"Cietra vida disparatada", ALOE

26.11.2013 12:05

-¿Y Domuns? – sollozó el pavo real desde lo alto de la pequeña cima que dividía la dos zonas.
- No sé. En la sabana supongo – contestó la ardilla que había bajado del árbol más alto de la zona en busca de los piñones que habían caído al suelo.
-¡Ostras!- comentó sobresaltado Pingüi sin dejar de moverse de un lado a otro.
-¿Podrías mantenerte quieto? – dijo la babosa que había acabado de salir del cieno de la laguna.
-¡Quieto!, imposible – pronunció algo más alterado Pingüi sin dejar de moverse frenético.
-¡A ver! – rugió el león.
     Todos se callaron de golpe. Los que aun no habían dicho nada tuvieron que ceder la posición al León, no solo por ser el rey de la sabana, si no porque hoy se inauguraban las nuevas instalaciones de varios de sus vecinos.
-No estamos en la selva compañeros. Nosotros llevamos una vida entre cuatro paredes. Y como comprenderán, por mucho que lo nieguen e intenten pensar o imaginar que vivimos en una estupenda sabana, siento deciros que… - y contuvo las palabras.
-¡Eres tú! – gritó Pingüi.
-¡Bienvenido! – extendió el pavo real el plumaje.
     El resto permanecieron estáticos, asombrados por su presencia.
-Ahora que te veo – estiró la cabeza la jirafa – veo que… - mantuvo el silencio durante unos segundos comprobando que Domuns estaba entero. Ojeó las patas, el cuerpo y la trompa. Lo miró con detenimiento. Al acabar en la cola, insistió con el mismo recorrido hasta que su compañera Yihi la jirafa le azotó con la cabeza en el cuello -. Estás estupendo.
-¡Siiiii! – dijo la ardilla mientras abría piñones.
-¿Entonces? –se sentó el león a la espera de escuchar barbaridades varias.
     Domuns los miró a todos, tanto a aquellos que habían hablado, como a los que permanecían estáticos, sin intercambiar un chasquido, movimiento, palabra o sonido, fuera forzado o espontáneo. Levantó la trompa por encima de la rama del pequeño árbol que habían sembrado los cuidadores dos meses atrás, y dirigiéndose hacia el frente dejó escapar un profundo y ensordecedor sonido desde su larga trompa.
-¡Eso¡, ¡que se enteren quien manda! – dijo la ardilla sin parar de roer los piñones.
-A mí me encanta escucharle. Añoro los paseos por la sabana cuando era pequeño y nos perseguían los leones. ¡Qué recuerdos!. Y corríamos para salvar la vida. Mis padres… - dejó de hablar la Cebra -, mis padres…
-¡Qué le pasó a tus padres! – se oyó una voz al unísono.
-Nada, una emboscada y… - volvió a quedar en silencio.
-¿Y tú quieres ser el presidente de la comunidad del zoo? – preguntó la pantera desde el otro lado de la reja – Estás en el zoológico. Olvídate de las llanuras y deja de contar historias simbólicas. Aquí la vida es aburrida. Los hombres traen a sus niños para vernos,  nos tiran fotos, alguna que otra mueca de espanto, y acaban por dejarnos a la hora del cierre.
-¡No estoy de acuerdo! – se puso al frente el pavo real -. Y esas miguitas de pan tan deliciosas. Los bollitos de los niños que caen al suelo, y el chocolate que llevan algunos alimentos. ¡Qué delicia!. ¡Cuánto darían algunos por vivir aquí, fuera de peligros!
-Yo no estoy de acuerdo – picoteó una grulla en la fresca y verde hierba -. ¡Hombres, que asco!, solo traen suciedad. Ni siquiera puedo comer tranquila en la charca artificial. Hace unos días al poco me como un papel desgastado que había caído cerca de los deliciosos crustáceos.
-¡A ver! – rugió el león de nuevo, incorporándose erguido a unos cuantos pasos del elefante -. No hay tiempo de prejuicios, dudas o barbarismos varios. Sabemos cómo se comportan los hombres, a que vienen aquí, que hacen y porque. Afortunadamente o por desgracia nos toca vivir en este lugar, y agradar a los visitantes.
-¿Qué tiene que ver todo esto con Domuns? – se oyó un gemido agudo apenas perceptible que venía de la Gacela.
-¡Nada! – rió el panda rojo que observaba desde una pequeña rama.
-¿Entonces? – preguntó la babosa medio enfangada.
-Tranquilos a todos – se sentó Domuns – esto no debe servir de discordia. Hoy estamos aquí congregados para celebrar nuestras nuevas instalaciones.
-¡Bien! – se oyó como un eco desde las peceras – Glu, glu, - dijo el pez espada -. ¿Los delfines están de acuerdo?
     Los tres que habitaban en la piscina saltaron por encima de la cuerda que habían dejado extendida los entrenadores.
-Veis que bien – volvió a hablar el pez espada.
-No hay vuelta atrás. Todos añoramos cosas que hemos dejado atrás. Recuerdos que nos invaden. Dudas, miedos y obstáculos – ofreció su discurso Domuns.
-Es verdad – dijo el pavo real mientras picoteaba un trozo de pan duro.
-Aquí no vivimos mal – roía la ardilla otro piñón.
-Yo echo en falta poder correr detrás de una gacela – dijo el león.
-¡Malhechor, malhechor! – se puso a temblar la gacela -. Solo se acuerda de nosotras a la hora de comer.
-¡Estáis deliciosas! – rugió altanero.
-Cuidemos los modales. Si los perdemos perderemos nuestra identidad – dijo Domuns.
     El resto de animales comenzaron a cuchichear. No era la primera vez que había ocurrido este tipo de altercados.
-Entonces aclara que te ocurrió – dijo la Cebra a Domuns.
-¡Callad! – gritó el elefante. El silencio volvió a pasearse entre los animales del zoológico -. Es eso lo que queréis saber.
-¡Siiii! – comenzaron a oírse graznidos, bramidos y todo tipo de sonidos.
-Me marché al circo.
-¿Al circo? – quedaron admirados.
-Sí.
-¿Y qué hiciste? – preguntó admirada la ardilla que dejó de comer por un instante
-Acrobacias.
-¡Anda! – bufó por los orificios nasales el ñu aumentando su voz portentosa.
-¡Una locura!. Para haberte aplastado al caer de la cuerda floja – le temblaron las patas a la grulla -. Si tuvieras plumas podrías volar.
-Volé entre los aplausos del público. Me sentí especial.
-Un pajarillo volar – dijo la grulla.
-Mejor. Una superestrella.
-Eso es lo que soy – dijo la gacela.
-Y mañana con el mago
-¡Ohhhh! – dijeron.
-Que te mande a la sabana – dijo la Cebra.
     Las risas volaron espontáneas como un tintineo.