se había apoderado de ella duplicando su desesperación.

La extraña mano de brazo putrefacto la soltó y volvió a acariciarla con sus duras uñas. Esta vez, sin embargo, no era como los sábados anteriores. La estaba mutilando, lenta y suavemente, pero la seccionaba...

"Voy a morir... ¡Me da miedo! ¡Me da mucho miedo morir! ¿Qué pasará después? ¿Ya no volveré a ver a mi mamita ni a mojar galletas en la leche? ¿Me encontraré en un lugar oscuro y frío, sola, sin mis papás ni mis abuelitos? ¡Yo no quiero morir, no quiero estar sola! ¡Abuelita! ¿Por qué no me dejarían con ella, que tanto me quiere, en vez de solita en casa?", se preguntaba sintiendo que aquella extremidad se adueñaba de su garganta y la arrastraba con extrema lentitud hacia su dormitorio dejando, tras de sí, un reguero de sangre.

 

Marcos Baltasar y Estefanía Gómez, quienes llegaron horas después del trágico final de su pequeña Cristi, se fueron a dormir directamente, sin siquiera percatarse del extraño olor que se había hecho dueño de la casa.

Estaban ebrios y cansados de tanto bailar. Habían ido al cine a ver la película "EL BRAZO PUTREFACTO", en la que una terrible garra acababa con la vida de una pequeña que estaba sola en casa mientras sus padres se iban de fiesta. Era la misma que veían cada sábado desde hacía unos meses y les encantaba, sobre todo al día siguiente cuando, al levantarse, veían aquellos ojitos azules de su pequeña Cristi llenos de alegría.

"La amenaza del final de la película deja un malestar terrible... pero es tan gracioso ver cómo tan sólo es terror psicológico cuando llegas a tu hogar y te encuentras a tu hija sonriente... pidiendo galletas para mojarlas en la leche...", pensó Marcos Baltasar antes de dormirse con una sonrisa de superioridad en los labios.

Estefanía Gómez no se durmió tan rápidamente y alcanzó a oír un sonido espeluznante. "Es como cuando abres un pájaro y le arrancas las vísceras, pero mucho más intenso", se dijo y sintió una oleada de náuseas al recordar que, en la película, a la pequeña Paola Spencer la abrían en canal y le revolvían las entrañas antes de extraerlas de su cuerpo y desparramarlas por su habitación.

- Marcos. -Sacudió a su marido- Marcos, despierta.

- ¿Qué te pasa, Fany? -Inquirió él algo dormido.

- Oigo cosas extrañas.

Hubo un silencio. Ambos escucharon y, pese a que Estefanía Gómez seguía oyendo aquel horripilante sonido, su esposo repuso:

- Querida, no oigo nada. Es posible que estés alucinando a causa del alcohol y el cansancio.

Ella no respondió. Era posible, pero no probable. Esperó a que él se volviera a dormir y después se levantó y sin encender la luz salió del dormitorio.

Iba descalza para no hacer ruido y, así, evitar despertar a Cristi. Por algún motivo se sentía culpable por haberla dejado sola en vez de llevarla a la casa de sus padres, pero Marcos Baltasar estaba convencido que debía quedarse en casa cuando ellos no estaban para dar mayor emoción a la película que cada sábado veían. Esa maldita filmación en la que un brazo putrefacto acababa con la vida de Paola Spencer...

Se detuvo en seco. Había pisado algo. Un líquido tibio... Alargó el brazo y buscó el interruptor para encender la luz del pasillo, pero no lo encontró. Siguió a tientas, sintiendo el temblor de sus piernas, el latir enloquecedor de su corazón...

Su pie descalzo dio contra algo tierno. Se agachó temiendo encontrar a su pequeña allí. Cogió lo que parecía ser el osito de peluche de su hija... pero... goteaba...

En aquel momento se encendió la luz del pasillo y pudo ver que el adorado oso de Cristi no sólo goteaba sangre sino que había sido decapitado... El miedo, la culpabilidad y el odio hacia ella misma, subieron tanto desde su pecho a su cabeza que enloqueció y, sin siquiera girarse para ver a su esposo, abrió de un empujón la puerta de la habitación de su niña encontrándose con la misma escena de la película.

