"Amor condonado", K. Dáver

10.01.2014 16:46

 

 

Su pelo, su boca, su cuerpo, su carácter… Todo era bello en ella. La había conocido en un conversatorio sobre la situación agroalimentaria en el cuerno africano. Aquello le importaba un cuerno. Se puso a explorar el auditorio en diez metros a la redonda. La única persona que parecía aburrirse tanto como él, o por lo menos no lo disimulaba, era la de la carpeta gris, la misma que logró abordar después a la salida del salón para pedirle disculpas por el guiño hecho en el momento cumbre de la perorata.

Ella aceptó su invitación a un guarapo cuyo rendimiento en azúcar se semejaba un tanto al de las últimas zafras. No contento con el resultado del convite, la citó para el otro día a la misma hora en el cine Infanta. Comenzaba un ciclo de películas francesas que incluía su filme predilecto: Los paraguas de Cherburgo. Confiaba en que sus ojos recibirían muy bien una historia de amor que podría ser el preámbulo de algo más serio. Así fue. Hoy se consumaría la cita para encontrarse en casa de la muchacha.

La sorprendió con el disco que contenía la banda sonora del filme. Entre los acordes de la música de Legrand y la brisa que se colaba por una persiana rota de la ventana del balcón llegaron los besos, las caricias, la imperiosa necesidad de prescindir de todo ropaje. Entonces ambos se preguntaron si habían comprado condones para la velada. Con la risa trataron de mitigar el imperdonable olvido. Él se comprometió salir en busca de un par de cajitas. Ella le dio la llave de la casa. Se quedaría acostada oyendo el disco.

Conocía la zona. Por allí estaba la vieja casa donde su abuelo tuvo un taller de bicicletas hasta que se lo cerraron en el 68. Caminó cinco cuadras en busca de la todavía existente cafetería de la calle Monte donde de pequeño solía merendar mientras el viejo ponía rayos a alguna llanta de bicicleta. Por el camino iba soñando con lo que vendría más tarde. Lo adelantado presuponía la presencia de la mujer de sus sueños, sensual y atractiva, dispuesta para sus más anhelados caprichos.

Hace un rato vendí el último, dijo el dependiente fiel a su modorra. Caminó con paso apurado hacia la esquina de Tejas, seguro de hallar los condones en el recién reparado restaurante sobreviviente a décadas de desidia. Perplejo, abandonó el lugar. Tampoco allí.

La disyuntiva fluctuaba entre regresar al apartamento antes de que el muchacho de la película volviera de la guerra y se encontrara con que ya no era esperado por su novia, o seguir rumbo a la farmacia colindante con el hospital. Tuvo miedo de que ella se sintiera decepcionada y terminara yéndose con un vendedor de joyas. Prefirió proseguir la búsqueda. Nada de condones en la botica. Ni preguntó en el cafetucho que hace esquina en Vía Blanca, tal era la desolación.

Cruzó la frontera entre el Cerro y Diez de Octubre seguro de que Tamarindo sería el lugar que es, con dos bares, uno frente al otro. En el primero solo había ron y un grupo de borrachos hablando de mujeres. En el otro la dependienta le aseguró, entre pudorosa y sorprendida, que allí nunca se había vendido tal producto.

Comenzó a sospechar hallarse nadando en un problema de desabastecimiento, mal endémico de nuestra planificada economía. Ansió  pisar cuerno africano. Cabía esperar, dada la baja densidad poblacional citada por el conferencista, que en los campos somalíes sería más fácil comprar un condón. En el horizonte se le dibujó entonces el oasis de la esquina de Toyo, con sus tres flamantes cafeterías de mala muerte. Dos habían cerrado ya a esas horas de la noche. En la Sorrento entró feliz, con la exaltación del que aspira encontrar la docena de variedades italianas de la otrora pizzería. Había divisado ya la verde caja de cartón que suele contener los preservativos chinos convoyados con lubricante. Pero a dos metros del mostrador observó los dedos del dependiente hundiéndose en ella para extraer cinco cigarros.

El último recurso era caminar por la calle Santos Suárez y probar suerte en la farmacia de Serrano, la única abierta —eran ya las doce— en el desértico barrio. Caminó hacia ella pensando que ahora sí. Los baches se le antojaban espejismos de una gran vía que lo haría ascender al cerro de su felicidad. La farmacéutica sonrió ante la reacción desmesuradamente entusiasta que produjo su respuesta positiva.

La alegría se convirtió en sobresalto cuando alzó la mano que portaba su reloj y dos cajitas de condones. Había partido al bojeo desde el día anterior y llegar a casa de la muchacha para consumar su conquista le tomaría aún un tiempo considerable y un recorrido loma arriba más agotador que el ya ejecutado. Desde que la conoció en la conferencia, solo había transcurrido un tiempo similar al que seguramente necesitó el diletante para escribir semejante bodrio. Aunque entre los dones de la dama ya está dicho que sobresalía su carácter, cualquiera podría ser su reacción ante la demora de él tras la partida en busca de El Dorado.

Llegó al apartamento con el espíritu no apto para sermones ni noche de pasión. Abrió la puerta y se dirigió al cuarto. Encontró a su sirena acostada, durmiendo en la paz de su hermosa desnudez. Se acostó despacio. Despertarla hubiera sido un capricho. Optó por dormirse así, mirando a la mujer de su sueño.