"Arresto", Hank Scott

27.01.2014 10:03

Bien, pues el caso es que hacía un día estupendo y decidí salir a dar un paseo. En cuanto planté el pie en la calle me estiré con naturalidad y las vértebras de mi espalda sonaron plácidamente con el mismo estrépito que los nudillos de una mano. Una viejecita que pasaba por mi lado dijo sin mirarme:

– Esta juventud maleducada...

– Perdone, señora – dije –. Es que padezco de la espalda y...

– No se moleste en disculparse que llevo el sonotone apagado – dijo sin volverse siquiera.

– Bueno, que tenga un buen día.

– Cómprese un buen colchón y no sea pelota – contestó, y agitó la mano en el aire como espantando una mosca. Me encogí de hombros.

   Me puse en camino hacia “La cabra que berrea”, me apetecía una cervecita. El semáforo se puso en rojo y me detuve frente al paso de cebra. Entonces se me acercó un tipo. Se le veía bastante azorado, con prisa. Era alto y moreno, y un poco gordito (esto lo digo con cariño, porque estoy convencido que las sillas, las camas o cualquier otro tipo de mobiliario salen por piernas en cuanto presienten que van a tener que soportar su peso). Se me quedó mirando, los ojos como platos. Le caían por la cara un gotas de sudor como cubatas que secaba con un pañuelo de lunares rojos, verdes y amarillos, mientras se esforzaba por calmarse y tomar un poco de aire. Finalmente me habló.

– Disculpe, joven... por favor, dígame que no son las dos...

   Miré la hora en mi nuevo y flamante reloj (un regalo de la marca de cereales que consumo habitualmente).

– Pues no va a poder ser, son las dos.

– No me diga eso... – me rogó con los ojos muy abiertos y el tono de voz muy afectado.

– Sí, sí que se lo digo. Son las dos – dije con toda la naturalidad del mundo.

– ¡NO! – contestó, llevándose el dorso de la mano a la frente.

– Sí, no insista, son las dos, lo quiera usted o no. De todas formas, si se va a quedar más tranquilo, le puedo decir que son las tres... o la una... bueno, la una son en las Islas Canarias. Y también en Portugal.

– No, no puede ser verdad – dijo negando con la cabeza. El tipo se había quedado más hundido que el Titánic. Me dio pena.

– Venga, anímese hombre – dije con la mejor de mis intenciones –. Que sean las dos no es el fin del mundo – Y con una de mis mejores sonrisas le di una palmada en la espalda. El tipo cayó fulminado. Di un respingo – Pero si no le he dado tan fuerte – le dije a nadie.

   Un conductor que estaba parado en el semáforo y vio la escena se bajó del coche.

– ¿Qué ha pasado?

– No sé – contesté asombrado –. Le he dado una palmadita en la espalda y se ha ido al suelo.

– ¿Se encuentra usted bien? – dijo el hombre dándole unas pataditas en un costado como si pudiera tener algún tipo de enfermedad contagiosa –. No reacciona. Anda, ayúdame a levantarlo.

– Que va, no me apetece provocarme una hernia de disco.

– Venga coño, no me seas pusilánime – dijo animoso.

– ¿No sería mejor llamar al telegrúa?

   Después de bregar con él durante unos minutos y tras un enorme esfuerzo (a los dos se nos escaparon un par de pedos pero ninguno dijo nada al respecto) lo más que conseguimos fue darle la vuelta.

– Parece como si se hubiera desmayado – dijo el conductor, pasándose la mano por la frente.

– ¿Desmayado? – dije incrédulo –. A ver, sólo hay tres posibilidades para caerse inconsciente en mitad de una calle: dormirse, desmayarse o morirse. La primera la descartamos porque roncar no ronca. Y para distinguir la segunda de la tercera lo único que hay que hacer es comprobar si respira. Y yo, desde aquí, y no soy un especialista, creo que si respira lo disimula muy bien.

– No – sentenció con expresión de erudito en la materia –, muerto no está. A un muerto se le distingue a la legua.

   En ese momento un pájaro enorme se posó en el tejado de la casa de enfrente. Era una cigüeña. Al no tratarse de un buitre la posibilidad de que estuviera muerto se reducía a un cincuenta por ciento. Me quedé más tranquilo. Pero para quedarme tranquilo del todo me arrodillé y le cogí la muñeca

– Pero, ¿qué coño estás haciendo? – dijo azorado el tipo del coche –. Yo no quiero verlo, no quiero problemas –. Y entonces se dio la vuelta y se tapó los ojos.

– Que no quieres ver, ¿qué?

– Le estás robando el reloj...

– Le estoy tomando el pulso, estúpido – dije con firmeza, sintiéndome el héroe por llevar la iniciativa en la situación. A lo lejos, oí aullar una sirena – Bien... cómo te diría... las pulsaciones de este tipo son... ¿Vagas? ¿Escasas? ¿Inexistentes? ¿Se han pirado porque el tipo es un muermo? – dije soltando la muñeca.

   El tipo se me quedó mirando con la expresión de un niño que no entiende por qué dos por dos son cuatro. Luego se puso pálido y temí que se desmayara, más que nada porque lo tenía en frente y no me gusta nada que un hombre se me venga encima. En ese momento un coche de la policía se detuvo a nuestro lado.

