"Desde el sarcófago", Estela

01.10.2013 10:12

 

(Fragmento)

 

Abrieron el sarcófago de quien yo, hasta aquel momento, creí mi tatarabuela. Sólo un esqueleto vestido con ropas descoloridas guardaba en su interior, mas, junto a su cabeza, un monedero se mantenía en perfectas condiciones.

-Puedes quedártelo, Estela. -Me sonrió mi abuela cuando uno de los enterradores se lo entregó- Una pequeña herencia de tu antepasada.

Yo lo tomé, preguntándome qué habría dentro, pero lo metí en un bolsillo de mi anorak sin decir nada.

La muerte de mamá, cuya salud era excelente, me había tomado por sorpresa y seguía en shock mientras veía cómo introducían los restos de mi supuesta tatarabuela en una bolsa negra con cremallera para que mi madre tomara posesión del ataúd familiar.

Era costumbre que las mujeres reposaran en aquel féretro de madera de roble hasta que otra del mismo linaje las desalojara al morir.

-Mira, otro regalito. -Murmuró mi abuela Éricka poniéndome alrededor del cuello una cadenita con una llave que había caído al suelo cuando el cráneo de María Lidia rodó- También para ti, Estela.

Con pesar vi cómo metían los huesos de cualquier manera en la bolsa negra, cuestionándome si así harían con mi madre cuando mi abuela o yo tuviésemos que descansar en aquella caja sin adornos. Después uno de los enterradores levantó una madera que cubría la boca de un pozo y arrojó el paquete. Seguidamente la  soltó y se frotó las manos.

-Ahora traslademos el cadáver.

El estómago se me encogió cuando destaparon el cuerpo de mamá y éste ocupó su nuevo lecho.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en mi dormitorio, acostada en la cama, y con un paño de agua fría en la frente.

Enseguida pregunté dónde estaba el monedero, pero ninguno de los sirvientes supo decirme nada al respecto.

Diez años después, cuando mi abuela se vanagloriaba de que me parecía extremadamente a ella cuando tenía mi edad, estaba haciendo la tarea universitaria cuando sentí que alguien me observaba. Aquel día me encontraba sola en la mansión, por lo que no presté atención alguna, mas, cuando esa sensación persistió volví la cabeza y me quedé helada: allí, de pie junto a mi cama, había una joven idéntica a mí que me miraba con mis mismos ojos.

-Querida Estela, ha llegado el momento de que abras el monedero. -Susurró y a mí la piel se me puso de gallina al ver, junto a ella, a mamá y otras mujeres que desconocía pero que todas tenían algo en común: eran increíblemente jóvenes y parecidas.

-No... yo... -Balbuceé y miré a mi madre con los ojos abiertos como platos- ¿Mamá?

Ella sonrió. Se adelantó a las demás y giró la silla en la que yo estaba sentada. Una vez estuve de frente a todas, mi madre se echó a un lado.

-Diez años y es la misma imagen. -Comentó y los demás espíritus asintieron- Debes frenar esto, Estela, hija.

-Yo... no tengo el monedero. -Balbuceé- Yo... yo lo perdí cuando me desmayé... A lo mejor sigue en... en el panteón familiar.

-Sabemos que no lo tienes, cielo -Murmuró otra de las mujeres-, pero te diremos dónde encontrarlo.

-Se halla en el sexto cajón de su gran tocador. -Me explicó la primera aparición.

-¿De la abuela?

Ninguna contestó. Me miraron con una extraña expresión de tristeza y esperanza, pero guardaron silencio.

-Ahora voy... -Dije levantándome. Me temblaban las rodillas- Ella... ella me dijo que... bueno, nunca...

-Estela -Me interrumpió la que parecía la portavoz-, escúchalo cerca de algo...

-¿Algo como qué? -Sentía un miedo tal que el corazón parecía haberse vuelto loco- ¿Mamá?

-Estaremos contigo. -Me respondió ella y me besó la mejilla.

Todas las apariciones asintieron y desaparecieron sin dejar rastro. Yo, ahogándome de la ansiedad y el pánico que sentía, me dirigí a la habitación de mi abuela y encontré el monedero en el lugar indicado. Lo cogí y lo abrí. Allí había una cajita de acero. Tenía una minúscula cerradura y enseguida supe cuál era la llave que la abría: la que prendía de la cadena que llevaba alrededor dle cuello. La abrí y extraje una grabadora de su interior.

Tras examinarla le puse unas pilas sin estrenar que encontré en el mismo monedero y pulsé el botón para escuchar...

 

"Sé que voy a morir, pero no antes de dejar constancia del horror que he vivido.

Desde niña escuché que el cuerpo de mi tatarabuela dio muchos problemas. Había practicado todo tipo de magia negra y no hubo forma humana de bendecirla postmortem.

El agua bendita se evaporaba. El olor en la iglesia era nauseabundo. Cuando la intentaron incinerar apareció sin quemadura alguna y todo intento de deshacerse del cadáver fue inútil.

Acabó cumpliéndose su deseo: se hizo el panteón familiar como ella describió y la tradición del único sarcófago que conservaría el cuepro de sus descendientes se llevo a término.

Cierto día fue requerida mi presencia y autorización para que el ataúd fuera abierto. Se oían extraños sonidos en su interior y se temía que hubiera algún roedor.

Cuando abrí el féretro me quedé petrificada: una joven idéntica a mí me miraba y sonreía. Antes de poder hacer nada, ni siquiera gritar, me encontré yo encerrada en el sarcófago, oyendo los aullidos de miedo y dolor de los dos enterradores.

Y aquí estoy, preguntándome qué será de mi abuela María Lidia, de mi madre Berta, de mi hija Mariana y de mi bisnieta Estela.

Éricka Flandering, periodista (año 1981".