"El anillo", Carmesina

04.10.2013 10:10

 

 

Germán Fluviá vivía en la casa familiar, una mansión antigua, destartalada por el paso de los años y por la disminución de las rentas familiares que impedía su restauración. Era el último miembro de una familia de abolengo, el último brote de una planta ya marchita.

 

Aquella noche de finales de octubre, sentado en una butaca que había conocido mejores tiempos, tiritaba de frío en la soledad del salón familiar delante del hogar encendido. El viento se filtraba por todas y cada una de las rendijas de la puerta de acceso a la gran habitación, de manera que el fuego, que ardía con fuerza en la chimenea, no conseguía caldear la estancia.

 

Germán, vestido con un traje de paño marrón, aguardaba que el antiguo reloj del salón diera las doce. El tictac agudo se mezclaba con el ulular del viento y con el uuuuuh! de alguna lechuza que habitaba el campanario de la iglesia cercana. Por todos los ruidos, la casa parecía poblada por una corte de fantasmas que arrastrasen sus cadenas al ritmo del chirrido de las bisagras de puertas y ventanas.

 

-A las doce saldré y conseguiré lo que legítimamente me pertenece porque siempre fue de los Fluviá –se dijo Germán, con gesto hosco y mirada maligna..

 

Por fin sonaron las doce anheladas campanadas que daban paso a un nuevo día, el de Todos los Santos. El rostro del hombre se iluminó en actitud de reto. Había llegado el momento esperado durante todo el día. Cogió el gabán, agujereado por el tiempo y por la falta de unas manos que lo zurcieran, se lo puso y salió de la casa con aire resuelto a enfrentarse con la fría noche.

 

Cubierto con una capucha y con la cabeza gacha recorrió las callejuelas estrechas y mal iluminadas del centro del pueblo. Finalmente llegó a las afueras y se adentró entre los campos de naranjos hasta llegar a su destino: el cementerio.

 

Germán había tenido un día muy duro. El día 30 de octubre había fallecido la que debía de haber sido la última de los Fluviá, su sobrina Isabel. La joven, enfermiza desde su más tierna infancia, había exhalado su último suspiro y con ella se había llevado el último y el único tesoro de la familia: un anillo de diamantes que hubiera podido aliviar los años de vejez del pobre Germán. La madre de Isabel se había empeñado en enterrar a su única hija con la insigne joya familiar, pese a la oposición de su cuñado.

 

-Nadie de la familia podrá lucir ya esta joya, porque sólo quedas tú y no tienes hijos. Tu madre dejó el anillo a su única nieta y con ella, mi tesoro, se irá -había dicho Filomena, la madre de la joven, sollozando angustiada.

 

Ahora a Germán no le quedaba otro remedio que acudir al rescate de la joya que le correspondía como heredero, pues así se consideraba, de su sobrina. En ningún momento pensó estar incumpliendo el deseo de su propia madre, que había legado el anillo a su única nieta.

 

Las puertas del cementerio eran de hierro pero la cerradura, oxidada por la lluvia y el paso de los años, estaba rota. Era un candado con una cadena el que unía ambas partes del portón. Con una piedra en la mano, el último de los Fluviá lo golpeó con una fuerza casi animal. Lo destrozó al primer golpe. Abrió la puerta y penetró sigilosamente en el Campo Santo. Parecía que temiese despertar a los muertos.

 

Germán se dirigió hacia la capilla familiar en la que habían enterrado a Isabel aquella mañana. Las luces de las velas iluminaban tenuemente el interior, que se vislumbraba desde fuera a través de los cristales. El último de los Fluviá abrió la puerta de hierro y cristal penetrando en el interior, que estaba construido de hermoso mármol blanco. Ante el altar, presidido por una imagen del Corazón de Jesús, se santiguó, pidió perdón por el pecado que iba a cometer y se dispuso a invadir la tranquilidad del sueño eterno de su sobrina.

 

Se dirigió hacia la tumba en la que reposaba el cuerpo de Isabel, levantó con gran esfuerzo, levemente, la losa de mármol que cubría el ataúd y pulsó el resorte que permitió que la tumba se abriera poco a poco. El silencio sepulcral se vio invadido por el suave chirrido del engranaje.

 

Ante los ojos ensombrecidos de Germán, apareció el ataúd blanco en el que yacía la joven. Con ayuda de la piedra, forzó la cerradura hasta romperla. Por fin tenía a su alcance la codiciada joya, pero no se atrevía a seguir adelante con el plan, no porque quisiera a su sobina sino porque, en el fondo, era un cobarde que temía a los muertos.

 

-¡No soy un gallina! –gritó con rabia mal contenida.

 

Casi con furia levantó la tapa del ataúd y ante sus ojos apareció el cuerpo de una jovencita frágil. El rostro hermoso, del color de la cera, descansaba dulcemente y en paz. En el dedo anular de la mano derecha, que se mantenía unida a la izquierda en el regazo, lucía un hermoso anillo. Germán intentó quitárselo rápidamente para poder cerrar el lecho mortuorio y olvidar así a la niña que, en una época, saltó sobre sus rodillas. Pero no podía arrancarle la joya, ya que, aunque delgados, los dedos parecían hinchados. Finalmente sacó una navaja y optó por rajar el dedo de la difunta.

 

Al empezar a cortar, notó un líquido viscoso que corría por sus manos. Las levantó con cara de asco y se las acercó a los ojos. A través de la débil luz, las distinguió tintas en sangre.

 

-¡Ah! –gritó asustado-. ¿Qué es esto?

 

Al mirar hacia el ataúd observó que la bella joven vestida de blanco, su sobrina Isabel, se movía como si despertase de un pesado sueño.

 

-¡Ahg! –gritó mientras el miedo paralizaba todos sus músculos.

 

El alarido de Germán fue acompañado por un golpe seco, el de su propio cuerpo al chocar contra el mármol de la capilla.

 

Poco a poco, la bella joven salió del ataúd y, al mirar el suelo, divisó un bulto que resultó ser el cuerpo sin vida de su querido tío. Lo besó sollozando y sin comprender. Salió de la capilla y se alejó del cementerio rumbo a casa. Cuando llegó, sus labios y mejillas habían recuperado el color.

 

Llamó a la puerta varias veces hasta que le abrió su madre que lloraba desconsoladamente.

 

-¡Isabel, hija mía! ¿Cómo es posible? ¡Entra! –dijo Filomena mientras se fundía en un abrazo con su tesoro.

 

La joven le contó lo que había visto al salir del ataúd. Pero la madre, al observar el dedo ensangrentado de su hija, le dijo:

 

-No llores por la muerte de tu tío, Isabel, solo era un ladrón que no supo respetarte ni después de muerta. Debes dar gracias a tu abuela que desde el cielo te ha protegido. Si no te hubiera legado el anillo que codiciaba Germán, te hubieras despertado en el ataúd y nunca hubieses podido abrirlo. ¡Hija mía, hubieses muerto asfixiada!

 

Aquella noche de Todos los Santos el manto de la Muerte hizo una concesión: Liberó a una inocente y se llevó consigo a un hombre que había malgastado su vida