"Camino al cielo", Gavilán Triste

07.05.2013 23:19

Se murió la señora, rica, elegante, devocionaria y muy considerada en su círculo social. Llegó a una parte hermosa, donde la brisa traía trinos de aves y salmos de cascadas, era como un bosque de maravillas. En medio del sendero estaba, cuando de entre la bruma blanca y azulosa, apareció un noble señor de luengas barbas y cabellera blanca, se trata de San Pedro.

 

San Pedro (Con la mano en la barba) __ ¿Quién es usted mi estimada señora?

 

La señora: Soy doña Isabel María, la de Teusaquillo, así que abra el paso que voy a seguir.

 

(San Pedro la mira de pies a cabeza) Le dice…Este es el camino que lleva al cielo, con todo respeto, ¿por qué cree usted que merece entrar?

 

La señora: Porque hacía favores, porque pagaba mis impuestos, porque cancelaba el salario a mis trabajadores, porque pagaba los servicios públicos, porque eduqué a mis hijas, porque leía la biblia, porque daba buenos consejos, porque iba a misa y a las procesiones, porque fui la directora de Las Damas Grises y pertenecí a la Legión de María, porque ni maté, ni robé, ni calumnié prójimo alguno. Por eso creo haberme ganado el cielo.

 

San Pedro: Debe usted aguardar ahí en ese tablón

 

La seño: ¿Cómo? ¿Me va usted a poner a esperar?

 

San Pedro: ¿Acaso usted no lo hizo?

 

La señora: Nunca.

 

San Pedro: ¿Entonces por qué dice aquí que los trabajadores aguardaban hasta medio día en el corredor de su casa, hasta que usted se dignara pagarles el salario, y no obstante esto, apenas les daba la mitad? ¿Y que no contenta con ello, los hacía entrar por la puerta del patio?

 

La señora: Es que algunos mantenían el calzado sucio y mal olor en la ropa. Pero bueno, son pequeñeces frente a la bondad que habitó en mi corazón, el que nunca supo lo que fue la envidia.

 

San Pedro: ¿Dónde estudiaron sus dos únicas hijas?

 

La señora: En Madrid, España.

 

San Pedro: ¿Y no dice aquí que usted las mandó para allá, aun a costa del sufrimiento interno de su corazón, simplemente porque su hermano tenía los suyos en Miami?

 

La señora: Cierto, cierto, pero bueno, pequeñeces, pequeñeces, además fue una conducta no reiterativa.

 

San Pedro: Si fuera así, ¿por qué dice aquí que cada dos años exhibía usted un carro último modelo, nada más que para no verse rezagada por sus amistades?

 

La señora: Como le digo, pequeñeces, pequeñeces, frente a la bondad de mi corazón, el que no mató ni una mosca en la vida.

 

San Pedro: ¿No mató? Usted si mató.

 

La señora: ¡Nunca, jamás!

 

San Pedro: Aquí dice que mató y comió de los cadáveres.

 

La señora: Están equivocados, jamás yo hice eso en la vida, ese informe está errado, ¿caníbal yo?

 

San Pedro: ¿Entonces usted nunca comió cerdo, res, gallina, pavo, carnero, chivo, conejo o cordero?

 

La señora: Si, claro, muchísimas veces.

 

San Pedro: ¿Se los comía vivos?

 

La señora: No, obviamente debía matarlos.

 

San Pedro: Se da cuenta, su alma no está limpia, usted mataba seres vivos.

 

La señora: Corrijo, corrijo, yo los mandaba a sacrificar.

 

San Pedro: Peor, doble pecado, poner a los otros pecar por usted.

La señora: ¿Entonces qué debía comer, si hasta la hierba es un ser vivo?

 

-San Pedro (haciendo cuentas con los dedos): Ahí estaba el arroz, la cebada, el maíz, el frijol, la caraota, los guisantes, la arveja, la lenteja, pan, trigo, miel, y todo lo demás que sea el fruto, sin sacrificar el ser.

 

La señora: Pero si hasta el trigo, por ejemplo, toca sacrificar.

 

San Pedro: Es un ser vivo cuyo ciclo de vida llega hasta madurar el grano.

 

La señora meciendo su mano derecha: Bueno, bueno, pura nimiedad frente a la bondad que anidó en mi corazón, el que siempre fue justo, imparcial, equitativo y honrado.

