"Dos besos", EDAP

31.10.2013 18:00

Trazar la historia de un beso a veces puede resultar complicado, porque los motivos por los que suceden son tan variopintos, que cualquier chispa puede originar un acercamiento y la consiguiente explosión.

A los quince experimenté una de esas sensaciones que te suben al cielo y crees no bajar de él hasta que compruebas de primera mano que no todo es de color de rosa, que la vida te depara otras lecciones, y aunque no hayas aprobado algunas, las siguientes seguro se te darán mejor. La experiencia es primordial, y el paso de los años no pueden decir lo contrario.

Al principio eres un novato y rígido actor que observa el mundo que te rodea, en el intento que ningún matiz se te escape, y después de observar, empapado ponemos en práctica el beso que nos ha hecho imaginarnos universos paralelos y sensaciones que nos lleven al mundo de los dioses.

No es de extrañar que después del primer roce se quiera más, y ese pequeño vacío se sume a las ganas de querer indagar y saborear la dulce miel de un buen beso.

Al menos yo me pasé horas delante del televisor viendo las películas de Hollywood comprobando como los actores se besaban lascivamente, y sus besos nos erizaban el vello hasta hacernos partícipes de una realidad ilusoria, que creíamos a pies juntillas, en la que me sumergía, buscando en el día a día una candidata que me diera ese privilegio. Tuve que conformarme durante algunos meses verlos proyectados en las trescientas sesenta y cinco líneas del televisor. Todo un reto, a sabiendas de mis compañeros, que con más práctica habían escrito sus primeras páginas en el diario.

¿Por qué no pude expandirme en un beso en condiciones y tuve que limitarme a dejarlo en mis labios, sin poder otorgárselo a nadie? Unos decían que para besar era necesario sentirlo dentro. Otros, que eso eran tonterías, que los besos se dan sin miramientos. Había quienes explicaban lo escrupulosos que eran al besar, y ponían sus límites… Encogido escuchaba las palabras de unos y otros, hasta que me dijeron que tenía que hacerme una limpieza de cutis. Los granos en la cara no dan morbo.

Era la puta realidad. Una realidad que traspasó las fronteras del mundo limitado en el que había crecido. Así que me puse manos a la obra. Acudí al especialista de la piel, que después de varios intentos dio con el tratamiento eficaz. La vida me cambió.

Lo recordaré siempre, no puede pasar un día sin que al menos un pensamiento me delate y haga que me evada por aquel beso infractor que me supo a purga. Yolsa, la molsa, así la llamábamos en el bloque, por su tipo destartalado, habitante del quinto, tocó al timbre de casa, y ocurrió lo impredecible.

- ¿Tienes sal?

La típica historia de amor de película se repetía en la realidad. Una historia que no me convenció al mirarla de arriba abajo, con cierta desconfianza, que atesoraba en sus ojos la evidencia de una invasión premeditada.

- ¿Tú qué crees?

- Pues que sí.

- Lo siento, no tengo. Ahora mi madre no está, y…

No dejó que acabara. Interpuso el pie en la puerta de casa, y se mordió el labio inferior. Me había cruzado con ella por el pasillo del rellano, tantas veces que ni la saludaba, mientras me miraba de soslayo suspirando. Contuvo la respiración y apretó sus hombros comprimiendo su pecho para hacerse más voluminoso. Entró compulsiva y cerró.

- ¡Estás guapísimo!

Aglutinó sus labios, como si de un pez se tratara y me cogió del brazo estrechando su cuerpo contra el mío. Me resistí, pero la mole acabó por cogerme con los dos brazos, y entre sus enormes tetas me aplastó hasta besarme en mis encogidos labios. ¡Qué asco por Dios!. Cuando pude librarme cerré la puerta tras la cual se quedó la complacida y monstruosa Yolsa. Mi primer beso indeseable, repugnante, maldito, malversador, odioso, sin fruto, baboso y maquiavélico.

La opción fue lavarme los labios, escupir, cepillarme los dientes hasta enrojecerme las encías... Había sido víctima de un beso inapropiado, no pensado y ajeno a la realidad de la cual me había alimentado durante tantos años en las películas que había visto sobre amor y desamor.

La puerta de casa era el punto de encuentro del mundo espiritual sobre los besos que siempre había soñado. Había puesto en práctica los veintidós tipos diferentes de besos con las muñecas de mi hermana, la almohada y mi antebrazo para no caer en un abismo indefinido, y moverme como pez en el agua. Quería que me permitieran expresar emociones, sensaciones y la pasión acumulada durante los largos años delante del televisor, y evidenciar a los protagonistas de las películas sobre la mejora a través de mis cualidades.

