"Doña Anunciata", L.D.B. vrn-2005 - colaboración

15.04.2014 11:16

 

Era noche cerrada cuando iba yo pasando cerca del cementerio. Me detuve a mirar la hora. Mi reloj es táctil. Aguanté el bastón con el antebrazo, levanté la esfera de cristal y seguí las agujas hasta llegar a los puntos. Eran ya las once y media y me quedaba un cuarto por andar hasta llegar al McDonald's donde Irene estaría por terminar. Bajé la esfera y me dirigí a un banco. Había una persona tumbada. Posiblemente un vagabundo. Me senté a sus pies y me sumergí en mis pensamientos.
  --No quiero que vengas a buscarme, ¿me oyes? -Me había escrito en dactilológico Irene horas atrás- No te atrevas a salir sola.
Yo se lo discutí y se fue enojada. Me jugaba la vida que no había podido trabajar tranquila. Ella sabía, ¡y muy bien que lo sabía!, que yo iría igualmente a buscarla.
Y en estas reflexiones me encontraba cuando me percaté de un olor nauseabundo. Una mezcla de sangre y de carne cruda y podrida. A lo mejor habían enterrado a alguien o había algún animal muerto. ¡Qué sé yo! Yo no veía nada más que las lucecitas del pueblo y la figura de alguien tumbado que tenía a mi lado durmiendo o... ¿O qué?
Miré la figura y el olor era más intenso en esa dirección. Me aparté aterrada. Quizá estaba siendo exagerada, ¿o realmente tenía un difunto al lado? Apoyé la mano en el banco para levantarme y di con algo manchado con un líquido tibio. Era el mango de un cuchillo. Lo cogí, pero alguien me golpeó la mano como aquél que le dice a una niña pequeña que las cosas del suelo no se cogen.
  --¡Suelta eso, niña! -Me escribió alguien en mayúscula- Vamos, deja eso ahora mismo y levántate.
  --¿Quién eres? -Le pregunté dejando el arma blanca- ¿Quién duerme en el banco? ¿Qué es este olor?
  --Soy Doña Anunciata. -Me dijo tomándome del antebrazo- Niña, levanta. Vamos, que aquí estás en peligro.
  --¿Por qué? -Me levanté- ¿Y la persona que duerme? ¿No la despertamos?
  --Niña, que no hay nadie durmiendo en ese banco. -Me tomó del brazo- Date prisa.
Anunciata era una anciana a la que Irene y yo queríamos mucho y que ella nos quería como si sus nietas fuésemos. Siempre venía a vernos, nos hacía regalos, la llevábamos de compras y a ver a sus hijos... Ellos jamás la venían a ver, pero ella seguía invitándolos para Navidad, les compraba Reyes... aunque teníamos que llevárselos nosotras, pues nunca acudían. Siempre tenían cosas que hacer. En fin, nosotras éramos a quienes tenía más cerca.
  --Doña Anunciata, ¿de qué huimos?
Era una mujer menuda, delgada, de pelo blanco y ojos grises. Apenas si tenía dientes, la pobre. A pesar que sus piernas eran cortas, parecía haberse propuesto una carrera porque yo, para seguirla, tenía que correr.
  --Hay delincuentes, niña. -Me escribió- Violadores y asesinos.
  --Anunciata... -Mi voz sonó cansada- Esto nos lo dices siempre para asustarnos. Yo ya no soy una niña.
  --¡Te digo que corras!
Cuando nos alejamos lo suficiente del cementerio, aminoró el paso. Yo jadeaba. A pesar que Anunciata siempre iba con apargatas y yo con zapatillas de deporte, ella parecía llevar mejor que yo el ritmo.
  --A ver, ¿dónde te creías que ibas?
  --Voy a buscar a Irene.
  --¿Y te detienes aquí?
  --Faltaba media hora...
  --¡Señorita Doyrens!
