“El bosque de eucaliptos”, Vladimiro Senda

18.09.2013 19:48

El sol brillaba esa mañana de Octubre en la Villa. Todavía se sentía el fresco de los inicios de primavera. El particular olor del río próximo se mezclaba con el intenso rumor de su oleaje. Me presentaron a Israel junto a un revoltijo de gente. Jóvenes, adolescentes, matrimonios amigos, vecinos, novios, sobrinos, obreros de ocasión que reparaban la casa y pintaban la pileta. Un humo comenzaba a señalar inequívocamente los prolegómenos de un asado. De la cocina se escapaba un indisimulable olor a tortas caseras. Israel me tendió la mano y me dijo que había oído hablar de mí. Se lo veía sencillo, culto, transparente, compañero. El mediodía pasó entre comida, bebida, postres, gaseosas y un griterío estéril que impedía toda comunicación. Ya por la tarde, con el sol entibiándose, caminé con Israel por los alrededores del barrio.

La humedad era palpable, los pájaros se refugiaban en la sombra y algún que otro vecino cortaba el césped, obsesivo, de su jardín en ciernes. Toda la urbanización era nueva y un gran alboroto colectivo preveía un desarrollo promisorio para el pequeño grupo de pobladores iniciales que descubrieron en la pródiga sombra de los eucaliptos cercanos al río un pequeño oasis de paz y soledad.

Compartíamos la filiación política y la simpatía por el mismo club de fútbol. Por lo demás ambos teníamos, aunque de diferentes edades, hijas y ningún varón.

Charlamos durante dos largas horas. La historia de nuestro partido, su acceso a la militancia, su trabajo gerencial en una petroquímica del Estado, su pasión por los colores de un club que había sido campeón del mundo, la creación de un emprendimiento privado, la vida con sus amigos, su carrera como jugador de básquet en el club Mayo, y la intensa vida creada, durante años, con su mujer y sus niñas.

Después el tiempo voló. Y las noticias se fueron raleando. El fluir de la vida queda disgregado en fotos desteñidas. La frecuencia permite acompañar las vidas escogidas. Israel se me perdió. Supe que murió su mujer, que sus hijas se casaron, que disfrutó de sus nietos, que se había mudado y había reinventado su vida lejos del bosque de eucaliptus.

La mía también se construyó y se destruyó. Tuve mujer; me separé y, mis hijas crecieron y se casaron. También mi frecuencia se perdió y un largo intervalo nos llevó a volver a encontrarnos.

Lo vi ayer en una clínica. Los años no han borrado su calidez. Con la misma lucidez de ayer me preguntaba sobre mí. Con la bonhomía de siempre, con el respeto acentuado, con la dignidad del que, débil, exprime sus fuerzas para celebrar al amigo que lo visita.

Repasamos la vida, mirando un recorte de naturaleza que enmarcaba la ventana que daba a un bosque. De eucaliptus como entonces. Tuvo la delicadeza de hablar de mí, de interesarse por mi presente. El suyo estaba a la vista: cansado, maltrecho, somnoliento. Durante veinte minutos nos trasladamos en el tiempo. Nos entendimos con la rapidez de aquella vez. Mientras dormitaba, imaginaba los huecos de su vida. Los cambios arteros que se presentan en nuestro camino. Y la dignidad para seguir como se pueda ante lo imprevisible. Lo miraba detenido, recorriendo con mi vista su cuerpo indefenso y cansado. La irrealidad del cuarto que confundía las horas y los días. Y pedí por él. Pedí por su recuperación. Pedí por verlo de pie, contando apasionado algo de su vida. Haciendo análisis político, de fútbol, de básquet, de arte, de historia. Besé su frente y me fui con el caer de la tarde. A la misma hora, aproximadamente, había transcurrido nuestra primera charla hacía ya tantos años. Me adentré en el bosque de eucaliptos frente al hospital, y caminé oyendo los primeros sonidos del ocaso. El aroma a madera y a agua del lago semejaba la tarde en la Villa. Me senté en un tronco ahuecado, y miré a lo lejos las ventanas iguales y vidriadas del hospital. Vi un hombre tomando aire en la ventana. No podía distinguirlo, pero parecía Israel. Conté los pisos. Era el segundo. Tomé la referencia de acuerdo a la entrada. Sin duda, era su cuarto, el 226/228. Corrí, hasta llegar sin aliento. Subí vomitando al segundo piso. Entré anhelante y no vi a nadie en su cama. Pregunté por Israel en la Sala. No figuraba su entrada ni por lo tanto la salida. El compañero de cuarto no sabía de quién le hablaba cuando lo interrogué. Llamé a una de sus hijas inseguro, sin saber bien qué decir. Balbuceante, pregunté por su padre con desesperación. Me dijo que estaba en Buenos Aires, trabajando. Me alegré mientras sentía una turbación sin igual. Imaginé mi locura. Cuando estaba presto a marcharme, me detuvo un enfermero. Me preguntó qué pensaba hacer. Irme, le respondí. Me dijo, imposible, tengo su orden de internación. Yo vine a ver a un amigo, no tengo nada le contesté.

_ ¿Cómo se llama el paciente que vino a ver?

_ Israel Charamondía.

_ Nunca hubo nadie registrado con ese nombre.

_ ¿Y yo qué tengo?

_ No lo sé, mi tarea es acostarlo y ponerle un suero.

_ ¿Y quién determinó mi internación?

_ Sus familiares supongo, es lo usual.

Me vi de repente desnudo, con un delantal verde claro, y enfermeras que me tomaban la presión, me dispensaban suero y médicos que prescribían estudios.

Dormí varios días hasta perder el sentido de la realidad. Cuando desperté, vi a Israel que sonreía y me besaba la frente. Tuvimos la misma charla que recordaba tan vívida de unos días atrás. Dormité. Cuando desperté me sentí fuerte, me desconecté las gomas y cánulas, me lavé la cara con agua fresca, me vestí y me asomé a la ventana a tomar el aire descontaminado de afuera. El aire fresco de enfrente. Me pareció ver a Israel en el bosque, detenido y mirándome fijamente. De repente comenzó a correr – presuroso - hacia mí.