"Cerrar los puños", Jacques de Sores

29.08.2013 20:07

Mis amigos son desconfiados. Tienen ese brillo en los ojos, esa forma de mover las cejas y la manía de cerrar los puños si piensan que algo no anda bien.

No me creyeron cuando les mostré la espada, ni los dibujos en la empuñadura. Querían que les contara desde el principio. Hacían preguntas y pedían detalles:

-¿Cuánto medía el hombre?

-¿De qué color tenía el pelo?

-¿Cómo era la ropa?

-¿Cuánto nos pagaría?

Y cerraban con más fuerza los puños cuando yo les decía que no habría dinero, que era una cuestión de solidaridad, de esas cosas que dicen en la escuela, un asunto de hacer el bien.

-No nos interesa -dijo el Flaco. -Vamos para la carretera, los camiones deben estar al llegar.

Me colgué la espada de los hombros, y molesto, caminé junto a ellos.

Cada mañana esperábamos los camiones, nos escondíamos bajo el puente para colarnos mientras el chofer compraba cigarros o cerveza en el pequeño supermercado, a orillas de la autopista.

Esa mañana tuvimos suerte, el camión estaba repleto de naranjas.

Las naranjas se venden bien, no duran más de media hora cuando los colocamos en nuestro banco de la Plaza Central.

-Hoy nos vamos a la Feria -dijo el Flaco.

Pensé en lo bien que nos vendría una noche en la Feria. Hacía dos semanas que los camiones de carga solo traían botellas de jugo de tamarindo.

En este pueblo la gente odia el jugo de tamarindo.

Cobré mi parte y antes de que se hiciera de noche ya había comprado una botella de Coca-Cola. Lo que más me gusta en la vida es tomar Coca-Cola.

Les dije a mis amigos que no me esperaran para irnos a la Feria, que tenía que hacer algo, que luego en el parque nos veríamos todos. Necesitaba hablar con el hombre de la barba, decirle que no los pude convencer.

Esperé sentado bajo la mata de almendras. Era una noche clara, el pueblo estaba en silencio. Hacía calor y me desabotoné un poco la camisa.

Algunos viejos cruzaron la calle, se acomodaron sobre las mecedoras. Hablaban bajo, movían un poco la cabeza y a veces cerraban los ojos como quien espera la muerte. Me convencí una vez más que mi sitio no estaba en ese pueblo, no me hacía feliz meterme a los camiones, tampoco irme de fiesta siempre a la Feria.

No quería morir sentado sobre una mecedora.

El hombre apareció de modo repentino, como las dos veces anteriores y también, como las dos veces anteriores, me dio tremendo susto. Estaba montado sobre un rinoceronte y tenía la cara más triste que he visto en mi vida.

-¿Y tu caballo blanco? -le pregunté.

-Murió en la batalla -dijo mientras se acomodaba a mi lado- estamos perdiendo la guerra.

-¿Creí que era inmortal?

-Yo también -dijo el hombre y se acarició la barba.

Me hubiera gustado darle un poco de aliento, decirle que mis amigos irían a la guerra, que con nuestra ayuda su castillo permanecería en pie; pero le entregué la espada y bajé la cabeza.

El hombre se montó en el rinoceronte. Yo me moría de pena, él de tristeza.

-¿Corre mucho ese animal? -le pregunté

-Es de los mejores.

-Olvídate de mis amigos. Quince kilómetros al norte hay una unidad militar con almacenes bien grandes. Te voy a ayudar.

-Monta -me dijo.

Al instante estábamos frente a las puertas de hierro.

-Sí que corre -le dije.

-Es de los mejores- repitió.

-Necesitamos abrir la cerradura, busquemos una cabilla o un palo bien grande.

-No hace falta- dijo el hombre- se quedó unos segundos frente a la puerta, miró los cerrojos y estos cedieron.

Anduve por los pasillos. Agarré todo lo que me pudiera ser útil y le pregunté al hombre si el animal podría llevar más peso encima.

-Es de los mejores.

Até el baúl a la espalda del rinoceronte y al instante estábamos en una de las torres del castillo.

 

Abajo la batalla era intensa. Las puertas habían sido derribadas y las llamaradas de fuego subían por las paredes.

-¿Contra quién luchamos? -le pregunté.

El hombre me señaló unas bestias que cercaban el castillo, escalaban las murallas con sus garras de metal y escupían fuego.

-Son demasiadas –dijo- nuestros hombres necesitan ayuda. ¡Empuña tus armas, bajaremos a la batalla!

-Yo puedo luchar desde aquí. Ordena la retirada. -le dije y abrí el baúl.

El hombre ordenó la retirada. Las bestias lanzaron un rugido de victoria y esperaron la orden de su líder para saquear el castillo.

Armé una ametralladora en cuestión de segundos y pensé, por primera vez, que tantos juegos del tiro al blanco en la Feria no habían sido en vano.

Comencé a disparar. Después de tres cintas de proyectiles, cuatro disparos de bazuca y dos granadas de mano, el enemigo huía desesperado.

El banquete por la victoria fue magnífico. Nunca había visto tanta comida para una sola noche. Me ofrecieron un plato lleno de carne. Les pregunté si tenían Coca-Cola, pero no sabían qué era eso.

El hombre me regaló el rinoceronte, me ofreció una habitación en el castillo y un cargo como consejero del rey; pero una semana después descubrí que ese no era mi sitio, no me gustaba salir de cacería ni batirme en los torneos. Allí no había televisión, ni electricidad, ni siquiera jugo de tamarindo.

Le enseñé al rey cómo usar los fusiles, le entregué a cada uno de sus escoltas un revólver, me despedí del hombre y regresé al pueblo.

La desconfianza de mis amigos fue entonces mayor. Tenían ese brillo en los ojos, ese modo de mover las cejas y la manía de cerrar los puños si piensan que algo no anda bien.

Dejé de ir con ellos al puente, dejé de subirme a los camiones. Una mañana ensillé mi rinoceronte y me fui lejos, bien lejos, a un pueblo donde pudiera ayudar a la gente, donde pudiera ser solidario y hacer el bien.