Enseguida supe que se había enojado. Ella sólo me llamaba "señorita" cuando algo que hacía, según su punto de vista, era una estupidez o una barbaridad.
  --Vamos. -Empezó a correr de nuevo- Te voy a acompañar al McDonald's. ¡Vamos!
Seguimos corriendo. Seguramente se le había metido alguna idea en la cabeza. En nuestro pueblo no había asesinatos ni violaciones desde hacía una década, por lo menos.
  --¡Ahí está Irene! -Exclamó Anunciata mientras me lo escribía y tiraba de mí- ¡Niña, no pongas el motor en marcha!
Irene, que estaba poniéndose el casco, se giró y, me juego la vida, me miró airada por haber ido.
  --Gracias, Anunciata. -Le dijo cuando llegamos a su lado- Le dije que no viniese y mire usted el caso que me hizo.
  --Ay, no hay de qué, pero es que es confiada como ella sola. -Aseguró mientras Irene me hacía de intérprete, de hecho, su profesión- Mira que detenerse en el banco del cementerio a estas horas y con ese loco allí...
  --¿Qué loco? -Irene pareció alarmada- ¿Había un hombre allá?
  --Sí, y esta ingenua tomó el arma del crimen. -Me dio una colleja- Pero es inocente. Dejó sus huellas, pero ella es inocente.
  --No entiendo nada. -Irene se echó a temblar- ¿Qué pasó?
  --Niña, los vecinos ya llamaron a la policía. -Nos miró a ambas- Vamos, súbela en el cacharrico éste y marchad a casa.
  --¿Y usted?
  --Huy, yo os quiero mucho, mucho, mucho. -Aseguró y nos abrazó y nos besó- Pero ahorita mismito debo marcharme corriendo. Cuídala y recuerda que es inocente.
Anunciata se fue más decidida que nunca. Irene la siguió con la mirada. Me besó y aguantó la moto mientras yo subía.
  --No pienses que no estoy molesta contigo. -Me dijo- Lo que pasa es que, si realmente estabas sentada junto a un borracho, porque dudo que fuera un loco suelto, estoy contenta que Anunciata te encontrara y te trajera. Por lo menos estás bien.
Me ofreció mi casco. Seguro lo había llevado por si yo no cumplía su deseo de quedarme en casa. Me lo puse en el momento en que la moto arrancó. Realmente no me gusta cogerme cuando voy en moto, pero con Irene debo aferrarme a ella para que esté tranquila y no se desconcentre.
Llegamos a casa sin percances y dejamos la moto en el garaje. Subimos por las escaleras interiores y entramos en nuestro hogar. Nos dirigimos a nuestra habitación para ponernos el pijama e Irene encendió la radio. Siempre escucha la música que ponen en la emisora del pueblo.
  --Amor. -Se me acercó- Mira esto.
Me hizo sentarme y empezó a interpretarme una noticia que estaban transmitiendo. Según me interpretó Irene, en la puerta del cementerio se había cometido un asesinato hacia las once y veinticinco. Se había encontrado el cadáver debajo del banco que hay en la entrada, completamente destrozado. La víctima mostraba señales de violencia suprema. Tenía la cara picada, el cráneo partido en dos, los brazos y las piernas arrancados del cuerpo a cuajo y éste abierto en canal. Los órganos vitales habían sido cortados a pedazos pequeños y los ojos habían sido sacados de las cuencas a punta de navaja. El arma del crimen estaba sobre el banco. Se trataba de una navaja. Se la encontró abierta junto a un bastón de la ONCE...
  --¡Irene!
  --¿Qué? -Dio un brinco- ¿Qué pasa?
  --¡Mi bastón!
  --¿Qué le pasa?
  --¡Me lo dejé en el banco!
  --¡No! -Me cogió del antebrazo con fuerza- ¡Laureyne, no!
  --¡Yo no fui, Irene! -Le grité- ¡Yo me senté y había alguien tumbado! Yo vi el cuchillo, ¡pero no fui yo, Irene, no fui yo!
