"Daniel Defoe", Vladimiro Senda

18.09.2013 19:52

“Un gusano comió palabras. Me pareció escuchar una maravilla: el gusano, un ladrón en la oscuridad, había devorado el famoso canto de un hombre y su fuerte

fundamento. Nada aprendió el furtivo huésped con haber devorado palabras” Borges con Ma. E. Vázquez (1978), Literaturas Germánicas Medievales, Las Adivinanzas,

Códice de Exeter, n°48: la polilla, p.53

 

Hubo un tiempo donde los personajes se amotinaron. Cansados de manipulaciones y de una vida disipada e imprevisible huyeron a una isla remota. Pero como

cada uno era singular y famoso, la convivencia no fue buena. Algunos querían resolver todo a los tiros; otros, mediante ejercicios de la mente, otros para

los que la seducción era un arma. Las relaciones sinceras fueran escasas y siempre muy competitivas. Los autores, desorientados, se movían confundidos

como resultado de la inevitable y manifiesta declinación creativa. Era imposible pensar historias sin los personajes que habían elaborado. Si se les ocurría

un tema se acababa rápido y moría en su propio argumento, ya que no había trama posible sin personajes a la mano. La situación era de una gravedad extrema.

Durante un largo tiempo no se escribieron historias y había poco que leer. La legión de personajes reunidos parecía un hormiguero desordenado. Era imposible

congeniar entre sí porque representaban épocas diversas o eran expertos en relaciones contrapuestas. Algunos amaban las actividades nocturnas, otros las

románticas y campestres, y otros estaban inmersos en situaciones absurdas, circulares o paradójicas. Fue inevitable que comenzara una guerra. Se fueron

agrupando junto a algunos líderes. Pero como no se guardaban respeto, El Quijote fue muerto de un tiro por un mercenario de una novela de Hammett; a Haller

le faltaba la ciudad para divagar por la noche imprevista y enceguecido por la luz del día había degradado y maltratado a Jane Bennet que disfrutaba de

las mañanas soleadas bajo los árboles; Droctulft intuía que formaba parte del mismo libro donde Emma Zunz protagoniza un asesinato, pero no podía entender

las sutilezas del relato. Fue así que las grandes diferencias de épocas, cultura, fines y roles hicieron que, poco a poco, se produjeran grupos antagónicos

y matanzas colectivas. Finalmente todos murieron y los autores también, de extrañeza y soledad. La sociedad se quedó sin fábulas y sin relatos. Los libros,

que ahora valían más que el oro, permitían a los hombres soñar y enfundarse en historias que comenzaron a ser recordadas de memoria. Al tiempo todos los

habitantes del planeta no tuvieron qué contarse por repetidas. Y entonces sin historias, sin autores y sin personajes la vida se hizo atrozmente aburrida.

Resistieron unos años pero la primera generación de niños adoleció de libros porque dejaron de editarse. La imaginación menguó singularmente y la vida

se fue haciendo cada vez más aburrida. La humanidad creativa se extinguió naturalmente, hasta que nadie habitó más la tierra de los sueños. Sin embargo

Robinson Crusoe había logrado escapar en una barcaza precaria. Defoe sabía dónde buscarlo y finalmente lo encontró en una isla en la desembocadura del

río Orinoco, cuando ya se había adaptado a la soledad. Defoe estaba quebrado, perseguido por prestamistas y autoridades, había pasado temporadas en la

cárcel de Newgate donde había sido torturado. La realidad extrema lo había salvado de la peste narrativa. Sin embargo, algunas fantasías se entremezclaban

con la textura de la realidad cuando escapó y, decidido, encontró a Robinson en tierras venezolanas. Crusoe no se había dado por vencido y en plena guerra

se lanzó al mar. Sobrevivió y cuando reconoció a su Autor comenzó a relatarle todas las aventuras y peripecias de las que se valió para sobrevivir. Defoe

retoma de esta forma la escritura y sus alegorías mientras que Robinson, la vocación por protagonizarlas. Defoe intuye que además de la realidad objetiva

de los hechos, existen la percepción y los sentimientos. Robinson alimenta como un afluente oscuro y subterráneo la literatura de Defoe y de a poco, ambos,

reconstruyen el humilde oficio de contar historias. Fue así que con el tiempo el relato del mundo volvió a ser fascinante y como consecuencia felizmente

habitable.