"Cuando apenas salía", Cala

30.08.2013 22:30

Caía la mañana del domingo y cuando apenas salía del pasillo, diáfano y claro de mi casa, sentí un trallazo de luz; acababa de cruzar Jauja en primavera y traía conmigo todos sus olores y algún saborcillo dulzón de mi encuentro con sus árboles frutales. Limoneros, naranjos enanos, laureles, perales y algunos melocotoneros, alineados a ambos lados del jardín, dibujan un círculo casi perfecto y simétrico.

El otoño se descubría tiñendo nuevas paletas, doradas vegetaciones otoñales, y atropellados caobas y grises; víctimas propiciatorias del sol insolente. La estación tomaba ese color de la miel, del salitre del agua en los charcos y del amparo suave de las primeras escarchas, que gota a gota riegan la vida vegetal.

 

A punto estaba de terminar mis cuidados a las plantas, cuando de pronto surgieron de un pequeño claro de mi extenso jardín, entre chopos y tilos, vocecillas y risas infantiles. La compañía ideal para disfrutar y compartir con la chiquillería de nuestro barrio, me dije; a todos los niños de mi vecindario les encanta este espacio natural que rodea mi casa, “es un bosque” dicen, y yo les contesto que sí, y además es alquimista les digo.

Me aproximé, con pequeños pasos, hacia el lugar sin ser vista; y aprecie, entremezclados, silencios, música, y charlas entretenidas. Me extraño.

Caminaba alegre, escuchando canticos de pajarillos y las lecturas de los niños de los vecinos en mi jardín, me parecían poéticas, cuando observé tras el seto de la parte de atrás de la casa que atentamente unos seres muy pequeños las seguían. Asombraba contar alrededor de veintitantas minúsculas personitas, sentadas en círculo, intercambiando opiniones, y chistes graciosos e infantiles, sobre los versos repetidos de los niños, o las definiciones del diccionario sobre algunas palabras que les resultaban nuevas.

Mis vecinos, alumnos de segundo, tercero y cuarto de primaria, continuaban leyendo ajenos a ellos, y no imaginaban ser escuchados.

Con cuidado, y en silencio, conté dentro del grupo, unos diez gnomos muy pequeños; del tamaño de un niño de menos de dos año, no más. Siete hadas ¡preciosas como princesas! vestidas: dos, de color rosa, otras tres de verde esmeralda, y las demás combinaban tonos blancos y dorados entre ellas. Todas muy risueñas y elegantes, adornadas con su varita y corona a juego. Ah, y sus zapatitos de tacón alto; saltaban y cantaban contentas. Aun calzadas con ellos, no alcanzaban más de sesenta centímetros de estatura.

Les acompañaban, en su fiesta, mis pajarillos cantores, por las mañanas los dejo libres de sus jaulas, mariposas azuladas, posadas sobres sus plumas, y más de diez duendes tocando pequeñas flautas. Algunos gusanitos cantores, y un sapo también pequeño en brazos de su mamá.

-Un momento-, me dijo Juan, asustándome, es mi vecino más redicho. – ¡Es su fiesta!, mira tiene corona dorada, y los regalos y golosinas debajo de las patas-

- Si, -gritó Luisa,- otra vecina traviesa, tan estudiosa como Juan -es verdad; mirar, está su cara pintada en el pastel, junto a la flor gigante.- Me sorprendí al ver a los niños; guiados por las risas y músicas, como yo, los habían descubierto.

No podíamos cuchichear demasiado, pero en ese lugar estaba, efectivamente, el pastel y unos platitos muy pequeños y plateados con formas de flores.

El precioso ambiente concedía una peculiar atmosfera que pronto cambio.

-Algo ha ocurrido- Me dijo Andrés, mi vecino más hablador, al oído.- Desde aquí observar, ya no hay tanta charla, y el murmullo desaparece, ¡fijaos todos, fijaos!-

Era cierto, el silencio se instaló; tan palpable que inundaba nuestras suaves respiraciones.

Todas las miradas, sin quererlo, las dirigimos hacia el sapo, y en él se depositaron. Excitado y nervioso, desgranaba un poema sobre el mar; su voz, muy melodiosa, nos trasportó al cálido mundo de las palabras bien encadenadas. Y en ese momento, tan mágico, se encendieron cientos de luciérnagas. Aguardaban escondidas entre las ramas el final de la lectura. Todos aplaudían a la vez, y Teresita, mi vecina menor, también. Lo hizo sin pensar; entusiasmada por la fiesta.

Fuimos muy afortunados al ser descubiertos, nos invitaron. Con la mejor sonrisa, dijeron, todos a la vez y de forma ensayada ¡Adelante, venir! Y compartieron sus lecturas especiales, y toda su comida conmigo y los niños. Nosotros, llenos de cautela, nos acomodamos, muy despacito, junto a ellos; sobre unas ramas de palmera que, curiosamente, tenían dispuestas junto a la mesa principal.

El Duende de mayor edad, y más larga y blanca barba, se acercó y nos dijo, sonriendo a carcajadas:

-En estas fiesta, esperamos huéspedes, y siempre llegan. Nos enseñan sus nuevas canciones de cumpleaños, y nosotros a ellos, chistes sobre nuestras hadas y duendes mágicos.- Esto lo tarareaba guiñándonos sus ojos con picardía, mientras cantaba.

Desde el otro lado de la mesa: movió un gnomo su nariz, Y entonando dijo. -“Veo, veo”… Los enanitos contestaron “qué ves”, “unos niños” dijo sonriente, y señalo a todos mis vecinos que contestaron “con qué nombres” El enanito se acercó a los gnomos, pajarillos, mariposas y hadas, y juntos y a coro uno a uno nombraron a los más de quince niños que les escuchaban atónitos. “Veo, veo, a Luisa”. “Veo, veo a Juan”… así cantaron los nombres de todos, y uno a uno, durmieron a todos los niños recitando su nombre.

Sonrientes, poco después, se acercaron a mí, y a todos besé en la pequeña frente, mientras les entonaba, a cada uno, un nuevo. “Veo, veo…un gnomo, con que carita…

El sapo reía y reía sin parar. Su madre lo acercó a su rostro y muy suavemente le cantó. “Veo, veo, una carita…”. Hasta que él, dulcemente y solito, se durmió.

Los niños, ya despiertos, reían pensando en la experiencia vivida como en un sueño y cantaban muy despacio, unos a otros, “Veo, veo… chin pon”. Nos alejamos mientras dormían hadas bellas como princesas, gnomos, duendes, enanos, mariposas…

Mis vecinos saben de mi habilidad para la fotografía, y antes de marcharse me pidieron una foto todos juntos; la hice sin flash.