Cristina Baltasar había dejado de ser aquella chiquilla rubia de ojos azules y de sonrisa tímida para ser un ser sin ojos, sin cabello, sin labios y con el cuerpo abierto en canal. Las tripas de la pequeña estaban sobre sus piernas y el corazón y los pulmones habían sido extraídos, pero no arrancados, por lo que habían seguido funcionando una vez fuera de aquel cuerpecito indefenso. Le faltaban trozos de carne aquí y allí y los huesos que podían apreciarse estaban picados.

Lo más espeluznante de todo era aquel brazo gris, rugoso y putrefacto que seguía escarbando en el vientre de la pequeña.

"NO DEJES A TU HIJA SOLA EN CASA NI VEAS DOCE VECES ESTA PELÍCULA, PORQUE A LA TRECEAVA... LE SUCEDERÁ A TU PEQUEÑA", retumbaron las palabras amenazantes del final de la historia, las que dejaban aquel sinsabor... hasta que al día siguiente su niña la despertaba clamando que tenía hambre y quería galletas para mojar en la leche y, después, ver a sus abuelitos.

Tomó el brazo putrefacto con ira, con descontrol y con un odio a su marido infinito. Se giró y, viendo a Marcos Baltasar, le golpeó el pecho con la garra. Ésta clavó sus tres uñas en el torso del hombre soltándose de ella de modo hostil. Luego, como si de una cola réptil se tratara, le dio un fuerte latigazo que la derribó, y entonces...

- Bueno, Estefanía Gómez -Le dijo aquel ser deforme que tenía ante ella-, ha llegado el momento de ajustar cuentas.

Ante ella no estaba su esposo. Había un hombre semejante a él, pero no se trataba de Marcos Baltasar, de aquello no cabía duda. Su cabello se estaba cayendo para dejar ver unas costras grisáceas en su calva, tenía los dientes puntiagudos y mohosos, los ojos saltones y de un rojo descolorido y su tamaño era extragrande: un metro de ancho por dos y medio de alto... Musculoso, pero lleno de costras grises... De sus finos labios blancos caía una baba amarillenta que olía terriblemente mal...

- ¿Y Marcos? -Logró preguntar.

El ser deforme, cuyas orejas habían crecido hasta el punto de ser dos grandes abanicos puntiagudos, se echó a reír y se arrancó aquel brazo putrefacto del cuerpo.

- Él murió hace tiempo. -Le explicó acercándose a ella con la garra en alto- El día que me infiltré en tu casa, él se dio cuenta y trató de impedírmelo... ¡Y yo lo maté!

Se rió satisfecho a unos pocos pasos de ella. Su lengua era larga y llena de bultos negros y muchas costras grises de las mismas que lo cubrían por todas partes.

- Le dije que podía salvarse si me daba a Cristina a cambio... y no quiso, por lo que lo maté... y tomé su apariencia. -Se rió orgulloso- Sí, el mismo día en que la pequeña cumplía seis años su papá estaba mutilado... debajo de la cama... de su cama.

El horrible ser empezó a pasearse a su alrededor. Estefanía Gómez sentía que se desmayaría en cualquier momento.

- Entonces empezamos a ver la película que yo maldije... y, así, mientras tú estabas conmigo, mi brazo putrefacto le robaba la energía positiva a tu querida niña... Mientrastanto... fui devorando a tu querido marido... por eso tenía tantos rasgos semejantes... como, el hecho de antes de dormirme, pensar que me hacía feliz el ver a tu pequeñita pedir leche con galletas para mojarlas...

- ¡No! -Gritó Estefanía Gómez al ver la garra cerca de sus ojos.

- Nada te queda... querida Fany... nada... sólo...

Estefanía Gómez sintió un dolor en los ojos en el momento en el que dos de las uñas se clavaban en ellos y los sacaban fuera de sus cuencas. Aún así, por encima de su aullido de dolor, pudo oír cómo aquel monstruo acababa la frase...

-... sólo la muerte que te aguarda.