"Cristal", Sany MG

01.10.2013 10:06

 

 

Había una vez una pareja que después de hacerse con un trabajo, una hipoteca y un coche, decidieron casarse. Eran jóvenes, estaban muy enamorados y vivían entre arrumacos y cuentas que pagar, así que eran felices.

En vísperas de un aniversario cualquiera, uno de ellos comentó que nunca había tenido un gatito y que era algo que siempre había deseado. Así que su media naranja el día señalado, le regaló una bolita blanca de ojos azules y muy, muy peluda, en una canasta con moño rojo y todo. A partir de ese momento, la vida de ambos giró en torno a Cristal. Le compraron todo lo que encontraron en la tienda de mascotas: comida, rascador, arenero, varias camitas, transportín, mantitas, cepillos y muchos juguetes: pelotitas, ratoncitos y peluches. También le mandaron a hacer una chapa con su nombre y la dirección y los teléfonos de ambos, que le colocaron en el collar. Era una monería, un montoncito cálido de pelos y cariño. Dormía con ellos y se pasaban horas mimándola, jugando con ella o viéndola descubrir cada rincón de la casa y hacerlo suyo.

Días después apareció en escena “la mala del cuento”; en este caso una de las suegras, no importa cual, obviamente la que nunca había permitido animales en su casa. A ella no le parecía posible que los chicos fueran tan felices con un bicho que dejaba pelos por toda la casa, se subía o al menos lo intentaba, a cuanto sitio se le antojaba y para peor, aún en el arenero y bien tapado, lo que hacía… olía fatal. Y encima, se habían gastado un montón de dinero en ella y en su ajuar. Era absolutamente inconcebible. La gata en cuanto la veía llegar, se escondía y si se le acercaba mucho, se le erizaba hasta el último pelo de la cola, pero sabía que era la “abuela” y que no se la podía tocar.

Una vez, hubo que dejarla sola por unos días, pues se debían una vacaciones y en el hotel elegido no admitían mascotas. Las suegras, una de ellas de forma sospechosamente amable, se comprometieron a turnarse para ir cada día a cuidar a Cristal, darle de comer, cambiarle el agua y limpiarle el arenero. La sorpresa de los chicos fue mayúscula, cuando al llegar del viaje, descubrieron que “alguien” había tomado la decisión de extirparle las uñas a la gata, alegando que el “bicho” la había querido arañar. Hubo llantos, palabras de tono subido y muchos reproches, pero el asunto ya no tenía remedio.

Pasó el tiempo, Cristal se hizo adulta y después de mucha insistencia por parte de alguien muy allegado a ellos, decidieron esterilizarla, pues según la instigadora, cuando estaba en celo sus gritos eran insoportables. Intentaron que primero fuera mamá, por lo que le buscaron un novio guapísimo, muy parecido a ella y con muy buen pedigrí. Pero cuando lo trajeron a la casa, el galán rompió un jarrón, regalo de boda de una de las suegras y cuando se acercó a Cristal, ésta le cruzo la cara de un zarpazo y luego lo ignoró, así que de bebés nada. El jarrón nunca les había gustado por lo que no lamentaron su pérdida, pero no tuvieron más remedio que ceder y castrarla, porque lo de los maullidos era una realidad que no podían ignorar. Las paredes de la casita eran muy delgadas y cada cinco o seis meses venia el vecino de al lado a dar las quejas.

Una noche se reunió la familia completa en la casa, la de él y la de ella. Había una noticia importante que comunicarles a todos: ¡iban a ser papás! Después de las felicitaciones de rigor, los brindis y las discusiones sobre los nombres, alguien se atrevió a preguntar que harían con la gata, por lo de la toxoplasmosis y eso y la respuesta de ambos fue terminante: la gata era parte de la familia y de allí no se iría y no admitieron discusión alguna.

