"Apología de Ludwing"

17.07.2014 11:58

Apología de Ludwig

Amadeus

 

Inocento despertó sobresaltado.

—¡No vayas a entrar!—gritó, y quiso abandonar la cama con un salto prácticamente inútil. No le quedó otra opción que arrastrarse hasta su extremo favorito: el más cercano a la pared. Por unos instantes quedó tranquilo, balanceando su cuerpo como una boya en altamar. Trataba de poner en orden sus ideas. Mientras lo hacía, sintió un nuevo toque en la puerta, muy leve, que terminó por apartarlo de su enajenación.

—Acaba de levantarte, Inocentico, o se te hará tarde.

Escuchó los pasos alejarse y miró el reloj con soberbia. Eran apenas las seis y treinta de modo que le quedaba más de una hora para vestirse, desayunar y partir hacia la retreta.

—¡Coño! ¡Qué temprano es!

Alcanzó la puerta con dos o tres pasos, los suficientes para hacer oscilar, como un péndulo, la grasa de su abdomen, y abrió con sigilo. No había nadie en el pasillo. Era muy probable que ya su madre estuviera en la cocina preparándole el desayuno. Cerró la puerta y fue hacia el closet empotrado en una de las paredes. De una gaveta sacó un calzoncillo blanco, veteado con manchas ocres en las zonas más recónditas, y lo tiró sobre la cama. Casi enseguida escogió un pantalón a cuadros y un pulóver azul que fueron a compartir su desdicha junto al tufo cáustico de las sábanas. Se sentó una vez más en el extremo del lecho, y esperó. Semanas atrás, Iván se lo había sugerido.

—Si lo haces cada mañana, tu vida dará un cambio sorprendente. Lo fundamental es que seas capaz de imaginártelos a todos muriendo frente a ti.

—¿Muriendo?—preguntó él, reticente.

—Sí, muriendo—le confirmó su amigo—. No importa si es de tuberculosis, de cáncer o de un tiro en la cabeza.

Inocento sonrió.

—¡De verdad, compadre! Eso me lo enseñó Ernesto y te puedo asegurar que da excelentes resultados. Además, tú sabes que él es tremendo sicólogo.

Inocento intentaba hacer lo mismo, aunque el efecto esperado contrastaba considerablemente con la realidad.

—¡Mierda! Como si fuera tan fácil.

Y la frase fue una de esas pequeñas válvulas que sirven apenas para dejar pasar las frustraciones más rebeldes.

Desde hacía varios meses no podía dejar de cuestionarse el verdadero sentido de su vida. No sabía qué rayos había disparado tales pensamientos. Había considerado incluso la posibilidad del suicidio, sin embargo, sabía muy bien que nunca tendría el valor suficiente para intentar algo así. Descargó, por unos minutos, una parte del dolor en sus manos. Cuando hubo agotado la dosis de aquella mañana, se secó en su cuerpo.

—Ya está.

Se levantó, con dificultad, dispuesto a vestirse pero un ruido sutil, casi inaudible, lo obligó a acercar el oído a la pared.

Los jadeos llegaban contenidos. Al principio eran espaciados, de manera que cuando escuchaba uno, no tenía forma de saber si escucharía otro. Después fueron aumentando el compás hasta convertirse en un doloroso castigo.

—¡Me cago en Dios! Esos cabrones están templando otra vez.

Eran su hermano y Susana, que se habían convertido en un verdadero martirio desde la llegada de la muchacha, solo tres meses antes. Inocento escuchaba las funciones sin poder controlarse, gozando a la par. En momentos como esos no necesitaba más compañía que los susurros filtrados, esos que lo forzaban a desperdiciar el chorro de savia en su pared favorita.

Pero esa mañana tenía retreta.

Desde la llegada de Susy, con equipaje incluido, quiso adivinar la imprescindible conexión que lo unía a los destinos de la muchacha. Siempre le sucedía lo mismo. Jamás había entendido cómo su hermano se las ingeniaba para seducir a las mujeres con el mejor aroma del mundo. Era una extraña mezcla de frutas dulces y amargas, con algo de vulgaridad que, de algún modo, alteraba sus glándulas salivales hasta convertirlas en un surtidor incontrolable. Pero con Susy algo era diferente. Cuando aspiraba su olor sentía la necesidad urgente de masturbarse. Para su sorpresa, ella intentó el primer acercamiento. Así que eres músico. Sí, toco el contrabajo en la banda municipal. Debe ser difícil tocar un instrumento tan grande, ¿verdad? No lo creas…, es como todo…, un problema de práctica; al principio puede ser difícil pero después uno se acostumbra. ¿Y qué tocan en tu banda? Versiones de Bach, Mozart, Händel, Villalobos… También tocamos a otros un poco más contemporáneos. ¡Ay! ¿Han tocado la Novena Sinfonía de Beethoven? No. Y, para serte sincero, me alegro de que así sea. Pero, ¿por qué?, si es tan bonita. Justo por eso; la Novena se ha convertido en una prostituta clásica y refinada, pero prostituta al fin. Por mi parte prefiero La Heroica. ¿La Heroica? La Tercera, la Tercera Sinfonía de Beethoven. Pero ya era tarde. Después de aquel incidente apenas hablaron aunque él prefería imaginarla muy cerca, si bien ella le dedicaba solo sonrisas de medio talante cada vez que se cruzaban al azar.

