Antes de partir

17.11.2016 10:24

Lo aquí narrado, ocurrió un 1 de noviembre, día de Todos los Santos, en un hospital cubano, por allá el año 2040, si mal no recuerdo.

Con tantas reflexiones no me había dado cuenta de la llegada de las visitas. En el cuarto que compartía con Tere, una anciana agradable, jaranera y algo cuentista, comenzaron a aparecer visiones, fantasmas de familiares, amigos y hasta un par de enemigos. Eran los espectros que pretendían acompañarla en su viaje final. Desde la tarde anterior se había agravado, le pedí al enfermero que no colocara el paraban, para poder valorar la evolución de mi compañera de cuarto, no soy de las que le teme a la muerte. He sido una estudiosa de las doctrinas esotéricas, y de ese mundo, oculto, impenetrable de difícil acceso que es la mente humana. No he tenido oportunidad de que alguno de los iniciados me transmitiera oralmente sus conocimientos. Leía muchos libros sobre La vida después de la vida. La vida después de la muerte. ¿Qué hay detrás de la muerte? Pero, jamás había visto la muerte tan cerca como las que presenciaba desde que me enviaron a este hospital.

De repente la anciana se incorporó en la cama y con voz angustiada me suplicó:

- Por favor lo único que no quisiera es que me quemaran o que me enterraran viva. Cerciórate de eso. Tú puedes ayudarme—afirmó con la indecisión reflejada en el rostro. Se notaba atormentada por la espera. Esa inseguridad de no saber qué era mejor, si irse o quedarse-- ¿Con quién debo hablar para que me den unos meses más? Aún tengo algunas cosas por terminar ¡Ah! esta vagancia…--cerró los ojos parecía fatigada. Fui hasta su cama me senté en el borde y empecé a pasarle la mano por el pelo. Le había tomado cariño, la trataba como si fuera un familiar. Me reveló que desde el fallecimiento de su esposo, vivía sola, su único hijo, por mucho que le rogara, decidió poner mar por medio, de vez en cuando se acordaba de hacerle un correo o la llamaba en su cumpleaños o por la Navidad. La vida en esos países era diferente a lo que estábamos acostumbrados. Hay que trabajar muchísimo—reconoció como excusa a la ausencia del hijo-- Me denegaron todas las veces que presenté papeles para ir a verlos. Dime tú, con qué intensiones lo hacían, una vieja en cualquier lugar del planeta, es un estorbo. Deberían de inventar una vacuna para exterminarnos después que se pase de los ochenta años. ¿Indícame de qué vale la existencia, sola, a esa edad?--, la escuchaba silenciosa, no podía negar que le agradaba la ficción, eso de la vacuna para matar viejos, me hizo reír. Si todos deseamos vivir más de lo que nos toca. Tere continuó—No sabes cómo duele no haber podido abrazar a mi niño, antes de partir, ni despedirme con un beso como lo hacía cada mañana, antes de desintegrarse la familia.

- No te angusties – desde luego que intentaba sosegarla – Aún estás entre los vivos y no sabemos si te otorgarán la prórroga. Ninguno de esos que están ahí detendrá tu partida. Espera a que llegue tu hijo.

- No llegará a tiempo—aseguró—Fíjate que ni la que me cuida está a mi lado y eso que le pagan un potosí—sonreí, era cierto que la mujer que debía cuidarla, la bañaba en la mañana, se ocupaba de que desayunara y se perdía. Siempre estaba fuera del cubículo. De repente la visión de un hombre que recién llegaba se acercó a la enferma para decirle: Aún no le toca pasar a este mundo Me puse de pie para contemplarlo. Eran unos farsantes. Yo poseía el don sobrenatural y la gracia particular que le suelen dar a algunas criaturas. Por eso ellos no se atrevían a meterse conmigo porque los desenmascaraba. A veces los fantasmas disfrutan con ser mentirosos y burlones, se transforman tomando la apariencia de un cuerpo que no les pertenece. Y se otorgan el derecho de dar por cierto lo que nunca podría hacerse realidad. Esa era una de las situaciones que no lograba explicarme por mucho que lo estudiara. Desde luego que a lo enigmático o ambiguo, les cabe el término de misterio y con ese vocablo lo explicaban todo. Noté a la paciente con cierta inquietud, creí que ya era un poco tarde para pronunciar palabras de consuelo, no obstante ese era el momento que más las necesitaba. La puerta se abrió y entró una mujer como de unos cuarenta años, tan arreglada, que no consideré que viniera a ver a la enferma. A lo mejor del hospital se iría a una fiesta. La acompañaba una enfermera. Me escurrí a mi cama para que no me viera.

- Usted insiste en que recibió una llamada de su prima hace dos horas y yo le reitero que es imposible –testificaba la enfermera – No ha salido de ese estado desde ayer en la tarde y mira qué hora es:

- ¡Óigame, que no estoy loca! Eso no puede ser, estoy segura que era su voz-- reclamaba la muchacha visiblemente alterada– ¿Qué gano con mentirle? Me ha dicho: "Belmaris, no me queda mucho, si quieres verme con vida acude de inmediato al hospital" Fíjese que avise a mi hermana, llegará de un momento a otro.

- Puede que esté diciendo la verdad – afirmó la enfermera -- Quizás alguien le ha gastado esa broma de mal gusto. Siéntese, por favor, la noto nerviosa, está usted muy pálida. Iré por un vaso de agua le vendrá bien beberlo.

La recién llegada recorrió la habitación con la vista y por mucho que me oculté me encontró:

- ¿Quién eres? ---, indagó y avanzó hacia mí - ¿Quién te ha autorizado a entrar al cuarto de mi prima? –, no respondí – Vete, no queremos intrusas. Debo hablar con ella ante que llegue la desvergonzada que se hace llamar su cuidadora.

