"Alma torturada", Carmesina

26.09.2013 09:55


Como un ángel caído, mi espíritu se precipitó en el infierno del dolor. Mi corazón, moribundo de tu amor, clamaba venganza al cielo, culpable de tu abandono. Sumido en las tinieblas del recuerdo, se niega a adentrarse en la luz mortecina del olvido para reafirmarse en el rubí de la pasión.
“Sí, te amo, diosa infernal. En tu fuego ardo y en él me he de quemar, pues no deseo escapar”.
Como un condenado, vivo la alegría de la vida, el hielo ígneo que envilece mi espíritu hasta convertirme en un pelele de tu sonrisa. Mi anhelo vislumbra con placer la Muerte como refugio a tu negativa amorosa. Ella se convierte en el Paraíso donde yacer y curar la pena que me atormenta.
“Si supiera, amor mío, que habrías de lamentar mi muerte, que no la considerarías como una extravagancia más de mi alma torturada, no dudaría en ofrendarte mi vida para conseguir que tu pétreo corazón deshojara una lágrima”.
Pero sé que la Dama Sombría inundaría nuestros espíritus de placer. El mío, porque con su llegada acabaría el sufrimiento. El tuyo, porque la culpabilidad que aún te atenaza tendría la excusa perfecta para desvanecerse, y el desasosiego que te atormenta daría paso a la dicha de la tranquilidad.
Viviremos juntos la danza demoníaca que este orbe nos ofrece. Prefiero mil veces la aflicción de tu mente a la indiferencia y al olvido a los que mi nombre quedaría relegado si, alejado de este mundo, me fundiera con la tumba. Vivirás junto a mi sombra que te aguarda y, en el momento más inesperado, te fundirás conmigo en una fosa sin lápida, pues no deseo que nadie pueda honrar tus cenizas, que solo así serán mías para siempre. Solos allí los dos, alejados del bullicio que te conduce hacia otros lares, gozaremos el uno del otro hasta el día del Juicio.