Trató de apartar el oído atormentándose con pensamientos de culpa, pero no pudo. Apenas sin percatarse, su carne se fue hinchando, huyendo de la modorra y la vergüenza. Los latidos lo hicieron mirar hacia su entrepierna. Descubrió un sexo que asentía en una clara invitación que no pudo rechazar. Echó un poco de saliva en una de sus manos y comenzó a sobar el glande hasta dejarlo rojo de excitación y vergüenza.

—¡Coño!, es mi hermano, no puedo hacerle esto.

Pero ya la mano era su alter ego y la vagina artificial que formaban sus dedos se movía con furia alrededor del falo. Se dejó caer sobre la cama para encontrar un mejor acomodo. Ya no necesitaba escuchar. Justo antes del final la puerta se cerró con violencia. Prefirió imaginar alguna corriente de aire escurrida dentro de su cuarto, a pesar de la ventana cerrada, pero trató de incorporarse con el desespero de una tortuga echada sobre su caparazón. Enseguida comenzó a sentir, con una extraña mezcla de alivio y decepción, cómo la sangre lo abandonaba, reducía su vitalidad, lo dejaba morir. Se sentó en su extremo favorito, cerró los ojos, y esperó. Unos minutos más tarde se levantó, mecánicamente, y se vistió con rapidez. Quería partir cuanto antes. Tomó el contrabajo y salió del cuarto rumbo a la puerta de salida.

—¿No vas a desayunar?

La voz procuraba parecer serena.

Inocento había considerado la posibilidad de huir sin despedirse, pero sabía que luego el hambre lo martirizaría.

—Ya voy.

Fue hacia la cocina, dejó el instrumento recostado a la pared y se sentó a la mesa. Su mirada trataba de pulir la madera del mueble. La madre le acercó un líquido humeante y un trozo de pan, y se sentó a su lado.

—¿Te lavaste la cara, mijo?

—Por supuesto, mami—mintió.

Le molestó responder, aunque no pudo precisar la causa.

—¿Y qué van a tocar hoy?

—El cuarto movimiento de la Novena de Beethoven, mami.

Hubiera querido ser más parco, pero no pudo.

—Debe ser bonito, ¿verdad? Me gustaría ir a verlo.

—No hay nada que ver, lo único que hay que hacer es escuchar.

Sentía rabia y le dolía emprenderla contra su madre, sin embargo, no podía evitarlo.

—De todos modos no es gran cosa; no te va a gustar.

Ella no quiso insistir.

—Hace unos días Anita estuvo por aquí. ¿Te acuerdas de ella?

—Claro que me acuerdo, mami. ¿Cómo podría olvidarme de Anita?

—Está preciosa.

Él quedo estupefacto pero no la contradijo.

—Me preguntó por ti.

Él no respondió. La madre entonces se levantó, dándole la espalda, y fue hasta el fogón para apagarlo. Quedó unos instantes con los ojos cerrados y las manos muy cerca del calor. Cuando se volvió, su rostro reflejaba una angustia que él conocía de memoria.

—Mijo… ya tienes…

No la dejó terminar.

—Se me hace tarde—dijo.

Dejó el vaso sobre la mesa con parte del líquido, tibio aún, y se echó lo que le quedaba del pan en un bolsillo. Tomó el contrabajo y se lo llevó a la espalda, con un poco de dificultad. Se dirigió a la puerta principal, sin despedirse, y salió en silencio.

El dolor en los testículos lo angustiaba y lo obligaba a caminar con lentitud. Sin embargo, fue el primero en llegar a la glorieta. Allí, se ubicó donde siempre, a la derecha del público. Esperó sentado a que llegaran los demás. A falta de algunos minutos para el inicio, se puso de pie, abrió la partitura y acomodó su cuerpo al instrumento. Cuando el director indicó los primeros acordes un aroma, casi torturante, emergió del contrabajo. Inocento acercó mucho más su obesa complexión a la madera, tanto, que se le hizo difícil respirar, y comenzó a acariciar las cuerdas hasta arrancarles susurros que, de inmediato, lo hicieron estremecer. No supo en qué momento dejó de sentir el dolor. Solo alcanzó a percibir la calidez que bajaba exhausta, buscando su zapato izquierdo.