Tiempo después, ante la insistencia de familiares, amigos y conocidos con el tema de la toxoplasmosis y luego de oír y leer cientos de cosas que los confundieron más de lo que ya estaban, decidieron ir a consultar a un tío suyo que era médico “de pueblo”. Este era un tipo campechano y bonachón en el que ambos confiaban ciegamente, por que en vez de recetar medicamentos sin más, usaba el sentido común y daba los mejores consejos del mundo. Volvieron encantados, pues no había de que preocuparse: la gata estaba sana, con todas sus vacunas, tenía una alimentación adecuada y nunca había salido a la calle, salvo en el transportín para ir a la veterinaria. Ella se haría el test de la toxoplasmosis y él se comprometió a limpiar diariamente el arenero durante el resto del embarazo. El tío les explicó que el quince por ciento de las mujeres eran inmunes a la infección y que era prácticamente imposible el contagio si se tenían en cuenta ciertas precauciones.

Entraron en la casa eufóricos llamando a Cristal, pero la gata había desaparecido. Encontraron una ventana entreabierta, que ellos hubieran jurado haber cerrado, pero eso no les preocupó demasiado, pues la gata jamás salía porque le tenía miedo a los coches. Esto lo tenían comprobado: más de una vez, sin poder contener su curiosidad, se había subido al pretil y en cuanto oía un automóvil, huía despavorida y se metía debajo de la cama. La buscaron hasta el cansancio, pusieron carteles por todo el barrio, contactaron con las veterinarias de la ciudad, recurrieron a las redes sociales, pero sin resultados. Ambos estaban muy deprimidos porque creían que la gata había presentido que estaba de más ante la llegada del bebé y por eso se había ido.

Lo que no sabían, era que en realidad Cristal estaba en un terreno abandonado, lleno de gatos callejeros, donde la había dejado abandonada a su suerte, alguien que tenía llave de la casa y aprovechó la ausencia de los dueños para llevársela, sin olvidarse antes de salir, de abrir una ventana para evitar suspicacias. Cuando volvía a su casa, paró el auto frente a un contenedor de basura y tiró el collar, envuelto en una bolsa oscura y antes de que los chicos volvieran, dejó el transportín en su sitio.

El pobre animal, acostumbrado a vivir con sus dueños, a estar cuidada, cepillada y mimada y a tener comida a su disposición, no entendía que pasaba y lloraba de miedo y de hambre en un rincón. Los demás gatos no podían acercársele, porque ella les bufaba y gruñía. Al día siguiente cuando llegaron las voluntarias que cuidaban a los gatos del lugar, se la encontraron toda sucia y con el pelo enredado, pero cuando quisieron cogerla, Cristal salió corriendo. Sabían que era nueva, por que conocían a todos y cada uno de los gatos que vivían allí, pero estaban tristemente acostumbradas a los abandonos. Los primeros meses del año, indefectiblemente encontraban unos cuantos gatitos de esos que trajeron Papá Noel o los Reyes, pero que se hacían grandes y perdían la gracia de los cachorros o se trepaban a las cortinas o se defendían con un arañazo, del tirón de la cola propinado por el peque de la casa y era más fácil deshacerse del animal, que educar a los niños en el respeto por el resto de los seres vivos. A esto se sumaba que durante todo el verano les dejaban camadas enteras, a veces de pocos días, producto de la falta de responsabilidad de la gente que no se preocupaba por las consecuencias de tener una mascota.

En cuanto a la nueva inquilina, trataban de ganarse su confianza, pues se notaba que había usado collar y por tanto era doméstica. Pero no era una tarea fácil. Cristal estaba muy resentida y asustada y no dejaba que se le acercara nadie, incluso comprobaron que solo al irse ellas y después que hubieran terminado de hacerlo los demás gatos, se acercaba a comer y a beber. Entretanto elucubraban como podía ser que un animal tan hermoso y que debía haber costado carísimo, hubiera sido abandonado. Meses después, al fin lograron darle caza y se encontraron con la sorpresa de que era una gata muy mimosa, una vez vencidos sus temores iniciales. En la veterinaria comprobaron que estaba esterilizada y desungulada. Hubo que cortarle el pelo y desparasitarla y se le buscó con urgencia una casa de acogida porque no merecía volver a la calle, visto lo dócil que era y además al no tener uñas, no podría defenderse. Nunca lograron explicarse como había podido sobrevivir tanto tiempo entre los demás gatos. La llamaron Nube y la trasladaron a su nuevo hogar. Se adaptó muy rápidamente al cambio y se ganó de inmediato el corazón de todos los integrantes de su familia de acogida, pues demostró ser muy buena y muy tranquila: solo le interesaba comer, tomar el sol y que la acariciaran.

