"Curiosa conversación", Molu

24.01.2014 14:53

Abrí los ojos sobresaltado. Una cucaracha, sobre el borde de la almohada y a diez centímetros de mi cara, me observaba a los ojos, moviendo nerviosamente las antenas. No supe como reaccionar, bien podría estar soñando.

-Cállese, no llame la atención y no saldrá lastimado- dijo el insecto y me sentí alucinado.

Intenté en vano articular algún tipo de respuesta.

-Que se calle. No levante la perdiz, escuche lo que tengo para decirle y luego vuelva a dormirse. Cuando despierte todo le resultará un sueño.

-Esto es un sueño- susurré y me sentí ridículo.

-Sí, es un sueño. Es lo mejor que puede creer, de modo que créalo. Pero obedezca.

-La escucho.

-Shhh, no hable.

Parpadee un par de veces deseando despertar. Cerré los ojos durante tres segundos y los volví abrir. La cucaracha seguía allí, mirándome en silencio. Durante esos instantes creí que si bien el bicho era real lo que había alucinado había sido la charla.

-En unos días a usted se le dará de alta de este hospital.

Tragué saliva. Era la primera noticia realmente positiva que recibía en veinte días y si bien no esperaba nada de médicos, nurses o enfermeras, la fuente de la noticia no podía menos que sorprenderme.

-Seré libre- exclamé sin poder evitarlo.

-¡Cállese, homínido retardado! Libre... ¿Realmente cree que algo como eso existe? Le darán de alta, sólo eso, cambiará esta prisión por otras. Cuando esté afuera se dará cuenta de todas las cárceles que se evitaba estando acá dentro. Tal vez entonces desee volver; no lo haga.

-Nunca volveré, la próxima dejo que la máquina me trague.

-No sea absurdo. Me está obligando a que lo calle con mi mente.

Ya era suficiente, debía despertar. Intenté levantarme. No pude. Intenté hablar, protestar, patalear, lo que fuera. Todo fue imposible. Estaba bajo el terrible poder del líder de las cucarachas.

-Usted debe salir, no porque me importe su salud mental en lo más mínimo. Ambos sabemos que se está volviendo loco acá dentro, aunque no estaba del todo cuerdo cuando lo ingresaron. Debe salir pues lo necesitamos, debe hacer algo por nosotros. Sepa esto... pronto llegará el tan postergado fin del mundo. Nadie puede hacer nada para evitarlo, ni siquiera yo, que potencio las secretas habilidades de mi especie, pues hace mucho tiempo que lo que va a ocurrir se viene orquestando. Le ofrezco un trato que se que no podrá rechazar: el alta a cambio de un pequeño favor, su "libertad" a cambio de un gesto- hizo la seña del encomillado con las patas delanteras.

Mis ojos lagrimaban por el esfuerzo. No era la curiosa conversación lo que me indignaba, ya que no podía creer otra cosa más que se trataba de un sueño, era la imposibilidad de moverme, o de hablar. Esto volvía el sueño una pesadilla.

-No será el fin del mundo, por supuesto, será tan sólo el fin de la humanidad, el mundo continuará sin ella, como si hubiera sido un mal experimento. De modo que no se aflija y colabore. ¿Qué le parece? Piense la respuesta, no hace falta que la articule, consienta con la mente que yo leeré sus pensamientos.

Una espesa lágrima recorrió mi mejilla hasta la almohada. Me sentí mareado y con la vista nublada. Entonces perdí el conocimiento.

 

Desperté a la mañana siguiente y salté de la cama. Me sacudí como si tuviera el bicho enredado en el pelo, cosa que no era así. Ni rastro del singular insecto. Me había despertado el tango y el barullo de la sala de al lado. El humo de varios cigarros recorría la distancia ente mi cama y la terraza para irme a caer directo sobre la cara. Eran exactamente las 6:08 de la mañana.

 

El día trascurrió con la tediosa normalidad de todos los días. A las 8 vino 353 y me cambió el noticiero para una carrera de autos. Yo lo ignoré. Caminé los cuatro metros hasta el corredor y el metro extra hasta la ventana. No había guardias de seguridad cerca por lo que pude ver el lejano y celeste cielo durante unos segundos. Evité el aire fresco en la cara pues hacía días que me producía un apenas contenible deseo de escapar. A las 11 se llevaron a 352 para finalmente, y luego de nueve días deshinchándose, llevarlo a operarle la mandíbula. Un resto de desconfianza quedaba en mi espíritu que me hacía mirar hacia el piso constantemente, a los recovecos de la cama contra la pared, debajo del sillón y del ropero. Esto no levantaba sospechas ya que todos los pacientes deambulamos lo que nos dejan, siempre mirando el piso. Pero en mí había algo extra, un no se qué meditabundo.

 

Hoy, hace media hora, me dieron el alta. El cirujano vino y me dijo que me iba sin que yo le dijera algo. No supe cómo tomarlo y para mi sorpresa no me alegré demasiado. Algo en la forma como me miraba, la vista esquiva viendo hacia abajo, los ojos cansados y el gesto pensativo. Ahora me estoy yendo casi como si ya extrañara a pesar que afuera, se que tengo tanto por hacer, tanto por hacer.