"Buenas noches, Anna", Nereida

01.09.2013 19:58

Nota de L. Doyrens:

Este relato está en el blog de la autora y sobrepasa un tanto el número máximo de palabras, pero lo he aceptado debido a que ha sido hablado previamente y no presentado sin más, de hecho, NEREIDA iba a ser simple invitada de honor, pero prefiero brindarle la oportunidad de participar como el resto.

Laurey

 

***

 

Ella bailaba en círculo junto con una multitud de duendes, todos vestidos con prendas de color verde. La sinfonía de las sirenas era alegre y todo el mundo parecía rebosar de felicidad, tanto por dentro como por fuera.

Los duendes, bajitos y de nariz y orejas puntiagudas, llevaban sombreros en forma de cucurucho. En cuanto a las sirenas, tenían una expresión dulce en sus rostros y la parte inferior de sus troncos, cubierta de escamas, acababa en una cola de pez también de color verde. Y, a su lado, una ninfa con una falda de color marfil de un encanto innegable.

Anya era feliz en este mundillo repleto de fantásticas criaturas y se autoconvenció de que allí permanecería para siempre.

Bailaba y bailaba sin cesar, siguiendo el ritmo de sus camaradas en aquel infinito círculo de risas, cuando, de repente, un terremoto rompió toda las cadencias: las sirenas, los duendes, todos, corrían asustados. Anya no entendía lo que estaba ocurriendo. Se precipitó hacia un árbol para agarrarse fuerte a él y no perder el equilibrio, tal como lo hacían los demás y cuando el terremoto cesó comenzó la lluvia.

¡¡¡RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!!!

Anya emitió un agudo gemido tras golpearse la cabeza contra un estante situado justo encima de la cama. Abrió los ojos lentamente hasta que pudo ver con claridad, pero la imagen que poco a poco se dibujaba en su campo visual la desagradó: su cuarto. ¿Acaso aquel ridículo despertador no la podía dejar soñar un poquito más? Se estiró como un gato para desperezarse.

- Menudo subidón. -Dijo bajito, todavía enfurruñada por su aparato de agujas y rings.

Se levantó de la cama y cuando tuvo las zapatillas puestas se dirigió hacia la cocina con paso lento y desganado. Como todos los días, tardó diez minutos en tomarse un tazón de cereales con copos de chocolate y leche. Acto seguido se apresuró para alcanzar su mochila y cruzar la puerta. Antes de poder cerrarla su madre le gritó y ella se paró en seco para después darse la vuelta.

- ¿De verdad tienes pensado ir al instituto en pijama, cielo? -Le preguntó su madre.

No se molestó en contestarle, levantó la mirada al cielo y fue a vestirse a toda prisa. Una vez lista fue corriendo hasta la parada de autobús. Entonces se dio cuenta de que, en realidad era el primer día que llegaba puntual. Subió cuando éste llegó, marcando así el comienzo de su rutinario día de instituto.

Por fin de vuelta a casa y ya de noche, hizo lo mismo que por la mañana pero en orden inverso: dejó la mochila en el suelo, se quitó los zapatos y se tumbó en la cama; cansada. Enseguida le llegó una imagen a la cabeza y, a pesar de que su sueño terminara de manera desagradable, lo recordó perfectamente: veía, tras sus párpados, el ritual de la danza de los duendes junto con la sinfonía imaginaria de las sirenas. Mientras soñaba despierta, su madre la interrumpió ordenándole que bajara a cenar, pero Anya no tenía hambre, con lo que se negó a acudir a la llamada.

Se acercó a la ventana entreabierta de su habitación, cuya vista daba a un hermoso parque que había ubicado en frente de su casa. Se dedicó a observar cada detalle de éste, incluyendo cada flor, cada árbol, cada metro cuadrado de césped...

- Pero, ¿qué demonios es...? -Se preguntó quedándose perfleja- ¿¡¡Un hada!!?

