"Carta para Sofía", M.V.O.

05.02.2014 15:12

Para Taylor, Aytana, Lía, Betsy, Camila, Marx Isaac y Habana Victoria

 

Me resultó muy difícil poder aceptar la desaparición de mi abuelo, pues la noche anterior me leyó cuentos y no me avisó de viaje alguno. Todas las mañanas antes de irse a la carpintería me dejaba en la escuela y yo desde la hilera del matutino lo veía alejarse agitando su mano de donde pendía un beso. Tal vez por aquella razón cuando me sacaron del aula de tercero para llevarme a la casa de la tía insoportable no articulé palabra alguna hasta mi regreso a la casa. La tía me prestó un osito de peluche que nunca antes me dejó tocar y pude hasta llevarlo conmigo. Cuando el cielo ennegreció busqué al abuelo por toda la casa, pero su ausencia era cierta. A partir de ese día todas las noches miraba a través la ventana de mi cuarto. Tenía la sensación de poder verlo entrar vestido de guerrero, de príncipe, de mago, de cosmonauta…o simplemente con su piyama a rayas para leerme un libro. Extrañé sus cuentos, las adivinanzas y los trabalenguas, los paseos al parque, las burbujas; y lo peor, dejé de tener con quien compartir mis secretos. Comencé a sentir algo muy malo en torno a nuestra complicidad, pero no podía entenderlo. No sabía a dónde se había marchado. Después de aquel día mi familia se resistió a cambios brutales: no eran ideas mías; tenían el rostro duro, la mirada sin brillo y hablaban poco y bajo. Los platos quedaban sobre la mesa con mucha comida. A la abuela le alcanzaban tazas de caldo al sillón; colocadas intactas más tarde en la cocina. Nos frecuentaban amigos y familiares con caras pálidas y todos traían pañuelos en las manos. Eran muchas piezas que encajaban en mi rompecabezas, ya no jugaba a la gallinita ciega todo comenzó a hilvanarse y a alcanzar claridad. Algo le había sucedido a mi abuelo. Y sí, mi madre con el mismo rostro con que él y yo enterramos al gatito en el traspatio me dijo que no lo buscara más que había emprendido un viaje sin regreso. Cómo comprenderlo si siempre que iba a Villa Clara volvía alegre y me cargaba en sus hombros por todo el barrio. Me encerré en el cuarto, perdí el deseo de comer, de ver la televisión, de jugar. Fui asumiendo poco a poco el mismo comportamiento de la familia. Un amigo del barrio que también estudiaba en mi escuela solo que dos grados superiores al mío me esperó después del timbre del receso y dijo una cosa horrible acerca de la ausencia de mi abuelo. Tapé fuerte los oídos y evité tropezarlo en lo sucesivo. Con los días empecé a pasar muchas horas con mi muñeca Aytana. Abrazada a su cuerpo miraba y volvía a mirar su pelo de melcocha, su piel de canela, sus ojos de mar, su traje de reina, su corona de sol y los zapatos de espuma, todo en el intento por hallar el consuelo. Puse mis deseos de volver a ver a mi abuelo en función, recordando sus palabras: para alcanzar algo además de ir tras él, debes desearlo con fuerza, pero ni así pude traerlo de vuelta. Al regresar de la escuela jugaba encerrada en el cuarto con mi muñeca y le compartía mis alimentos. En fin, Aytana sustituyó la presencia de mi abuelo. Solo ella sabía si había vuelto, o no, a comerme toda la comida, si me cepillaba los dientes, si tenía bonitos sueños o si sentía miedo, porque una noche decidí dejarle cartas sobre su traje de reina y recibía cada mañana una respuesta y las cartas me hacían muy feliz. Habían pasado los días y ya no precisaba de la compañía de mi madre en las madrugadas, solo entraba a la habitación, me arropaba, daba las buenas noches y luego de dejarme dormida se iba. Sin embargo nunca más cerré la ventana.

Un día permanecí despierta un poco más de lo acostumbrado. Sentí un sobresalto cuando vi a mi madre por segunda vez empujar la puerta y en puntillas llegar a la cama. Apreté los ojos. Me dio un beso en la frente, descorrió las sábanas y dejó un papel, la anhelada carta, su contenido era el siguiente:

_ Me complace saberte una niña inteligente y sensible, es por eso que quiero pedirte que nunca dejes de soñar, ni pierdas tu inocencia. Que aunque la vida continúe arrebatándote sentimientos; seas fuerte y tierna a la vez.

Apagué la lámpara y me abracé a mi mejor amiga, la envolví en mi cobija, en la misma en que ahora acurruco a mi pequeña que duerme junto a nuestra muñeca. Les contemplo con agrado. Le doy un beso a ambas. Y sobre el traje de bailarina de Aytana coloco la primera carta para mi pequeña Sofía.