"Cornudos", Molu

24.01.2014 14:52

 

 

Hoy ha llegado a nuestra mesa de trabajo la estadística que marca la evidente protervia, el colmo del oprobio, traducido en números que pretenden revelar la realidad. El 78% de las mujeres casadas son infieles.

Lo que desconoce el autor del artículo (que de seguro es mujer y está abarcada dentro de la estadística) es que estos datos se traducen en otros datos. El 78% de los hombres casados son potenciales homicidas socialmente justificados. Si un hombre asesina a su mujer por serle infiel, y no cae en el exabrupto (exceso de llanto, infantilismo, suicidio) será detenido por la policía, cuyo cuerpo principal está compuesto en un 78% por policías cornudos; será juzgado por abogados cornudos, y al final, un juez con una gran ornamenta bicorne le ajustará la sentencia que el sistema entero considerará más adecuado. En otras palabras, un complejo sistema se activará para liberarlo. Existen penas menores que, como sea, permitirán que el occiso no pase más de cinco años detenido. El periodismo guampudo será reticente a las noticias derivadas de sucesos como estos, los jefes de programación cabrinos de los canales cuyos dueños hombres tal vez también sean cornudos, destacarán otro tipo de insucesos y dejarán los referidos a un ajusticiamiento para cuando los obligue el evidente escándalo público. Al reintegrarse a la sociedad guampuda, los diversos cornudos con los que se cruce le serán condescendientes, digamos el antiguo empleador, cornudo resignado, podría haberle aguardado el trabajo; el almacenero le fiará con guiños que traducen el dolor comprimido y la tácita comprensión; los vecinos del barrio rezongarán al que le llame asesino. Chsss, no es un asesino, sólo encontró a su mujer con otro. Ah, por eso la mató. Y comentarios por el estilo. El 78% de las mujeres casadas son infieles, revela el artículo en forma tan simpática. Pues el consecuente 78% de hombres cornudos se ha convertido en una masa inerte, un silencioso preámbulo del asesinato justificado.

 

 

M.M. despertó en una cama del hospital. Al instante rompió en llanto. Pensó en sacarse los tubos que le salían de los brazos, pero al sentirse peligrosamente mareado, se detuvo. Tenía un gran vendaje que le cubría la mitad izquierda de la cabeza. No era dolor lo que sentía, sino como si le estuviera por estallar el cráneo.

Una enfermera entró, lo vio, y volvió a salir apresurada, sin decirle una palabra.

Pasaron unos segundos y entró un policía. No parecía uno común, sendas canas poblaban su cabeza y su bigote. Emanaba un exagerado aire de autoridad.

M. lo miró y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas.

-Lo…, lo siento- dijo tartamudeando.

El policía se le acercó y le puso una mano en el hombro.

-Tranquilo, amigo. No lo sienta. Tranquilícese.

-Yo…

-Respire hondo. Tranquilícese.

Intentó obedecer. Poco a poco el ritmo de su respiración fue disminuyendo.

-Cuénteme que le ha ocurrido.

-Bueno…, pues… ¿No lo sabe?

-Me gustaría escucharlo de su propia boca.

-Entiendo…- dijo y respiró hondo.

-Tómese una pausa. No hay ningún apuro.

-Descubrí que mi mujer me engañaba- dijo de una y sintió como el llanto lo invadía.

-Tranquilo, tranquilo…- le palpó el hombro el veterano policía.

-Bueno… Yo ya sospechaba algo del compañerito del gimnasio. Ella me había dicho que era gay, pero… ¿No es acaso lo que dicen siempre? Uno capta una pequeña sutileza y cuando insinúa algo, recibe respuestas disparatadas que por no pasar a mayores uno ignora. Hasta que el engaño se vuelve evidente.

-Lo entiendo perfectamente. Continúe.

-No hay mucho más que contar. Volví a casa ayer de noche. Le había leído los mensajes en el celular esa misma mañana, y me había pasado toda la tarde como sonámbulo en la oficina, intentando pensar una alternativa que no estuviera plagada de odio y que no implicara una desgracia. No la encontré. De modo que tomé mi arma y le metí dos tiros. Después me disparé a mí mismo en la cabeza. Durante un instante pensé que estaba muerto.

-Grave error. Si pensó, no estaba muerto…

-¿Cómo?

-Ya le he dicho que se tranquilice. Yo no soy un simple policía. Y no he venido a meterlo preso.

-¿Cómo dice?

-He venido para que hable con un amigo muy íntimo. ¿Está dispuesto a que le presente a este amigo?

M. afirmó con la cabeza y le dolieron todos los huesos.

El hombre salió de sala y a los pocos segundos volvió a entrar acompañado de otro. Vestía un elegante traje color oscuro, corbata roja sobre el cuello de una camisa celeste. Tenía el pelo peinado con una casi imperceptible capa de gomina.

-Buen día, M.- dijo sin mirarlo a la cara.

- Mi nombre es J.R.C., y soy juez del estado.

-¿Cómo?

-Eso- interrumpió el uniformado- J.R. es juez y yo no soy policía, soy comisario.

-No entiendo… Me van a…

-Hemos venido a recordarle bien los hechos. Usted está muy confundido.

M. no respondió.

-Usted no mató a nadie, mi amigo- continuó el comisario.

-Pero yo…

-Usted entró a su casa y ahí había un ladrón.

-Yo… no estoy entendiendo.

-Ya va a entender. Por ahora limítese a eso. El suceso ya está en los noticieros. Un hombre, usted, llegó recién caída la noche a su casa procedente del trabajo. Allí encontró a un ladrón con quien entabló una lucha encarnizada. El resultado fatal fue que el delincuente le asestó dos sendos disparos a su señora, uno a usted, y luego entabló fuga, dejándolos a los dos por muertos sin robar nada.

-Pero eso no fue lo que…

-Fue exactamente lo que pasó- le interrumpió el juez.

-Si prende el televisor va a ver en todos los noticieros las entrevistas que ya les están haciendo a sus vecinos indignados- completó el comisario.

-Yo…

-Aún no entiende. Nosotros entendemos su odio, entendemos su indignación y su dolor.

M. pareció entender súbitamente.

-No me diga que…

-Sí- lo interrumpió el juez- Un juez del estado cornudo…

-Y un comisario con astas- completó el otro.

-Es increíble…

-Sí, lo sabemos.

-Ahora usted tranquilícese. Y mantenga la versión que le hemos dado. No se salga del libreto. Vendrá en unos minutos un secretario que le dará los detalles más mínimos de la declaración que deberá hacer entrada la tarde.

-Entiendo.

-Por ahora quédese tranquilo.

-Muy bien.

Los hombres amagaron en comenzar a salir de la habitación.

El comisario se detuvo.

-Dígame algo que me estoy olvidando…

-Lo escucho- dijo M. ya completamente despabilado.

-Sabemos el gimnasio al que iba su mujer, lo que no sabemos es el nombre del degenerado ese.

-Ah, el nombre.

-Sí, el nombre.

-Se lo digo. Anote… Se llama…