"Almas tatuadas", Colibrí

11.09.2013 12:08

-- Doctora tengo miedo de volver a las calles después de haber estado recluida en la cárcel – admitió Diana - No quiero sufrir humillaciones, ni que hablen de mí sin saber lo que pasó. Pagué con mi encierro el error que cometí. Sólo aspiro a vivir en paz. Será difícil olvidar que, por mi tozudez, fui privada de libertad. Todo el que está preso suele decir que es inocente, pero yo sí lo era. Fui a reclamar justicia y la justicia me encerró.

-- Según tengo entendido usted no reclamó justicia, sino que la tomó por su mano – aclaró la psiquiatra.

-- Eso fue lo que me llevó a prisión. Si estoy en la calle es gracias a una amiga. Amiga, amiga, lo que se dice amiga de corazón - afirmó Diana golpeándose el pecho - Me ayudó a subsistir. Me libró de que me estrellaran contra las paredes o me deshuesaran a palos.

-- No sería para tanto - expresó la facultativa con expresión dudosa.

-- ¿Qué no, doctora? Allí se vive con veinte mil tensiones, el peligro acecha constantemente y si demuestra miedo está perdida. Reconozco que debí utilizar un método menos agresivo. Jamás olvidaré lo que sucedió en la ducha, me lo habían advertido, pero no le di crédito hasta que las vi llegar. Yo era la carne fresca, la joven de cara bonita y pronunciados glúteos. Se abalanzaron sobre mí con la rudeza de un macho en celo. Querían satisfacerse, darse un gustazo. Se prendieron a mis senos, me mordieron la boca entre risotadas y palabrotas. La matrona dejó claro que primero sería ella. Traté de cubrirme, las demás no lo permitieron. Sentía sus puños cerrados sobre mi cabeza, espaldas, vientre. Fueron tantos golpes que no pude seguir resistiéndome. Apenas conseguía tenerme en pie, el piso fue hundiéndose quedé inconsciente

-¿Su familia la visitaba?

-Mi tía lo dejó claro durante el proceso. Si me condenaban no me visitaría. Pero sí supo apoderarse de la mesada que me enviaban mis padres y ponerlos al tanto de todo.

-- Cuénteme lo que le pasó – pidió la psiquiatra - , para saber por qué se excedieron con usted.

-- No quisiera acordarme –comenzó diciendo - Había terminado mi primera novela y necesitaba de alguien que la revisara. No sería una obra maestra, pero era mi obra. Soñaba cada día con su publicación, pero pasaban los meses y yo iba perdiendo las ilusiones de conquistar un espacio en alguna editorial. La mandé a varios concursos y ni me enteraba de la premiación. Una amiga me habló de ese escritor y me dio las coordenadas para llegar él. Me aclaró que era algo petulante y estaba endiosado por haber obtenido varios premios, en el país y el extranjero. Cometí el error de llevársela por considerarlo capaz, por tener una historia relevante en las letras. Pensé que podría ayudarme ya que tenía en sus manos el poder de opinar y mostrarme los errores. Me pasó por tonta, por creer que todo el mundo es bueno. Piensa que todo lo que narró merece respeto por el tiempo empleado. Cree en la seriedad de los que convocan el certamen, sin contar las inversiones de materiales y lo peor de todo que si no tienes suerte te quedas con el dolor del fracaso y le aseguro, doctora, que los míos han sido muchos. A veces dudo en seguir escribiendo por los tantos desengaños. He llegado a pensar que lo que escribo es muy malo. Pero al final me consuelo creyendo que es producto de no tener un nombre reconocido, ni nadie que me impulse para dar el salto a la oportunidad.

-- Escasos son los seres humanos que no sueñan en grande - aseveró la psiquiatra. Diana movió la cabeza afirmando.

-- Lo peor es que a veces lees cosas pésimas que te dejan boquiabierta y sin embargo han sido premiadas.

-- Por el momento estamos tratando su caso. No el de los demás escritores – la interrumpió –Según usted esa persona reunía todo los requisitos para opinar sobre su obra ¿Qué pasó después?

-- Cuando logré contactarlo, se comportó muy amable. Pidió que le dejara mi manuscrito porque tenía mucho trabajo, asegurándome que sacaría tiempo para revisarla. Fue demasiada desvergüenza su falta de respeto. El muy cínico me traicionó. Así de fácil. Le puso un final a su manera y ganó un gran premio con lo que era mío. Tarde he aprendido que una no puede confiar ni en su sombra.

-- ¿Cómo usted supo que había sido de esa forma? ¿Usted estaba segura que era su novela? ¿La leyó?

-- No, pero una conoce lo que crea. Bastó con leer la sinopsis. Me molesté y sufrí muchísimo. Por un momento pensé dejarlo todo para no buscarme problemas.

--¿Por qué no lo hizo?

-- Algo clamaba en mi interior pidiéndome que no me quedara de brazos cruzados. Los medios de difusión estaban anunciando la presentación del libro. No voy a engañarla. Empecé a maquinar de qué forma podía humillarlo, denunciar su robo. Su plagio. Lo tenía bien calculado. No esperaría a que saboreara el triunfo.

-- Entonces hubo premeditación de su parte.

Diana continuó como si no la hubiera escuchado.

