"Alma condenada", Carmesina

06.05.2013 20:56

Sentada en una silla desvencijada por el paso del tiempo, sin ánimo para sonreír, meditabunda y lúgubre, estaba la tía Anguileta cerca del fuego. Le dolían los años, los achaques y el corazón, que ya no tenía fuerzas para soportar tanto sufrimiento. ¿Dónde estaría Jaime, su único hijo? Él sí que hubiera llevado bien la hacienda y hubiera mantenido limpia de hollín la chimenea cuyo humo se expandía parcialmente por la habitación.

¡Las guerras, ay, las guerras! pensaba la tía Anguileta. Ellas se habían llevado lo que más quería y también sus ganas de vivir. ¿Para qué quería todo su dinero? No tenía nietos ya que su hijo, un idealista, había preferido ir a luchar por el verdadero rey, Don Carlos. ¡Dios sabría dónde estaría porque aún no había vuelto...! Siete largos años sin tener noticias suyas....

¿Para qué quería todo el dinero si su único bien, su hijo, no lo disfrutaría? Ella lo guardaba bien escondido ya que no había perdido la esperanza de que volviera.

Mientras la tía Anguileta estaba sumida en sus dolorosos pensamientos y en el recuerdo de su hijo Jaime, un gato gris a rayas blancas y negras, el gato de la casa, perseguía un ratón que escapó de sus garras escondiéndose en uno de los numerosos agujeros que había en las paredes desconchadas, centenarias.

La tía Anguileta vivía en una casa enorme que había disfrutado de mejores tiempos. El portal era bastante ancho para que entrara un carro. A ambos lados de la entrada sendas puertas de nogal conducían a dos habitaciones con ventanas al exterior. A mano izquierda, después del dormitorio, se encontraba el comedor de la casa, el sitio en el que en ese momento se hallaba su dueña llorando por el hijo ausente. En el amplio comedor desembocaba una escalera  a través de cuya puerta se accedía a las habitaciones superiores . A continuación había un patio con un pozo en medio. De él sacaba el agua la tía Anguileta, a pesar de sus achaques, para beber, cocinar y lavar.

En aquellos momentos la casa resultaba lúgubre como el aspecto de su dueña, sucia, vieja. Cualquiera que no hubiera conocido quién era la tía Anguileta habría pensado que se trataba de un caserón deshabitado o que servía de asilo a los pobres sin techo. Sin embargo, hubieran errado totalmente, pues aquella mansión había experimentado la alegría de las fiestas, y las risa y el llanto de su heredero, el sol de la familia.

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-Mañana tenemos que entrar y robar el oro a la vieja, ella sabrá dónde está escondido... Pero de mañana no pasa, ¿eh?- advirtió un joven sucio de mirada torva.

-¿Y cómo lo encontraremos? - preguntó el jovenzuelo que lo acompañaba.

Ambos se encontraban en la taberna del pueblo, el sitio en el que se reunía lo mejorcito de cada casa. Allí acudían los jugadores, los borrachos, los ladrones, los pendencieros y la gente de mal vivir de parte de la comarca.

-Ella nos dirá dónde está, y luego...-El joven sucio hizo con el dedo índice una señal de izquierda a derecha sobre su cuello.

El jovenzuelo palideció. No deseaba llegar tan lejos pero necesitaba el dinero y a la vieja no le servía de nada. Procuraría no ensuciarse las manos, pero si no había más remedio...

-¿Por dónde entraremos, Andreu?

El joven sucio le dijo que era fácil desmontar la ventana de una de las habitaciones ya que los goznes estaban medio sueltos y la vieja no se preocupaba por arreglarlos.

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La noche siguiente la tía Anguileta sufrió por última vez. Su llanto no conmovió a los malhechores, que la torturaron para que confesara dónde tenía escondido el tesoro, robaron su oro, la asesinaron y la echaron dentro del pozo.

Al día siguiente se descubrió el crimen pero nunca se supo quién lo había cometido. Jaime, su hijo, no volvió de la guerra y la gente del pueblo empezó a olvidar el atroz asesinato cometido en la casa de la tía Anguileta.

Nadie quiso volver a habitar aquella mansión que simbolizaba el sufrimiento de una anciana sola, débil y desgraciada.

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Años después el caserón se convirtió en refugio para mendigos que no tuvieran un techo que los cubriera. Pero hasta ellos empezaron a huir despavoridos de la casa. Contaban que todos los días, a las doce de la noche, se abría el portón de par en par y la comida que había en la despensa bajaba rodando por los peldaños de la escalera que conducía desde el comedor a las habitaciones superiores. Si bajaban huevos, no se rompían. El atroz miedo que inundaba los corazones de los necesitados a los que no les quedaba otro remedio que buscar en la casa embrujada cobijo, no es digno de describir. Algunos contaban haber visto un rostro macilento cuya lengua morada se escapaba involuntariamente de la boca. Y es que la tía Anguileta había sido torturada tan brutalmente que su propio dolor se aparecía como un lamento, como una muda súplica que buscara ayuda en los miserables que se habían adueñado de su casa.

La mansión volvía a quedarse sola, puesto que que el alma en pena de la tía Anguileta vagaba por todos sus rincones, presidiendo el que siempre fue su hogar. Todos pensaban que la anciana se negaba a abandonarla, tal vez esperando que regresara su amado hijo.

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Finalmente la Iglesia tomó cartas en el asunto y un sacerdote fue a bendecir la casa y a rogar por el eterno descanso del alma de su dueña. A partir de este momento cesó toda actividad paranormal.

Nunca supieron los habitantes del pueblo con certeza quién había asesinado a la pobre anciana, pero sí observaron que alguna familia, que antes no tenía para  comer ni un mendrugo de pan, prosperaba inesperadamente. De pobres inmisericordes se convirtieron en ricos agricultores. Las murmuraciones corrían por el pueblo y penetraban en todos los hogares de bien, hasta el punto que entraron en la casa de la nieta de uno de los asesinos de boca de su hijo, que se había peleado en la plaza porque sus amigos habían dicho que su abuelo era un asesino. Ni corta ni perezosa, María, que se tenía por mujer honesta, se presentó en casa de su padre y le preguntó si conocía alguna historia en la que se mencionara que el abuelo había asesinado a alguien. El anciano no mintió. Pidió a su hija que se sentara y, con ojos enrojecidos por el disgusto, contó a su hija el secreto de la familia.

María salió cabizbaja de la casa paterna para acudir al día siguiente a la iglesia a confesarse. Pertenecía a esa clase de personas rectas y sin mácula, incapaz de cometer una atrocidad. Llorando contó al confesor la patética historia familiar. Estaba dispuesta a restituir todo lo robado que estuviese en su poder, con tal que Dios exonerara, al menos a sus hijos y a ella, de la culpa. El sacerdote le dijo que era imposible, pues no había constancia de que el hijo de la tía Anguileta hubiese regresado, de manera que, si había sobrevivido a la guerra, nunca había vuelto a casa y por ello no se le podía devolver el dinero. A cambio de la absolución, para ella y para su familia, se comprometió a rezar, durante todo lo que le restara de vida, el rosario en público.

Mientras caían las bombas durante la Guerra civil, María paseaba, desde el pueblo al río, rezando el rosario y orando por el perdón del gran pecado de su familia.

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La casa existe en el casco antiguo de mi pueblo. La historia me la contaba mi abuela cuando era pequeña. Yo me sentaba sobre un cojín, bordado con la cara de un hermoso gato con bigotes dorados, y escuchaba atentamente todas las historias reales que habían ocurrido en el pueblo.