  --¡Ya sé que no fuiste tú! -El miedo empezaba a dominarla- ¡Pero estuviste encima del cadáver sentada y, probablemente, junto al asesino!
En ese momento llamaron a la puerta. Ambas nos miramos. Irene me interpretó que era la policía y que amenazaba con derribar la puerta si no abríamos, así que apagó la radio y bajamos al primer piso. Irene temblaba cuando abrió la puerta.
  --¡Aquí está! -Me cogió uno de los policías del brazo y me apartó de Irene- ¿Es tuyo este palo?
A mí me lo explicó después Irene. Yo, al recibir mi bastón, deduje la pregunta. Asentí. Irene estaba pálida.
  --¡Tu DNI! -Me gritó, pero yo no me moví porque no lo entendía. Miraba a Irene y le tendí una mano abierta para que me interpretara, pero el policía me la apartó- ¡Date prisa!
  --¡Howard! -Intervino entonces una chica policía- Si no dejas que la otra chica le interprete, me temo que puedes gritar y quedarte sin voz.
  --¿Por qué? -Preguntó Howard de malhumor.
  --Porque es sordociega, cretino. -Lo empujó otro policía- A ver, ¿cómo te llamas?
  --Ire... Irene.
  --Muy bien. -Tomó aire- Irene, déjanos entrar a tu comedor e interprétale.
  --¡Tenemos prisa!
  --Howard: vísteme despacio que tengo prisa. -Lo cortó la chica policía. Después me tomó la mano y me escribió en mayúscula- Tranquilízate. No habrá violencia por nuestra parte.
Fuimos al comedor. Irene estaba llorosa. Me repetía que Anunciata era testigo, que yo era inocente...
  --Bien. -Respiró hondo el policía más fornido- Nos presentaremos. Él es Howard. Ella es Ellie. Y yo soy Arnold. ¿Tú te llamas?
  --Laureyne Doyrens.
  --Pero ella no fue...
  --Te callas. -La cortó Howard y Ellie lo miró enojada- Vale, Ellie, ¿ahora qué coño te pasa?
  --¿Te crees que son modales, entrar así a la casa de unas chicas? -Lo atravesó con la mirada- Ni aunque fuera la asesina, Howard, no hay derecho.
  --Bueno -Los cortó Arnold-, ¿nos puedes dejar ver tu DNI?
  --Sí. -Se lo di. Irene temblaba- Son mis huellas las del cuchillo. Yo lo sé.
  --¿Lo veis? -Se levantó Howard eufórico- ¡Ya la tenemos!
  --¡Howard! -Le gritó Ellie- ¡Le pones una mano encima y desenfundo la pistola!
  --¿Estás amenazando a un colega por algo tan evidente?
  --¡Sí! -Frunció Ellie el ceño- ¡Y yo no lo veo tan claro!
  --Sí, son las mismas huellas dactilares. -Asintió Arnold- Joven, ¿qué pasó?
  --¿Qué iba a pasar? -Exclamó Howard- ¡Coño, pues que apuñaló a la vieja!
  --¡Howard! -Ellie se llevó la mano a la pistola- Te lo advierto.
Irene lloraba. Miró agradecida a Ellie, quien alargó la mano para secarle las lágrimas. Ellie era una chica mayor que ella y menor que yo. Tenía los veintidós.
  --Ella no fue...
  --Claro que fue. -La cortó Howard- ¿Acaso no ves que encajan?
  --Howard -Ellie desenfundó la pistola-, te lo advierto: si tengo que sacarte de esta casa a pistolazos...
  --Dejad de discutir. -Me miró Arnold- A ver, este bastón estaba en el banco, junto al arma del crimen. Ambos tienen tu huella.
  --Es normal.
  --¡Normal, dice!
  --¡Howard! -Lo apuntó Ellie- Sospecho tanto de ella como de uno de los habitantes del cementerio.
