"Banshee", Ramón Gutiérrez Seoane

27.08.2013 12:40

Aquel día Carlitos y sus amigos, cosa rara, no tenían ganas de jugar al fútbol. Pronto comenzarían los partidos del torneo para los alumnos de cuarto curso. Tenían todas sus esperanzas puestas en ello. Si ganaban, el profesor de educación física los llevaría a ver un partido de fútbol de Primera División en el estadio de la ciudad. Los chicos se comían las uñas pensándolo. Deambulaban y se miraban unos a otros sin hablar.

—Ayer mi abuelo me contó una historia —dijo Carlitos de pronto. Todos se juntaron a su alrededor—. ¿Queréis oírla?

Los demás asintieron y él, sentándose junto a una columna y adoptando un aire solemne, comenzó.

—¿Sabéis lo que es una banshee? —comenzó. Ninguno de sus amigos lo sabía. Carlitos hizo una pausa teatral y el resto se impacientó un poco.

—Cuando mi abuelo tenía quince años, sus padres lo enviaron a Irlanda durante un mes en verano, a aprender inglés.

—¿Y eso que tiene que ver con lo que preguntaste? —interrumpió uno de los chicos.

—Todo a su tiempo —le contestó Carlitos—. Todo a su tiempo. Supongo que sabéis que Irlanda es un país de mitos y leyendas.

Miró por turnos a todos. Ninguno lo sabía. Lo observaban expectantes esperando que continuara.

—Anoche mi abuelo me contó que, durante el tiempo que pasó en la isla, en uno de los viajes, fueron a visitar un castillo en ruinas que estaba en lo alto de una colina —dijo. Las bocas de los otros chicos se abrían con desconcierto. Carlos prosiguió—. Mi abuelo casi se pierde intentando explorar uno de los sótanos del castillo. Estaban oscuros como boca de lobo. Por suerte, consiguió salir. Eso sí, recibió un buen regaño por haberse separado del grupo.

Ninguno de los amigos de Carlitos se atrevía a pestañear; mucho menos a interrumpirlo, aunque no veían la relación entre todo aquello y la misteriosa palabra pronunciada unos minutos antes.

—Aquí viene lo bueno, chicos. Mi abuelo me dijo que, mientras recorría los tenebrosos subterráneos…, ¡se le apareció la banshee! Por eso os he preguntado antes si sabíais qué era. —Carlitos tenía a sus amigos en ascuas—. Enseguida os lo explico. Irlanda es un país celta. Eso quiere decir que tiene una mitología muy rica en seres fantásticos, como el duende travieso, o leprechaun, y la propia hada banshee. Todo esto me lo contó mi abuelo. Él me dijo también que una de estas hadas se le apareció en los sótanos en ruinas del castillo.

—Sí, claro, hombre. Y yo voy y me lo creo —se burló uno de los amigos. Tal vez el relato de Carlitos era demasiado fantástico—. ¡Todo esto es un cuento, hombre! —exclamó, por fin.

—Cállate y escucha —le regañó su amiguito—. No tienes ni idea de lo que hablas. El hada le anunció a mi abuelo que su propia abuela, mi tatarabuela, iba a dejarlos pronto. Cuando el regresó de Irlanda, su abuela había muerto ya —relató Carlitos, con gesto compungido. El otro niño lo miró entristecido.

—Lo siento. Yo no sabía…

—No importa. Ya verás. —Carlos le quitó importancia al asunto—. Lo mejor es que mi abuelo me dijo que, desde aquel momento, su abuela, que en vida lo había querido mucho y le había cuidado durante largo tiempo, ha estado a su lado siempre. Mi abuelo dice que las hadas banshees, aunque portan mensajes tristes, de muerte, son en realidad personas de paz que nos ayudan a comunicarnos con el otro lado, con el lado de los muertos. Mi abuelo me dijo que no debemos tener miedo de las leyendas ni de los espíritus y que las hadas están aquí para enseñarnos eso. Claro, si es que lo queremos ver —concluyó, muy serio, mirando al niño que no quería creer su historia. El otro guardaba silencio.

—Mi abuela se murió el año pasado y yo me quedé muy triste —terció otro amiguito—. Ella me quería mucho y siempre me compraba dulces. La echo mucho de menos.

—Es posible, según mi abuelo, que ella te esté mirando en este momento —le dijo Carlitos—. Si pudieras verla, serías capaz también de ver al hada banshee — sentenció sin que nadie se atreviera a discutirlo.

—Pero, ¿esas hadas no viven solamente en Irlanda? —preguntó alguien más.

—No, hombre, claro que no. Allí es donde se aparecen normalmente. Aquí, en España, toman otras formas, otros nombres —explicó Carlitos—. Esto también me lo contó mi abuelo.

—Sí, Ramiro, el galleguito, estaba el otro día hablando de la Santa Compaña —añadió alguien—. Debe ser algo parecido.

—Así es. El mundo del otro lado, el mundo de los muertos, no tiene países. Ni tampoco tiene idioma. Ellos siempre nos hablan de forma que podamos entenderlos. Claro —intervino de nuevo Carlos—, si es que tenemos el don de verlos y escucharlos.

—¿Tú lo tienes, Carlitos? —quiso saber otro chaval, algo más bajito que los demás, que hablaba con un hilillo de voz apenas.

—Yo creo que sí —afirmó el aludido, despertando un coro de exclamaciones de admiración—. Ved, si no. Anoche, mi tatarabuela me dijo que ganaremos el campeonato de fútbol. Me dijo que solamente tenemos que creer en ello y lo lograremos. ¡Ved, si no!

Justo en aquel momento sonó el timbre que anunciaba la hora de volver a las aulas y los chicos se apresuraron a formar las filas. De repente, todos parecían estar convencidos de que ganarían.

Y así sucedió, unas semanas después, lograron el campeonato y con ello las entradas para el partido. Ya en casa, de regreso, después del último partido, su abuelo felicitó a Carlitos por el triunfo.

—Estabas muy seguro de que ganaríais, ¿no es así? —preguntó el abuelo, sonriendo.

—Sí, abuelo. Sabía que íbamos a ganar —le respondió el chico. Su abuelo no dijo más. No en vano conocía bien que las hadas banshee siempre se aparecen por algún motivo.