"Doscientos metros", Acuariana

14.10.2013 12:48


Ella
Doscientos metros… ¡vaya estupidez!, como si a él le importara. Sé que está ahí, en la calle, esperando un descuido mío, un pequeño error. He cambiado la cerradura de la puerta, he puesto rejas en las ventanas, cerradas, asfixiándome de calor, sin poder salir a la calle y temiendo que el chico del supermercado o alguna visita, pocas, pues estoy perdiendo amistades, lo atraigan y entre con ellos aprovechando la ocasión. No puedo más, pues aunque sepa que no puede entrar, lo siento en mi piel como si estuviera aquí, a mi lado. A veces, cuando estoy empezando a dormirme, siento que me tocan la espalda; otras, veo una sombra que corre por el pasillo, un florero que se vuelca o un roce frío en mi mejilla. Es el miedo, lo sé. No es racional este pavor, pero no puedo evitarlo. Ocurren cosas muy raras: sillas que andan solas, incluso dando saltos, cortinas que se mueven sin que haya viento, pues las ventanas siempre están cerradas, por precaución; vasos que estallan sin que nadie los toque, bombillas que se apagan y encienden sin que alguna mano haya rozado siquiera los interruptores; y lo peor de todo: el busto de bronce que cambia de expresión, mueve la boca, los ojos y, a veces ¡sonríe! Una mañana, cuando me desperté, desde mi cama vi cómo la sombra de unas macetas colgadas proyectaba una silueta sobre la pared encalada de la terraza: era un perfil, un perfil de hombre, exacto y perfectamente dibujado. Llamé a mis amigos y amigas, los pocos que aún conservaba, uno por uno y, todos, sin yo advertírselo previamente, vieron lo mismo que yo: la silueta de un hombre. Y no sólo ellos lo veían, sino mi perro, que le gruñía. Aquello duró tres días, y a partir de entonces, el fenómeno ya no volvió a repetirse; la sombra se fue alargando hasta que desapareció. Sin embargo, otros fenómenos sí que se repiten, tan extraños y terroríficos como el de la sombra en la pared. Oigo un clic. Alguien está abriendo la puerta. No puede ser, si nadie tiene llave de mi casa, nadie, ni siquiera una amiga. ¡La puerta se abre! ¡Es él, Dios mío, es él! Lo miro y veo avanzar hacia mí, el cuchillo en su mano, los ojos como los faros de un tren… y yo muda, quieta, esperando el zarpazo letal del arma… El cuchillo empieza a hundirse en mi cuello y la sangre salpica el rostro de mi agresor. Intento luchar, arrancarme el cuchillo que se va a llevar mi vida… y las piernas se me doblan….
Él:
Doscientos metros, esa distancia mínima impuesta por los jueces, no son nada para prohibir a un monstruo acercarse a su presa. Doscientos metros no son nada para impedirle a un depredador atacar a su víctima. No son nada que evite a un ladrón el robar en una joyería, es una minucia para el rayo destructor y un sarcasmo para la ola enfurecida que todo lo arrasa. Doscientos metros que se fueron acercando: cien, cincuenta, veinte, cinco metros, nada, sólo una vuelta de llave, el cuchillo que avanza, la sangre que salpica y una vida destrozada. Yo lo sabía, desde hace mucho tiempo. Se lo dije: “Ese hombre no te reportará más que penas y desgracias”, pero no me hizo caso. Pronto pasaron las dulzuras de los primeros días y llegaron las decepciones. Bebía, la maltrataba, y una vez pasadas las borracheras, pedía perdón de rodillas…y ella le perdonaba, y vuelta a empezar. Yo lo veía todo, lo sufría todo en silencio, con rabia contenida, sin poder hacer nada, hundido en mi levedad, en el pozo sin fondo desde donde todo lo contemplaba. Me llenaba de rabia el no poder vengarla, a pesar de mis deseos, pero era tan leve, tan insignificante, tan poca cosa, que me era imposible defenderla de su maltratador. El tiempo fue transcurriendo en una especie de sueño y duermevela, en un ir y venir de nebulosas rojas, azules, verdes y anaranjadas, en un sin vivir constante, sumido en las tinieblas de una pesadilla sangrienta. Quise vengar sus heridas, afrentas y maltratos, pero yo no tenía la fuerza necesaria para intentarlo siquiera, mi pequeñez me lo impedía, pero el amor tan grande que llegué a sentir, y siento, por ella me hacía buscar una y otra vez el modo de matarlo. No, no era un crimen, sino una ejecución, un acto de justicia y defensa del ser querido. Sólo podía acariciarla, con toda la suavidad y dulzura que me era posible. Unas veces besaba su frente, otras acariciaba su cabello y otras, cuando la veía casi dormida, ponía mi mano en su espalda intentando calmar su miedo, pero su reacción era peor: ¡pobre de mí!, le daba más miedo… y yo lo sentía, tanto, que lloraba sin lágrimas, pues ni eso puedo. Así que, indagué, pregunté, me entrené, hice todo lo posible para que mis manos sin fuerzas, mis brazos sin músculos, mi leve cuerpo, fueran capaces de blandir un cuchillo y clavárselo al monstruo en sus repugnantes entrañas. El día que casi la mata ya no pude más. La rabia encendió en mí el fuego, la fuerza necesaria para agarrar con mis pequeñas manos el cuchillo sangriento, y con un golpe de suerte clavarlo en su maldito corazón de verdugo. Ha pasado el tiempo. Ahora, desde mi lugar, la veo feliz. Me queda poco tiempo que pasar en este plano, pues me llaman de más arriba. Tendré que dar parte de mi acto, pero yo sé que el juicio de los hombres no es el mismo que el de nosotros, los espíritus, sin embargo, y pase lo que pase, habrá valido la pena con tal de haber sido su sombra sin que ella me vea, durante tantos años.
Ella:
Gracias a Dios, todo pasó. Por fin vivo tranquila y sin temor. Puedo salir a la calle y hacer mi vida normal. Los ruidos extraños, roces y contactos… menos mal que se acabaron, pero lo que nunca podré entender es que fue lo que pasó: justo cuando empezaba a hundir el cuchillo en mi cuello, lo sacó y se lo clavó él mismo en su pecho. A mí sólo me quedó una pequeña cicatriz que cubro con un collar o un pañuelo.