Dos días después Clara, una antigua amiga dos años mayor que yo se acercó a casa para preguntarme por unas cuestiones sobre matemáticas. Siempre fui superdotado en logaritmos, variables, fracciones, raíces cuadradas etc… Cuando el timbre sonó, me resistí a abrir la puerta por temor a Yolsa. Su afición a invadir el terreno para estrujarme en su pecho le había hecho ser una persona odiable y no requerida en mi vida. Así que me coloqué tras la puerta, abrí la mirilla lentamente sin hacer ningún tipo de ruido y observé durante unos segundos lo insólito. Una belleza inigualable, la misma Clara Mondieu Pomitón, la escultural chica del instituto deseada por todos, la estupenda y maravillosa alumna de Biología, con un vestido prieto de color blanco, moreno de rayos uva, excelentemente maquillada y sensual. Al no abrir tocó la puerta una nueva vez. Contuve la respiración, oxigené los pulmones, abrí los ojos al máximo, inicié una pequeña meditación, resoplé, sudé y me sequé la frente. Pensé que decirle, como reaccionar, y de qué forma invitarla a entrar. Tenía que ser galante, viril y muy masculino, siempre le habían gustado los tipos con esas características, atléticos (tuve que desestimar este don) y simpáticos. Estiré la mano con prudencia, sin temblarme, y abrí la puerta con decisión. Intenté no mirarle a las tetas, pero resultaba improbable desviar la atención. Bien firmes se erguían sin compasión a la espera que alguien las tocara sin previo aviso, mientras ella me miraba sonriente.

-Hola – dije tan suave que apenas mi voz salió por entre la comisura de los labios.

-Hola. ¿Qué tal?

-Bien

-Yo también.

La miré durante cuatro segundos eternos sin desprenderse de la sonrisa que había acabado por enamorarme. Pensé tantas cosas que acabé aglutinado en un amasijo de ideas difusas y vagas. Al ver que no le decía nada me dijo si podía pasar. Por supuesto que lo hice. Me estiré de la camisa y erguí mi cuerpo encorvado para hacerle entender que era el más galán y apuesto chico del instituto.

-Dime Clara. ¿Necesitas algo? – acabé por escupir aun aglutinado en la idea de pedirle salir. Tenía que aprovechar la situación.

-Pues sí. Necesito repaso de matemáticas.

Desde luego que le iba a dar un repaso, de arriba abajo, sin escrúpulos.

-¿Y tus padres?

-Pues no están. Vendrán a la noche.

Los ojos se me encendieron estrepitosamente, me bastó coger el tridente.

-Los míos se separaron.

 

Yo asentí con la cabeza, queriendo darle a entender que la comprendía. Cuando acabó me dejó su número de teléfono y una frase, “si quieres hablar yo te escucharé.”

Tres días después comenzó la historia. Una historia singular, con una mujer que no me dejó indiferente. Ese amor fugaz, que me removía el estómago se matizó hasta hacerme estallar en sensaciones. No tarde en lanzarme a sus brazos. Ella también lo deseaba. Le cogí por la cintura y sin preámbulos le acaricié su torso prominente. Se estremeció estirándose hacia atrás. Soltó un jadeo de pasión, para seguidamente unirnos en un beso que duró quince minutos. Mi segundo beso sublime en la puerta de casa. Olvidamos las mates y los logaritmos, las historias trigonométricas y algoritmos. Todo lo relacionado con cálculos lo pusimos en práctica en nuestro deseo.

Por mi cabeza pasaron las actrices y actores Hollywodienses varias veces, mientras ella me asía pegada a su cuerpo y le explicaba mis inquietudes a través del beso. Me escuchó en todo momento, y no opuso resistencia. Clases así me supieron a gloria.

- Si te hubieses quitado los granos antes – soltó por su boquita de piñón.

- Las cosas vienen en su momento justo.

Añadió dos cosas más. Que me abrochara la bragueta y que por ahora no se lo contara a nadie. Que le volvía loca, porque veía en mí a un chico noble, y que más adelante habría algo más. Que nuestros encuentros debían de salir a la calle y no limitarse a la entrada de casa, y que era el chico perfecto, comprensivo y educado que deseó durante años.

En la búsqueda del matiz Clara dejó el listón muy alto. A partir de aquel día tenía preparado en la entrada de casa sal, aceite y harina para cuando hiciese falta. Nunca tuvo la entrada vedada.

Sin embargo mientras el beso de Yolsa me supo a un osculum infame, el de Clara fue levitación hacía las puertas de San Pedro. Las hormonas de mi cuerpo se intensificaron tanto que mis pezones erectos me transmitían placer al ser rozados por la camiseta estampada, en un nuevo mundo proyectado por las diferentes formas de besar de mis actores preciados, vividos en la puerta de casa, donde dos besos quedaron bien delimitados en un antes y después. La vida da mil vueltas, y siempre trae sorpresas. ¡Quién lo iba a decir!