No se lo podía creer. Se frotó los ojos con la yema de sus dedos y los volvió a abrir, pero seguía presente el misterioso ser tan pequeño que súbitamente se había intermediado entre el parque y su ventana. Retrocedió unos pasos comprobando que no estuviera teniendo ninguna extraña alucinación inhabitual y se acercó de nuevo para observarla más detenidamente al comprobar que no era el caso.

La pequeña criatura del tamaño de un dedo índice miraba a Anya confundida, aunque parecía asimilar mejor la situación que ella. Unos segundos pasaron y el hadita le sonrió. Anya se sintió casi obligada a devolverle el gesto, pues la imitó. Tenía dos alas transparentes, tal como las tenían las libélulas, y vibraban sin producir sonido alguno. Vestía con una túnica corta de color marfil, igual que...

Tenía el pelo corto de un inteso azúl y un enorme flequillo que le caía en mitad de cara. A Anya le parecía bastante bonita, pero no sabía cómo reaccionar ante una aparición como ésta, así que decidió probar a decirle algo.

- ¡Hola! -La saludó con un entusiasmo poco disimulado.

El hada estornudó delicadamente. El estornudo la pilló desprevenida y acabó en una dulce risita. A Anya le hizo gracia y se unió a ella. Rieron juntas, tímidas y avergonzadas, pero no cesaron hasta que pasaron varios segundos. Volvieron a observarse atentas, pero ninguna dijo nada hasta que el hadita decidió hablar primero.

- Buenas noches, Anya. -Le respondió tarde.

- ¿Cómo sabes mi nombre? -Preguntó Anya un tanto sorprendida.

- Tú querías quedarte con nosotros, ¿no es así? Tú pediste seguir con nosotros, pues aquí estoy, contigo, para hacerte compañía el tiempo que quieras y necesites. -Aclaró el pequeño ser.

- ¿Qué? -No sabía qué responder. No estaba segura de comprender del todo la situación en la que se hallaba envuelta.

Definitivamente creyó haber perdido la cabeza y a ratos le daba incluso por preguntarse si no estaría soñando todavía. El hada esperó el tiempo necesario para que Anya recordara a qué se refería y ésta enseguida pensó en su agradable sueño de la noche anterior, con los duendes, la ninfa. Por poco se le olvidan las sirenas también. Y al dibujarse una sonrisa en su rostro, el hada no perdió tiempo para volver a tomar la palabra.

- Ya veo que te vas acordando. Soy la ninfa con la que bailabas, ¿recuerdas? -Añadió.

- Sí, sí. Por supuesto, pero...

- Vamos, acuéstate que se está haciendo tarde. -La interrumpió impidiéndole pensar.

- Está bien. -La obedeció prontamente Anna.

Anya se dirigió hacia su cama, que tanto había echado en falta durante sus horas de clase, y se deslizó bajo las sábanas. La ninfa la siguió volando por los aires.

- Debes de estar cansada. Ahora duerme que mañana seguiré aquí en tu ventana cuando vuelvas del instituto.

- ¿De veras? ¿Te quedarás conmigo mañana? -La interrogó para asegurarse.

- Y pasado. Buenas noches, Anya. -Y le dedicó una última sonrisa antes de que ella dejara caer sus párpados hasta cerrársele los ojos por completo.

Repentinamente volvió a encontrarse bailando en un inmenso bosque, rodeada de duendes y cogida de la mano de la ninfa. Las sirenas cantaban y todos bailaban. Incluso los colibríes y el resto de las aves. Miró a su compañera más próxima, la ninfa, y recordó una cosa que quería preguntarle.

- ¿Cómo te llamabas?

- Me llamo Nereida, Anya.

Pero justo después de obtener su respuesta ocurrió algo que ya no la pilló por sorpresa. El terremoto de la noche pasada volvió a hacer temblar el suelo. Se precipitó hacia un árbol para agarrarse fuerte a él y no perder el equilibrio, tal como lo hacían los demás. Y cuando el terremoto cesó... comenzó la lluvia.

¡¡¡RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!!!

- ¡¡Arggg!! -Gruñó con los ojos todavía cerrados- ¡Maldita sea! -Le gritó a su inocente despertador.

Calló un instante tratando de detectar una ausente presencia.

- ¿Nereida?