  --¿Me estás diciendo que para ti es inocente?
  --Para mí es tan culpable como cualquiera de aquellos y dudo que algún cadáver saliera a asesinar a nadie.
  --A ver, ¿por qué lo ves normal? -Me preguntó Arnold fulminando a sus compañeros con la mirada- Bueno, por qué es normal, mejor dicho.
  --Porque yo llegué y me senté en el banco para pensar un poco antes de seguir mi camino hacia el McDonald's, donde trabaja Irene, y dejé el bastón. Olía muy raro. No sé, como a carne cruda y podrida y a sangre. Yo temí que hubiera un cadáver a mi lado, pues había una persona tumbada en el banco, así que apoyé la mano en éste (en el banco), para levantarme, pero me quedó el cuchillo debajo y, como al principio no sabía qué era, lo cogí. -Pausa- Pero entonces llegó Doña Anunciata, que es como si fuera abuela nuestra, y me dijo en mayúscula que dejara eso, que estaba en peligro y salimos corriendo de allí.
  --¿Doña Anunciata? -Sonrió con evidencia, Howard- ya te hemos pillado.
  --¿Por qué? -Le pregunté extrañada- Ella me acompañó hasta el McDonald's.
  --Mentira.
  --¡Howard! -Le gritó Ellie con el dedo en el gatillo- ¿Me puedes decir cómo llegó ella sin bastón hasta el McDonald's?
  --¿Cómo sabes que llegó hasta allí?
  --¿Olvidas que hacía la ronda? Yo vi a esta chica trabajando y después la vi subir en la moto. Al poco rato volví a pasar y estaba Laureyne subiéndose. -Pausa- A Irene no le dio tiempo a ir porque yo pasé a los cinco minutos y para ir y volver hay media hora. Además, ella ve bien y habría visto el cadáver.
  --¿Y cómo sabes que no fue así?
  --Howard, soy psiquiatra, a parte de policía. -Le recordó- Te aseguro que aquello la hubiera dejado en shock.
  --Aún así -Intervino Arnold-, Anunciata no pudo acompañarla.
  --Sí, sí la acompañó. -Aseguró Irene- Me habló y todo.
  --Eso debe estar grabado en la cinta del McDonald's. -Repuso Arnold afable- ¿Tienes las llaves?
  --Sí.
  --Vamos, por favor.
Así que nos levantamos. Howard y Arnold iban delante. Ellie se puso a mi lado. Por algún motivo no había enfundado la pistola y no dejaba de apuntar a Howard.
  --Sé que no fue ella. -Le susurró Ellie a Irene- Creo que yo sé quién fue.
  --¿Quién?
  --Deja que esté segura.
Subimos en el coche. Arnold conducía. Howard estaba a su lado. Nosotras nos sentamos en el asiento trasero. Ellie seguía tras Howard. ¿Sospechaba de él? Pero era absurdo...
  --¿En el McDonald's? -Le preguntó Arnold mirándonos por el retrovisor- Enseguida llegamos.
Y así fue. En diez minutos estábamos allí. Irene abrió la puerta y entramos. Encendió las luces y nos llevó a un lugar donde puso la filmación, que no sé cómo supo encontrar el fragmento pero no tardó nada en encontrarlo.
Irene, como de costumbre, me interpretaba. En el vídeo se le veía a ella salir del establecimiento, ponerse el casco y, antes de que se oyera el motor, la voz de Anunciata deteniéndola. En fin, lo que ocurrió. Pero, tras irnos con la moto, antes que se nos perdiera de vista, Anunciata apareció de la nada y, mirando directamente a la cámara, dijo:
  --Yo adoro a estas niñas. Sé que van a tener problemas, pero son inocentes. El asesino es hombre. -Pausa- Cuando vio venir a Laureyne se tumbó en el banco para finfir que dormía. Al ver que la chica ni veía ni oía estaba dispuesto a matarla, pero yo, que recién dejaba el cuerpo material, me la llevé. Supongo que él huyó. Él es mi hijo menor. Howard Talming Pérez. Es del cuerpo de la policía y, a pesar que siempre lo quise como a los demás, no es la primera vez que me intenta matar.