-- Estaba todo listo para la presentación. Me aparecí con el macuto de papeles bajo el brazo y fui a sentarme al final, como una fiera en acecho. Cuando el presentador comenzó a ponderarlo, no pude evitar la rabia al ver aquel cínico sonriendo satisfecho con lo que no era suyo. No tenía dominio de mis actos, como dijo la fiscal en el juicio.

-- ¿La ira la cegó?

-- No lo sé. Puse mis copias sobre la mesa y comencé a reclamarle entre insultos y bofetadas. Apenas se defendió. Sólo gritaba: “Quítenme a esta loca de encima” No sé de qué manera lo tiré al suelo, rodó entre las sillas y se fracturó un pómulo en la caída. Estaba tan ofuscada que me aferré a su garganta hasta que se atrevieron a separarnos y como era de esperar la soga rompió por el lugar más débil. Nunca pensé que fuera a parar a prisión y que el quedara como la víctima.

-- Pero lo agredió.

-- Sí lo agredí. Lo merecía. Por eso estuve encerrada entre esas paredes, llenas de lágrimas, sufrimientos, humo, sexo, sangre – secó de un manotazo las lágrimas - No todos los que vamos a prisión somos delincuentes, doctora. Pero en aquel momento si me lo dejan lo hubiese matado – aseveró Diana y con el gesto dejó al descubierto el tatuaje

-- Con la violencia no se gana nada- señaló la psiquiatra - Según usted está arrepentida de lo que hizo y sin embargo le molesta recordar los hechos. La indignación en sus palabras demuestran lo contrario - la ex reclusa se dio cuenta que los ojos de la doctora no se apartaban de su tatuaje

-- ¿Es horrible, verdad? – Dijo con voz tímida - No quería hacérmelo. Jamás se me hubiera ocurrido, pero no tuve otra opción que soportar que me dibujaran la piel. Había personas que tenían tatuadas hasta el alma. Estaban cubiertas de signos y símbolos, decían que para ellas la vida no era más que un espejismo. Vivían acompañadas de recuerdos y soledades – suspiró - Algunas consideraban al tatú un arte. Eran ilustraciones imperfectas de agujas que penetraban en las carnes como si fuera el pincel sobre la tela montada en caballete.

-- La que le hizo el suyo carecía de vocación para la pintura. El dibujo es grotesco ¿Cuál fue su reacción al verse teñida la piel?

-- Quise arrancármelo sin resultado alguno. Entonces salí a discutir con la malhechora. No pude hacer mucho, me detuvieron sus terribles guerreras. Menos mal que en todos los infiernos hay ángeles de bondad que se interponen a los exterminadores.

-- Su amiga la defendió.

-- Llegó a tiempo para evitar que la golpiza terminara en muerte. Me cargó entre sus brazos y salió corriendo para la enfermería gritando que necesitaba asistencia médica. La autorizaron a que me acompañara al hospital. Era una persona caritativa. Divina. Trataba a todas esas fieras con rectitud, pero sin perder la perspectiva de que estaba lidiando con seres humanos. En la prisión los sueños se eclipsan. La esperanza se alarga. Se pierden las ilusiones. El tiempo no trascurre. Estamos más cerca de la muerte que en la calle. – Diana no pudo evitar el llanto.

-- Tranquilícese y cuénteme qué pasó con el escritor – esperó a que se calmara

Diana respiró profundo, secándose las lágrimas continuó en un tono bajo y suave.

-- Supe que no tuvo valor para acusarme. Si no llega a ser por la arpía de su mujer, no hubiera tenido que ir a la cárcel, pero las heridas del rostro se le infestaron al muy cabrón. Usted no sabe que por un momento pensé en salir en su busca; y pedirle que me perdonara el desacierto.

--¿Por qué no lo hizo?

-- El orgullo no permitió que me humillara, pero si hubiera imaginado lo que era verse entre aquellas paredes húmedas, percibiendo el sonido de la angustia y el correr de las lágrimas, lo hubiese evitado. A veces me preguntaba: ¿Qué hago aquí, si el ladrón fue él?

-- Vuelve a cuestionarlo –, la interrumpió la doctora - Dígame sinceramente ¿Tiene usted algún plan de represalia contra los que la acusaron? – Diana negó con la cabeza - ¿Está segura?

-- Segura. No caeré en el mismo error. Lloré y sufrí mucho más de lo que esperaba. Fueron meses muy difíciles de mi vida que no se borrarán jamás. Vivía en un constante martirio. El temor a las complicaciones no se apartaba de mi cerebro. Apenas dormía mirando sigilosa a mí alrededor para no recibir una sorpresa. Contaba cada segundo hasta el día que se abrieron las rejas de la prisión para darme la libertad. Juré que no regresaría nunca más a aquel lugar.

_ Usted es joven. Ahora que estuvo en prisión tiene material para escribir ¡Hágalo! -, la instó la psiquiatra - Solo quiero saber si finalmente pudo leer el libro.

Diana negó con un gesto. La vio inclinarse y abrir una de las gavetas del buró. Sacó un sobre y se lo extendió.

- ¿Para mí? – indagó cautelosa y extrañada.

-- Sí. Tómelo. Estoy convencida que sabrá disfrutarlo. Es la novela. Mi esposo sabía que usted venía hoy y se lo dedicó.