– A ver, ¿qué coño pasa aquí? – dijo uno de los policías bajándose del coche. Se colocó la gorra como si tuviera un espejo delante.

– Nada – dijo mi acompañante –, que este tío se ha desmayado.

– Yo más bien diría que se ha muerto – dije flipando con la chulería del policía. Su compañero ni se bajó. No puedo asegurarlo, pero para mí que se estaba liando un porro.

– Y bien, ¿no han podido echarlo a un lado? Está obstaculizando el tráfico – dijo volviendo a ajustarse la gorra frente al espejo imaginario.

   Entonces me di cuenta que realmente se estaba mirando en el reflejo del escaparate de la tienda de zapatillas para agricultores que estaba a mi espalda. Miré a un lado y a otro, y en la calle no había más coche que el del tipo que estaba conmigo, así que no comprendía que tráfico podría obstaculizar. Imagino que estas frases las aprenden en la academia y las sueltan de forma automática.

– ¡Adolfo! ¡Deja eso que estás haciendo y avisa a una ambulancia! – le ordenó a su compañero con un tono de reprimenda.

   Tan distraído estaba en la suyo que Adolfo se sobresaltó. Se le cayó lo que tenía en las manos y se cagó en la puta con una mala hostia de campeonato. Jamás había escuchado unos tacos y unas blasfemias tan bien articuladas y gritadas con tal lluvia de esputos. Impresionante. Reparé en su bigotito con forma de onza de chocolate, y la cosa ya no me sorprendió tanto. Con ese nombre y ese bigote lo extraño hubiera sido que se comportara con los modales de un santo.

   De repente y sin venir a cuento al compañero le dio un barrunto y, sujetándose la gorra para que no se le cayera, le arreó al hombre que yacía en el suelo  un par de patadas de una intensidad tan salvaje que a estas alturas todavía no entiendo como no se le partió el pie

– Efectivamente, este tío está muerto – sentenció sacudiéndose de los hombros una caspa del todo inexistente. Entonces se sacó un peine del bolsillo trasero del pantalón, se peinó y se volvió a colocar la gorra –. Bien, y ahora, ¿quién me explica qué ha pasado aquí?

– Bueno, pues yo estaba aquí parado con el coche, el semáforo estaba en rojo, y he visto que este chico le daba una palmada en la espalda, y el tipo ha caído fulminado al suelo...

– Pues entonces está todo muy claro – dijo el policía masajeándose y sorbiéndose la nariz al mismo tiempo –. Un caso claro de asesinato a sangre fría con premeditación y alevosía...

– ¿CÓMO? Pero... qué gilipollez... – dije tan sorprendido que no sabía ni qué decir ni cómo explicarme.

   El policía se me quedó mirando de tal manera que no había la más mínima duda de que iba en serio.

– Pero, ¿usted es normal? Quiero decir... no se puede ser policía y decir una chorrada de ese tipo, yo pago mis impuestos... aunque en parte lo entiendo, a todos se nos puede ir la mano con las drogas... – dije inocentemente y con comprensión mirándole directamente a sus ojos colorados  y de aspecto inequívocamente enajenados.

– Muy bien, desacato a la autoridad. Se te va a caer el pelo majo – informó con una sonrisa Profident.

– Pero... no me lo puedo creer – añadí lacónicamente.

   El policía se estaba limando las uñas. Cuando terminó (sólo se dio un par de pases), se sacó un bote de gomina, se echó un chorro, lanzó la gorra al aire y en lo que tardó en recogerla con las manos se embadurnó el pelo. Después se la volvió a colocar como si las cosas hubieran vuelto a su sitio. Lo miré de soslayo. Aquello era surrealista. No pude evitar reaccionar con una risa forzada y nerviosa.

– Aaah, ja, ja, que me está tomando el pelo, soy tan crédulo...

   El policía alzó una ceja.

   Antes de que pudiera decir La Coruña, Lugo, Orense o Pontevedra, el tío me arrojó de bruces contra el coche, juntó mis muñecas en la espalda y me esposó.

– ¡Adolfo!

– ¿Sí?

– Saca la sierra eléctrica.

– ¿Pa qué? – dijo con voz de tres paquetes de Ducados diarios.

– Hay que cortarle la mano a este tío. El arma homicida hay que guardarla en una bolsa. Ya sabes, por conservar las huellas, y ya de paso inutilizarla… nunca se sabe con estos maníacos.

   No dije nada ni reaccioné de ninguna otra manera. Era como si la resignación me hubiera sedado. El conductor del coche, que había llegado de una manera tan jovial y cooperativa, se puso pálido y entró en estado de shock cuando vio al otro policía sacar la motosierra del maletero y ponerla en marcha. A continuación se desmayó. Lo miré con lástima. Lástima por mí mismo. Me acababa de quedar sin testigos y para colmo sin la única ayuda posible.

   Estaba pensando en como me iba a limpiar el culo de ahora en adelante cuando sentí como un pellizco en una de las muñecas. Mi mano derecha rebotó en el suelo y cayó entre mis pies. No sentí dolor, solo una especie de ligera quemazón. La observé y algo me llamó la atención en uno de los dedos.

   Vaya mierda, se me había roto una uña.