"De vuelta a casa", Charles

03.08.2013 10:53

Se lo llevaban en barco, encadenado y encerrado, como si se tratara de un animal salvaje. No los culpaba porque, de haber podido, se habría marchado con las manos llenas de sangre, sin mirar quién se quedaba en el camino.

Kántor llevaba más de un siglo viviendo en el laberinto en el que lo abandonaron. Malditos humanos. Ya no conservaba en su memoria los primeros años de su vida, tampoco importaba.

Despertó de sus recuerdos cuando escuchó cómo se abría la puerta del almacén donde se encontraba su jaula. La criatura se alzó todo lo que las cadenas le permitieron. Se levantó sobre sus pezuñas del tamaño de una cesta de pan que sostenían dos patas firmes, similares a las de un carnero. Su torso era semejante al de un hombre pero tres veces mayor y totalmente cubierto de pelaje negro, como su terrible cabeza de toro. Su testa sólo conservaba un asta que casi tocaba el techo de su prisión de barrotes.

Entró un marinero fornido, aunque no tenía nada que ver con el descomunal cuerpo del minotauro, y se acercó a la jaula con una bandeja llena de comida. La dejó en el suelo y, junto a ella, un odre de agua. Luego se marchó sin mediar palabra. Seguramente el muy necio pensaba que Kántor no conocía lengua alguna y, por su aspecto, lo trataba como una bestia.

El prisionero estiró su enorme manaza hacia la comida, que miró con repugnancia... más pescado. Hizo un esfuerzo y lo comió de un sólo bocado, le haría falta toda la energía que pudiera conseguir para zafarse de las cadenas, de los barrotes y de su cautiverio.

Sabía que se encontraba muy lejos del laberinto al que aprendió a llamar "hogar", pero no quería vivir una vida encarcelada. Si tenía que permanecer escondido para siempre sería él quien decidiese en qué mazmorra.

Su excelente sentido de la dirección le susurraba que estaba a más de cinco días de la isla de donde lo capturaron. Tendría que recorrer esa distancia a nado y, dadas sus condiciones, pensaba que no tenía ninguna posibilidad, pero el orgullo es un mal aliado y la esclavitud un mal destino.

Lo tenía todo calculado. Lo haría por la noche, mientras todos dormían. Sólo tendría que preocuparse del vigía del palo mayor y de los tres marineros que hacían la guardia. Llevaba días zarandeando las cadenas para aflojar los grilletes, que lo mantenían pegado a los barrotes de la jaula, provocando que los remaches se fueran soltando poco a poco. Esperaría el momento oportuno y se echaría a la mar. Lo tenía decidido.

Por fin cayó la noche. El barco entero estaba en calma y sólo se oía el arrullo de las olas golpeando contra el casco. Había llegado el momento, se levantó.

Sólo tenía una posibilidad ya que, salir de la jaula, iba a ser muy ruidoso y se despertaría todo el mundo. Así que, asió con fuerza las dos cadenas que sujetaban sus muñecas, tomó aire y tiró de ellas con ímpetu. Saltaron los goznes de su localización y Kántor se vio libre. Pronto se escucharon los primeros movimientos de la tripulación, pero para cuando estuvieran listos, él estaría lejos.

Se giró hacia la puerta enrejada de la jaula y la embistió con su único cuerno sano. La puerta salió despedida hacia el techo y el minotauro dio un gran paso hacia su libertad. Corrió en dirección a la salida del almacén mientras oía cómo los marineros se apresuraban en quitar la barra de madera para entrar. Pobres ignorantes. Así sólo le facilitaban la huída.

Cuando abrieron el portón los tres guardias se encontraron a su cautivo en plena carrera. Quedaron todos paralizados por el miedo y Kántor pasó de largo, apartándolos sin problemas. Le dio el viento en el rostro y se sintió vivo de repente, pero siguió avanzando recorriendo cada vez más metros por la cubierta. Aún arrastraba las cadenas, sujetas a sus muñecas, por el suelo. Tropezaban con cajas y redes, que se desparramaban a su paso.

Ya veía salir de sus camarotes a los primeros marineros y escuchó el sonido estruendoso de los arcabuces. El impacto de las balas salpicaba a su alrededor mientras se acercaba a la borda para saltar. Fue entonces cuando una de las cadenas quedó atrancada entre los barrotes de la jaula y lo detuvo en seco.

El hombre-bestia se dio la vuelta, el corazón le latía con furia, notaba su repicar en las sienes. Cada vez la cubierta se llenaba de más gente armada. Kántor enrolló la cadena atascada en uno de sus antebrazos, la sujetó poderosamente con las dos manos y tiró de ella.

La cadena resistía entre los barrotes y arrastró la celda hasta la puerta del almacén. No cabía. El minotauro sentía arder los músculos de sus brazos y de su cuello mientras forcejeaba con la cadena, las rejas y la puerta. Se escucharon más disparos.

Notó cómo impactaban sobre su pecho, pero tenía la piel muy dura y no consiguieron herirlo de gravedad. Al fin, viéndose preso de nuevo, hizo acopio de las últimas energías que le quedaban. Clavó sus pezuñas en la madera de la borda, flexionó sus rodillas invertidas y gritó, en un último esfuerzo definitivo.

El bramido de la criatura se confundió con el resonar de una nueva descarga de los arcabuceros y con el resquebrajarse de la puerta del almacén, que quedó hecha añicos. Nunca en el mar se había escuchado antes un sonido tan desesperado y gutural.

La jaula, aún enganchada por la cadena, sobrevoló toda la cubierta a causa del impulso, pasó por encima de Kántor y cayó al mar pasa hundirse. Arrastró consigo el cuerpo herido del minotauro, engrilletado todavía, y se perdió en las profundidades del mar. Se hizo el silencio.

Los marineros se miraron entre sí, asustados y decepcionados a la vez. Les esperaban generaciones de pesadillas y cuentos sobre monstruos marinos, pero nunca sabrían realmente cuál fue el destino del monstruo.