"Camino al Cielo", David Slayers

01.09.2013 19:59

—Pues no era ese…

—¡Pues claro que no era ese!

Jesús nunca había visto a su madre tan enfadada. Aunque tampoco había visto su casa desde más de 300 metros de altura y allí que estaban: Volando. O más bien el término correcto sería flotando, como bien indicó el padre de Jesús tratando de mediar en una situación que necesitaba más solución que mediación.

—¡Tú no te pongas de parte del crío! —le gritó la madre tirándose de los pelos— ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Yo me encargaré de eso en un momento señora —dijo una voz celestial.

O más bien diríase angelical puesto que al segundo apareció a su lado un ángel de esos que habían visto en las vidrieras de la iglesia a la que obligaban a ir a Jesús todos los domingos.

—¿La familia Pereyra, verdad? —les preguntó casi con tintes de afirmación.

Todos asintieron al unísono en mitad de lo anonadados que se encontraban. El ángel entonces les hizo un gesto para que se le acercaran y pare, madre e hijo lo hicieron. Pero cuando Jesús iba a colocarse al lado del enviado divino este le hizo un gesto con la mano.

—Lo siento chico. No puedo llevar a tanta gente a la vez. ¿Te importaría quedarte un segundo aquí?

No hubo mucha réplica pues la contundencia de la voz del ángel no la permitía. Cinco minutos estuvo Jesús mirando a todos lados menos hacia abajo; donde su casa seguía ardiendo de manera escandalosa.

—¿Jesús Pereyra? — dijo de pronto una voz muy distinta a la del ángel.

—Esto… sí, soy yo —aunque no tenía muy claro que ya lo fuera porque estaba claramente muerto.

Al decir aquello el escenario cambió ante sus ojos y se vio de vuelta en su salón. Un salón que era presa de las llamas y donde corrían a cámara muy lenta dos bomberos tratando de apagar las llamas. Todo parecía irreal y congelado en el tiempo de tan despacio se movían. Bueno, no todo. Había un personaje muy real ante él.

—Hay Dios mío… —se le escapó a un Jesús presa del miedo.

—¿Te importaría mucho no mencionarlo en mi presencia? —repuso el ser que tenía ante sí el niño.

Claramente Jesús entendió el motivo de aquella petición. Al Diablo no le gustaba que le mencionaran al que había sido su padre y ahora su mayor enemigo. Cuernos, ojos tan rojos que parecían estar a punto de estallar en llamas y piel rojiza le delataban como tal.

—¿Eres el Diablo, verdad? —preguntó Jesús a punto de comprobar si los muertos podían cagarse de miedo.

—¿No creerás que me gusta aparecerme ante todo el mundo de esta guisa, verdad?

El Diablo entonces sacó una lista, se puso unas diminutas lentes y miró al niño por encima del papel.

—¿Eres Jesús…? —se interrumpió un segundo el Diablo al leer ese nombre y musitó por lo bajo “tiene guasa la cosa” — ¿Jesús Pereyra?

—Sí, pero…

—Aquí los peros los hago yo jovencito. ¿Eres el Jesús Pereyra que ha quemado esta casa?

—Yo no la he quemado.

—Bueno… algo has tenido que ver. ¿No te ha dicho tu madre que no enchufaras la videoconsola en el enchufe viejo?

—Sí.

—Y tú la has enchufado.

—¡Pero yo no sabía que se iba a incendiar la casa!

Entonces el Diablo abrió la boca pero de sus labios no salió aquella voz profunda y atemorizadora, sino las palabras exactas de su madre.

—“¡No enchufes nada ahí que un día vamos a salir ardiendo!”

Y asía había sido. Jesús sólo quería cargar su Game Boy para poder seguir jugando y ahora se preguntaba si tendrían videojuegos en el cielo. Porque, extrañamente todavía esperaba acabar allí.

—Así pues me temo que tal desobediencia, junto con causar la muerte de tus padres y herir de gravedad a esos dos bomberos —se le acercó el demonio para susurrarle al oído —.Me ha dicho un pajarito que se les va a caer una viga encima. Yo te declaro…

—¡Espera! —gritó el niño de puro miedo. —No me puede juzgar porque me ha dicho el ángel que iba a venir a por mí.

—Lo mismo me dijeron a mí una vez y mírame donde he acabado. Señor del infierno y proveedor de tormentos infinitos. Pero tú no te preocupes chaval, que al fin y al cabo la eternidad se pasa en un momento. Obviamente no vas a ver más a tus padres ni a ningún ser querido pero te aseguro que las torturas y el sufrimiento no te van a dejar tiempo a pensar en ellos —le tendió una mano al chico. —Ahora venga, que tengo prisa. Hay una niña a la que le encanta jugar con petardos y no tiene mucho ojo con lo que duran las mechas.

Entonces Jesús rompió a llorar. Lloró desconsolado comprendiendo por fin que estaba perdido. Que toda su vida se había acabado y su eternidad estaba condenada. Mientras las lágrimas le llenaban los ojos esperó a que el Diablo se riese de él, pero en cambio no escuchó nada. En su lugar sintió un abrazo cálido y conocido. El abrazo de una madre que acude a salvar y confortar a un hijo. Jesús abrió los ojos y estaba en un lugar muy blanco y pacífico, rodeado por su madre y su padre. A su lado el ángel sonreía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó entre sollozos Jesús.

—Es un pequeño acuerdo que tenemos con el de abajo. En el cielo no se permiten los castigos, pero antes de entrar hay alguien que tenía que aprender una lección.

No hubo enfado ni rabia. Jesús sintió una alegría inmensa de verse librado del infierno y de haber aprendido una lección. Por las malas, pero por desgracia aquella había sido su forma. Por suerte en el cielo ya no habría sufrimiento, aunque esperaba que si que hubiese al menos una Game Boy.