"Atrapados en el tiempo"

30.07.2014 11:32

ATRAPADOS EN EL TIEMPO

—No tengo la menor duda, ella es la asesina — concluyó el inspector, tras varios meses de estudiar las pistas.

La señora Órrellis se había casado tres veces a pesar de que permanecía casi inmóvil en un viejo sillón. Afirmaban que sufría de una artritis generalizada y que por ello sus esposos la abandonaban pero, el inspector estaba casi seguro de que ella ocultaba algo.

La señora no emitía palabra alguna, cada músculo de su rostro se movía lentamente y de ves en cuando le asaltaba algo así como una sonrisa pícara que solo dejaba escapar frente al inspector que, siempre la observaba desconcertado.

Nada parecía importarle, solo un viejo reloj de arena, del cual siempre estaba muy pendiente.

El inspector estudió sus movimientos, cada hora, casi con magistral exactitud la señora Órrellis volteaba el reloj de arena, incluso de madrugada.

A pesar de los constantes registros, dentro y fuera de la casa, nada indicaba que ella fuera la responsable de la desaparición de sus tres esposos. Varios policías ya aseguraban su inocencia y murmuraban sobre la salud mental del inspector ya que gran parte de su tiempo lo dedicaba a vigilarla.

Una noche, como tantas otras, el inspector invadió la casa de la sospechosa. Tras no encontrar nada que favoreciera sus dudas, enojado, golpeó fuertemente el piso y descubrió que el sonido que produjeron sus golpes, semejaban un sonido hueco.

Al fin, una sonrisa iluminó el rostro del inspector y antes de marcharse hizo gestos ante la anciana en señal de triunfo. Llamó a toda la policía y efectivamente, descubrieron un sótano. Allí encontraron un horno, que según el inspector, por su tamaño pudo haberse utilizado para quemar a una persona y haberla reducido a cenizas.

Tras varios días de suposiciones por parte del inspector y ninguna prueba concluyente, el departamento de la policía cerró el caso. También, emitió una orden contra el inspector donde se le prohibía volver a molestar a la señora Órrellis que, además de sus impedimentos físicos y conducta intachable, no se le había comprobado nada. También debía pedirle disculpas y prometerle que jamás sería molestada.

Esa tarde, aún convencido de la culpabilidad de la señora, el inspector cumplió con el correctivo impuesto por el departamento policial y tras despedirse de la señora, esta lanzó la misma sonrisa y, como siempre, centró su mirada en el viejo reloj de arena.