 

San Pedro apuntándole con el índice derecho: ¿Está segura?

 

La señora: Completamente.

 

San Pedro Pasa la hoja del libro y lee: Dice aquí que usted botó a la señora del aseo porque se le robó una cadena sumamente costosa. No importó que llevara años trabajando con usted. Ni bastó con calumniarle, sino que se la descontó, se cobró daños, prejuicios y abuso de confianza, negándole las prestaciones.

 

La señora: Pero la volví a llamar, le di la oportunidad de seguir acumulando nuevas prestaciones.

 

San Pedro (con mirada pícara): Qué argucia. ¿Por qué se lo calló cuando descubrió que ella no había sido? ¿Por qué no le dijo que fue su hija que se las llevó para España, como ella misma se lo confesó?

 

La señora: No podía, ya que se trataba de una lección moralizante, la que la apartaría de toda tentación.

 

San Pedro: Sigue la argucia.

 

La señora: Bueno, bueno, eso son nimiedades frente a la bondad de mi corazón que siempre pagó lo justo sin artimaña alguna.

 

Con gesto de alarma San Pedro le dice: ¿Verdad?

 

La señora animada, contesta: Claro, no debe usted dudarlo.

 

San Pedro (fija la mirada en el libro): ¿Entonces por qué dice aquí que tenía la luz de contrabando?

 

La señora: ¡Ah, pero yo no lo hice, ni lo propuse!

 

San Pedro con ánimo de “comprensivo”: Es verdad, dice aquí que el trabajador se lo propuso a cambio de que usted le recomendara a su hija con el concejal Ramiro para que se la nombrara en la oficina de las Empresas Varias. ¿Tuvo usted finca?

 

La señora le corrige: Finca no, hacienda.

 

San Pedro sonríe: Sin embargo aparece aquí que siempre pagó los impuestos cómo una simple parcela.

 

La señora (medita unos segundos y responde): Está bien, está bien. Pero esto es nimiedad frente a la bondad que amparó mi corazón, el que siempre fue manso y preocupado por los vecinos.

 

San Pedro: ¿Cómo se llaman los vecinos que viven después de su casa, más allá de la esquina?

 

La señora: ¿Los de la verja azul?

 

San Pedro: Si, sí, esos.

 

La señora: La verdad que con esos…, muy poco.

 

San Pedro: Se les está muriendo el hijo menor de leucemia.

 

 

La señora: Eso supe, pero ya le dije, con ellos de poquito, creo que son malos clientes porque creo que usan dinero caliente.

 

San Pedro: Ya ve, lo dice aquí, algunas eran de sus afectos, las otras ni mucha, ni poca, y las demás, de lejos, lejitos. Y lo que es peor, siempre en la iglesia cambió usted de puesto cada vez que un humilde se sentó a su lado; con la sonrisita en los labios, es que aquí me pega mucho el abanico, o es que aquí no me pega el ventilador.

 

La señora: Puras nimiedades frente a la bondad de mi corazón que siempre dio limosnas y regalos a los demás.

 

San Pedro: Aquí dice que daba limosna en la iglesia, eso es verdad, pero cuando llegaba a casa le negaba el precio justo al vendedor, al trabajador, o al obrero. También dice aquí que regalaba camisas, trajes, pantalones; pero todas estas prendas ya estaban usadas.

 

La señora: Pero las regalaba.

 

Dan Pedro: Claro que sí, ¿acaso le servían de algo?

 

La señora: Pude haberlas tirado a la basura, no obstante las daba a los pobres.

 

San Pedro (casi airado): Hubiera sido preferible, que engañar el corazón de esa humilde gente, las que se sentían que ya le debían algo, y por ese hecho le barrían el patio, le botaban la basura, le hacían el mandado en el mercado, o le rebajaban el precio en los productos del campo.

 

La señora (con un poco de fastidio): ¿Entonces lo bueno sería que me quedara pidiendo después de tener?

 

San Pedro: Lo que pasa es que regalaba usted lo que ya no le servía, pidiendo en oración que Dios le prodigara en abundancia ¿A caso Dios algún día le dio lo que ya no le servía?

 

La señora levanta los brazos al cielo y exclama: ¡Caramba, por lo que veo, el camino al cielo es más difícil de alcanzar, de lo que imaginaba!

 

Y se sentó a esperar.