"Bichos", RAUMAT

16.09.2013 16:55

La mosca se estaba jugando su miserable vida. Era la tercera vez que me molestaba. Primero se había posado sobre mi pantorrilla; después, en el brazo diestro; y, ahora, acababa de cambiar de brazo. En las tres ocasiones me había producido ese típico y desagradable cosquilleo. Normalmente, a la tercera vez no aguanto más y me la cargo. Pero hoy me sentía generoso y decidí concederle una oportunidad más. No la aprovechó. Contemplé impasible cómo sobrevolaba mis piernas y acababa aterrizando sobre el muslo. Había llegado su hora. Tras muchos años de práctica en la caza de moscas, puedo afirmar que he llegado a conseguir una maestría admirable - modesto, que es uno-. Acerqué mi mano derecha lentamente, hasta que quedó a unos quince centímetros del insecto y, con un movimiento rapidísimo, rozando la superficie del muslo, catapulté la mano hacia adelante, como si se tratara de la mortal lengua de un camaleón. Aunque, en general, uno no nota la presencia del insecto en su mano cerrada, la asidua práctica de la captura de la presa hace aventurar -con un altísimo porcentaje de acierto- el éxito o el fracaso de la tentativa. No fallé: la mosca estaba atrapada en mi mano. Me dirigí hacia una pared y, un par de metros antes de llegar a ella, lancé con fuerte impulso el contenido de la mano contra la dura superficie. El movimiento tiene que ser violento, ya que de lo contrario la mosca puede vencer la fuerza que la proyecta y remontar el vuelo. Normalmente, el impacto no causa la muerte del díptero, sino que lo deja malherido, en el suelo, incapaz de volver a volar. Uno tiene que decidir entonces entre rematar el bicho definitivamente o abandonarle a su suerte. En esta ocasión, elegí la segunda posibilidad, y me enfrasqué de nuevo en la lectura de la revista que había dejado sobre la mesa momentos antes, mientras realizaba la caza.

Unos minutos después bajé la vista al suelo. Había entrado en escena un nuevo personaje: una hormiga. Ambos insectos mantenían una lucha encarnizada. La mosca, vivita y coleando, pero imposibilitada para elevarse en el aire, intentaba evitar que la feroz hormiga la atenazara con sus potentes mandíbulas. No lo consiguió. La hormiga logró asestar el decisivo mordisco, que hizo que la pugna se decantara de su lado, y comenzó a arrastrar a la mosca. Las fuerzas de ésta iban decreciendo por momentos. Al principio, a la hormiga le costaba un gran esfuerzo mover a su presa siquiera un centímetro, pero el tiempo corría en favor del presunto vencedor, y las pocas energías que le quedaban a la víctima no podían impedir que fuera acarreada por el suelo cada vez con mayor rapidez. Pese a ello, tardaron muchos minutos cazador y presa en recorrer los cinco o seis metros que separaban el punto donde se había iniciado la lucha de un montón de ladrillos, cerca del cual se encontraba presumiblemente el hormiguero donde iba a tener lugar el desenlace del trágico suceso. Salvó la hormiga con su carga el primer ladrillo y ambos insectos cayeron de nuevo a la arena. Entonces la hormiga pareció dudar. No se decidía a continuar su camino en una dirección determinada. Había perdido momentáneamente el sentido de la orientación necesario para regresar a su guarida. Transcurridos unos segundos de suspense, volvió sobre sus pasos e intentó ascender por la cara opuesta del ladrillo que anteriormente había franqueado. Esta vez le costó más. Las tres primeras intentonas fueron fallidas: cuando estaba a punto de coronar la casi lisa superficie del ladrillo, un paso en falso o una repentina reacción de la mosca le hacía caer al suelo. Por fin, en la cuarta ascensión, logró sus propósitos. Recorrió el canto del ladrillo y puso rumbo a un agujero que se encontraba a pocos centímetros de ella. Presumí que vencedor y vencido estaban ya decididos.

Y, sin embargo, me equivoqué. Por el agujero del ladrillo asomó súbitamente la cabeza de una

lagartija y se zampó a los dos.