  --Bueno, se acabó este juego. -Nos sonrió Howard apuntándonos- Yo maté a mi madre. Yo quise matar a esa entrometida. Yo os mataré a todos, en primer lugar a ella.
  --¡No!
Irene se puso delante de mí, como si de un escudo protector se tratara. Se oyó un tiro. Yo la abracé, pensando que le había dado a ella, pero no era así, pues Irene me apartó. Se oyeron dos tiros más. Ellie había sido la primera, pero Arnold también había desenfundado su pistola y la había empuñado.
  --Ellie -Le pidió Arnold-, llama al comisario y a los superiores. Es indignante.
  --Hazlo tú, por favor. -Le respondió ella acercándose a nosotras¬- ¿Estáis bien?
--Sí. -Dijimos al unísono- Gracias.
Howard yacía en el suelo con un tiro en la cabeza y dos en el corazón.
  --Vol... ve... ré. -Susurró. Ellie le volvió a disparar y lo mató del todo.
  --Su madre volvió, pero dudo que deje volver al hijo.
Y así fue. Se oyó un escándalo y les pareció ver a Anunciata llevarse a Howard. Entretanto llegó el comisario y los suyos. Ellie se ofreció a llevarnos a casa y dos policías más se apuntaron.
  --Nunca más, Laureyne, nunca más. -Me repetía Irene en la cama- Nunca más te dejaré sola... aunque te aburras en el McDonald's, pero separadas más no...
  --¿Iremos a velar sus restos? Aunque la incineren antes... Ella no tiene a nadie... Nadie le quiso, a parte de tú y yo...
  --Pero seguro que sus hijos vienen por la herencia.
En ese momento sentí que alguien se sentaba junto a mí. Miré y vi una sombra. Al alargar la mano toqué la huesuda mano de doña Anunciata. Irene no se había dado cuenta.
  --Hola. -Me escribió el espíritu- Todo acabó ya. Olvídate de Howard porque no regresará. Está con mi marido, que fue un gran sargento, y lo está poniendo a raya.
  --Anunciata... -Irene se incorporó de golpe al oírme pronunciar el nombre- ¿Es que te vas a quedar con nosotras para siempre?
  --No, no. -Nos sonrió- Hola Irne.
  --Hola...
  --Me silbaban los oídos con las palabras lindas que Laureyne... -Se echó a reír- No hace falta que me veléis. Cuando me incineren, ¿me enterraríais debajo del banco del cementerio?
  --Sí. -Respondí yo con firmeza cuando Irene me lo interpretó- Ese banco pasará a ser leyenda.
  --Desde luego. -Asintió ella- Por último... si Richard y Arthur vienen en busca de la herencia...
  --Se la disputarán y se separará la familia. -La corté- Dicen que la muerte une las familias, pero en realidad, si el fallecimiento las une, la herencia las separa.
  --No tienen nada para disputarse. -Nos sonrió- Nada en absoluto.
  --Pero, ¿cómo? -Me extrañé- Tú eres multimillonaria... Tienen la finca, el chalé, el bloque de pisos, el club deportivo...
  --Te digo que no tienen nada.
  --¿Por qué? -Le preguntó Irene- ¿Qué hizo?
  --Pues hace ya años que mis hijos me llevan ignorando y, la verdad, siendo así, tenía bien claro lo que haría. Si para una cosa no me querían... para la otra no les quería yo. -Pausa- Así que arreglé los papeles y no tardaréis en recibir la visita de mi notario.
  --¿Qué¿... –Irene, atónita.
  --Que os quiero mucho. -Se levantó y nos besó- No dudéis en llamar a la vieja Anunciata siempre que estéis en apuro.