"Dos actos de amor", El abuelito de Heidi

14.10.2013 12:51

ACTO 1:

La vida es un círculo

donde algunos puntos se desvían.

 

Nació para formar parte de mis sueños, para fundirse con dulce pasión en lo más profundo de mi mente, transportándome lejos de esta mísera vida terrenal, hacia la luz… ardientes llamas… del infierno.

Tantas noches acechando, recorriendo las lúgubres calles de la ciudad, las misteriosas sendas de la perversión humana… pero, no me importaba, estábamos unidos desde tiempos ancestrales, y era inminente… el gran encuentro.

Una cena, una cena romántica nos ha unido; un espacio íntimo, acogedor, armonizado por las efímeras voces del demonio: es tuyo, es tuyo, te pertenece … Allí lo tenía, al otro lado del salón, cenando sólo, igual que yo, pero en mi interior lo sabía, lo notaba, lo disfrutaba, esta era nuestra noche, nuestra cena, nuestro día de gloria; desde los albores de la vida el ser humano siempre ha seguido el mismo precepto: “ Ni yo sens vos, ni vos sens mí “, y había llegado mi soñado encuentro.

Le observo, su figura resalta en la penumbra reinante abriéndome de par en par las puertas de su reino; cada poro de mi piel es ofrecido a su amor, a la pasión eterna, pero… ¡No!, no puede ser, noto una presencia maléfica alrededor, un servidor del Señor, ataviado con sotana y alzacuello en el mismo lado de la sala que mi amado, la vida no es justa, pero siempre nos queda el consuelo de amar y herir, y esa figura eclesiástica pedía ser herida.

Notaba su mirada lasciva, su predisposición a seducir a mi estimado, ¡no!, no podía permitirlo, “No es bueno que el hombre esté solo” dice el Génesis bíblico, y no iba a renunciar a mi posesión más preciada.

Habían pasado varios minutos cuando un golpe de suerte vino a mi encuentro; el sacerdote había hecho suya más de media botella del primado licor de los dioses, cuando se levantó para ir a meditar al baño, era el premio a mi infinita paciencia.

Me levanté y traspasé el umbral de lo conocido hasta la puerta principal del servicio, la puerta que me llevaría al honor y la gloria. En el interior reinaba un silencio sepulcral, roto tan solo por la suave respiración de un cuerpo, depravado, sentado en el trono de su perdición.

Abrir y cortar fue rápido, sencillo, sin que una palabra pudiera salir de sus labios, simple, abrir la puerta, cortar el cuello. Su última mirada lo dejaba claro: soy culpable, es tuyo, es tuyo, para siempre… los ojos nunca mienten.

Al volver a la sala me dirigí a mi adorado.

 

 

 

 

    • Hola, soy Frans.
    • Hola, soy Adams, me susurró.

 

ACTO 2:

 

No hay nada más romántico,

que vivir por él, para él … formando un Yo infinito.

 

Aquí está ahora conmigo. No recuerdo como hemos llegado a la habitación; a veces me adentro en una terrible oscuridad durante días, para despertar en lugares desconocidos, como trasladado por una invisible máquina del tiempo.

La alegría me embarga; aunque breves, estos son los más intensos momentos de mi vida inmortal. Camino ligero, henchido de gozo, nervioso, y a duras penas logro sentarme para contemplarle.

Está silencioso, disfrutando en la penumbra del suave ambiente reinante.

Me siento observado; una mirada sutil impregna mi cuerpo de emoción, una mirada transmitida por esas dos perlas, ese par de bolitas de azabache que yacen, reposando, sobre la jabonera. Ahora, apartadas de las cuencas que las vieron nacer, son totalmente perfectas, sin que un triste pestañeo pueda impedirnos gozar de su misteriosa presencia.

Infinitos seres recorren su cuerpo, se adentran, emergen… sombras animadas, carne de su carne; sonrojado no deja de sonreír. Sin darme cuenta me encuentro en el suelo, arrodillado, ante tal espectáculo dantesco; alzo la cabeza y respiro profundamente, una y otra vez, gozando del primoroso aroma nauseabundo.

Me incorporo y lo observo con ternura. Descansa en la bañera, tendido. Una pierna cuelga al exterior formando en el suelo sinuosos regueros de sangre, ¿la otra?, nebulosos recuerdos de haberla envuelta y enviado a… pero es algo intrascendente, yo caminaré por él, viviré por él, lo cuidaré y mimaré a través de los siglos… él lo sabe, no protesta.

Me acerco lentamente; todo mi cuerpo tiembla, regueros de emociones eclosionan en mi cabeza. Un pequeño ejército de moscas alza el vuelo dejando entrever su rubia melena. La acaricio, sus sedosos rizos se deslizan entre mis dedos, tiñéndolos; entonces, suavemente, comienzo a peinarlo.

Lloro, sí, lloro de emoción contenida; grandes mechones rojizos se desprenden con sonido desgarrado, cual ofrenda de amor, ahora sé que me ama.

Henchido de pasión sobrepaso los lindes de la bañera, y me adentro en ese mundo sangriento y visceral; nos fundimos en un tórrido abrazo, intenso, más intenso, intentando formar un solo cuerpo; el sonido embriagador de huesos rotos nos envuelve…