Mientras tanto, sus papis no cejaban en el empeño de encontrarla; estaban muy ilusionados con la llegada del chiquitín, comprándole cositas, barajando nombres, asumiendo los cambios que su llegada provocaría en sus vidas. Pero nunca se olvidaron de Cristal; seguían buscándola con ahínco y sus cosas no fueron movidas de su sitio, ambos confiaban en que en algún momento volvería. A las pocas semanas llegó el gran día, el del nacimiento del nuevo vástago. Entre nervios, dolores de parto y mucha expectativa, no dejaron de revisar sus correos electrónicos a ver si había noticias de su gata, como hacían siempre. Y allí estaba, un amigo les había enviado un anuncio que encontró y que decía lo siguiente: “Esta es Nube, fue abandonada, pero después de mucho bregar, al fin hemos podido atraparla. Ahora vive con una familia de acogida, esperando encontrar a sus dueños o conseguir el hogar que se merece, pues además de hermosa, es adorable.” La alegría fue tan grande que la futura mamá jura que hasta los dolores menguaron. El papi en ciernes llamó de inmediato al teléfono que figuraba en el aviso y luego de explicar las circunstancias, prometió ir a ver a la gata en cuanto naciera su hijo, llevando con él todo lo que pudiera demostrar que eran los dueños de Cristal: fotos, documentos y pedigrí.

El reencuentro fue muy emotivo para los que tuvieron el privilegio de presenciarlo. No quedó un ojo seco, porque la gata en cuanto vió a su “papá”, comenzó a restregarse en sus piernas y a ronronear sin parar. El nobel padre mostró cientos de fotos, las había impresas, en el móvil, en el portátil, también estaban los anuncios buscándola en las redes sociales y los comprobantes de propiedad, pero era más que evidente la felicidad de ambos y Cristal no se había movido de su regazo desde que él se sentó. Muy emocionado y abrazado a su gata, comentó que era el día más feliz de su existencia y que no le daba vergüenza reconocer que nunca había llorado tanto en su vida: ser padre y recuperar a su Cristal era más de lo que creía merecer.

El día que les dieron el alta en el hospital y pudieron irse a casa, también volvió Cristal y luego de mimar a sus papis y terminar húmeda por las lágrimas y despeinada por los besos y abrazos, lo primero que hizo fue subirse a la cunita del bebé, olerlo y acostarse a sus pies ronroneando feliz. Fue muy complicado convencerla de que no podía dormir allí y optaron por poner una de sus camitas debajo de la cuna. En cuanto el pequeño llorisqueaba, ella se subía a la cama grande y no paraba de maullar y saltar, hasta que despertaba a los papás. Cuando tocaba darle el pecho, se sentaba a lado de la mamá atenta a todos los ruidos y movimientos del bebé.

Como es lógico, los chicos se planteaban muy seriamente el tema de la desaparición de Cristal y las circunstancias en que ocurrió: el carácter de la gata, la ventana abierta, que apareciera sin collar y en un sitio tan lejos de su hogar; todo les indicaba que no se había escapado. Si bien tenían fundadas sospechas de quien era la culpable, carecían de pruebas, así que tras varios días de reflexión, decidieron cambiar la cerradura de la puerta, con la excusa de poner una mejor, en vistas a reforzar la seguridad de la casa y se cuidaron muy bien de elegir a quien darle la nueva llave.

Cristal vivió muchos años, vió crecer al niño, fue testigo de la llegada de su hermanita, presenció discusiones, reconciliaciones, retos y felicitaciones, siempre dulce y cariñosa con todos, excepto con una persona, con la que se limitó a mantener la mayor distancia posible.

Un día se durmió y seguramente soñando con su familia, se fue al cielo de los gatitos tan apaciblemente como había vivido.

He querido que esta historia tuviera un final feliz, pero no hay que olvidar, que existen cientos de gatos callejeros esperando la oportunidad de tener un hogar y una familia y que muchos no la logran nunca, víctimas de la desidia, la violencia, la intolerancia, el desprecio o simplemente de la ignorancia y la superstición.