- No podré complacerte también estoy enferma—respondí, me viré de espaldas en la cama. Con mucha cautela, paré el oído a ver de qué iba la conversación.

- Atiéndeme Tere—dijo muy bajo—No lo espere, tu hijo no vendrá. Lo he llamado varias veces y no responde. No sé si cambió el número del móvil. Tampoco he podido localizarlo por internet. Dime de nuevo dónde están las ropas que debo llevarme y las joyas que me dijiste que me darías. He registrado tu casa de arriba abajo y no encontré nada, parece que la atrevida de la cuidadora se lo ha apropiado todo—me volví lentamente sin que se diera cuenta. A eso venían la mayoría de los parientes a beneficiarse del que se iba. Vi como le tomaba el pulso a la enferma. De repente le escuché el grito aterrador.

- ¡Enfermeraaaa! Venga por favor. Mi prima, mi prima Tere, ¡Ay, Dios mío, la pobre Tere!—salió corriendo despavorida en busca de ayuda.

¡Qué casualidad! , pensé. Tere no puede ser tan mal agradecida de dejarme sola. No puede irse. Salí al pasillo y empecé a gritar a la par de la prima. Junto con la enfermera y el médico, venían unos cuantos alumnos. Todos corrimos a la habitación, y cual no fue nuestro asombro al ver a la moribunda incorporada en el lecho, con los ojos abiertos pidiendo agua.

El médico; la auscultó, midió la tensión y volviéndose al grupo aclaró:

- Observen este caso, pudiera decirse que entre la muerte clínica y la absoluta existen parámetros enigmáticos que tendré tiempo de comentarles en otra oportunidad. Nos alegramos de que estés a salvo—acarició el mentón de la anciana que lo miró de un modo raro, como diciéndole: ¡Qué hipócrita eres! El galeno, después de chequearla minuciosamente anunció---Estaré localizable por si me necesitan—salió seguido de su séquito. Regresé a la cama para ver en qué paraba aquella extraña situación.

- Belmaris, me creerías si te digo que papi ha pasado toda la noche a mi lado -–confesó la anciana, la prima sonrió, hizo un gesto de condolencia como diciendo: La pobre ya perdió el cerebro. Sin embargo Belmaris estaba asustada, recorría con la vista la estancia. Aproveché para taparme hasta la cabeza, no fuera hacer que me confundieran con los que comenzaron a aparecer de nuevo-- ¿Acaso no lo ves? –, insistía Tere.-- Míralo allí mi prima—señaló con el índice.

- - Después lo veo ¿Dime si fuiste tú la que me llamó al móvil? ¿Dónde está tu teléfono para comprobarlo?

Eso sí era interesante, me volteé, para enterarme de la realidad. La enferma señaló la gaveta de la mesa que estaba junto a la cama. Lo revisó y dijo:

— Mi número no está registrado ¿Sería la cuidadora? La llamaré—después de unos segundos escuché como interrogaba a la mujer-- ¿Puedo saber dónde estás? No me des explicaciones a ti se te paga por cuidar a mi prima. Está bien deja a un lado las justificaciones y respóndeme: ¿Tú me llamaste…? ¡Mira eso!, me colgó –- la enferma tenía los ojos cerrados. La prima insistió—Si no fue ella, ni tú, quién me dio el aviso para que viniera.

- No lo sé ---respondió enfadada la enferma---Por favor déjame tranquila que mima está por llegar

A decir verdad hasta el momento yo no había percibido la presencia de nadie. Entonces la prima sonrió y para calmarla, afirmó que los veía. Revisé con la mirada toda la habitación y no descubrí al finado. En ese instante entró, una señora encopetada y de muy buen ver y se abrazo a la enferma llorando.

- Que bueno que has venido, mima. Solo falta mi esposo para estar los cuatro juntos-- dijo Tere.

La prima la miró extrañada, se inclinó hacia la paciente y murmuró:

- Sácame de la duda, mi prima ¿Dónde están tus padres? Bien sabes que hace muchos años que murieron.

- Por favor, no estoy loca. Papi, estuvo toda la noche ahí sentado en ese butacón. Fue él el que me dijo que había llegado el momento de partir – afirmó volviéndose hacia el otro lado de la cama para interrogar a la recién llegada-- ¿Mima eso de que una ha vivido varias vidas es verdad? ---no esperó respuesta y añadió—He estado orando para que a mi salida encuentre a mi difunto esposo, pero si me aguarda otro hombre que también lo fue en… ¡Ay, mima! Estoy cansada.

Estuvieron un rato en silencio de repente Tere llamó a la prima para hacerle prometer que se ocupara de localizar a su hijo.

- ¡Hazlo!---suplicó con hilo de voz

Me di cuenta que la paciente no estaba en sus cabales. Aquellas palabras no me agradaron para nada, quiénes eran los difuntos para mezclarse en la vida de los vivos. Un escalofrió hizo sentarme en la cama y pude ver el fantasma de un hombre mediano, con mucha prestancia, vestido con un traje gris, parado junto a la madre. Tere rompió a llorar

- ¡Mi hijo! ¡Hijito mío! No te pude ver. No pude despedirme de ti – tras un profundo gemido volvió a convulsionar. A los gritos de la prima, acudieron los médicos y como cuatro enfermeras.

- Tere, Tere, abre los ojos, Tere – gritaban desesperados intentando salvarla. Observé como el difunto padre la tomaba entre sus brazos y se alejaban a través de las paredes, seguido por la mujer que dijo ser la madre.

- Lo sentimos – anunció el médico –Fue la mejoría de la muerte. Suele suceder. Prepararemos el cadáver.

Cuando Tere pasó por mi lado me recordó:

- Por favor diles que no me incineren.