"Ajetreo bajo tierra", Ligeia

17.06.2013 23:31

Se trata de criaturas diminutas, con forma vagamente humana. Tienen un cuerpo enjuto, la mirada apagada, las manos toscas y las piernas retorcidas. Su piel es de caoba quemada, sus dientes de astillas afiladas y su cabello de hilos de madera. Nadie conoce su origen ni su verdadero nombre porque, en realidad, son muy pocos los humanos que han podido verlos y los han reconocido como criaturas extrañas.

Mayormente trabajan de noche. Han tallado caminos en la madera de los hogares y han cavado redes intrincadas de túneles por debajo de las alfombras. Usan picos para escalar los muebles y cuerdas para llevar consigo cargas pesadas. Algunos incluso saben manejar a la perfección ciertos artefactos de metal con los que pueden abrir cualquier cerradura que resguarde tesoros dentro de alhajeros. No es que les gusten las joyas, es que las necesitan. Ya no quedan lugares de donde extraer materia prima, así que recurren a los aretes almacenados para subsanar tales carencias. Hay joyas grandes y pequeñas, de metal, plástico, piedras o madera. Los entes conocen los materiales y tienen usos para todos ellos.

Sin embargo, tomar las joyas no es tarea sencilla. Los riesgos son significativos y solo los valientes se atreven, incluso cuando cuentan con estrategias de extracción bien definidas. La principal finalidad es que nadie note las misiones. Para lograr tal objetivo, asaltan las cajas por la noche y tienen la precaución de solo tomar uno de los aretes, mientras dejan el otro en su sitio. Suponen que los humanos son seres precavidos que adquieren dos aretes en caso de perder alguno.

Un solo objeto requiere un escuadrón completo. Primero, los trepadores construyen escaleras para que los demás asciendan. Luego los cerrajeros lidian con los candados que protegen los tesoros, mientras los vigías observan a los humanos dormidos. Cuando la zona es segura, llegan los cargadores. Ese es el puesto más delicado porque si son muy pocos sosteniendo el peso, mueren aplastados, y si son demasiados, resbala la carga en el trayecto.

Entonces descienden con cuidado y recorren un camino flanqueado por guerreros. Siguen con calma hasta la entrada de un túnel, donde los mineros abren una brecha al tamaño del trofeo. Pasan los cargadores y, al instante, se cierra el agujero.

El mundo subterráneo es seguro. Los senderos están limitados y nadie peligra. Los cargadores avanzan cada vez más profundo y pronto alcanzan los pasajes que guían a las tuberías. Ahí enganchan los aretes a las plataformas y dejan caer, para que los artesanos los reciban en los talleres que se esconden en el metal de los tubos. Los artesanos separan los materiales y los emplean para forjar armas.

Esas armas están destinadas para destruir a los humanos.

Más abajo, en los abismos, hay filas formadas y entes armados. Los capitanes se pasean frente a los batallones y le exigen a los guerreros que se mantengan valientes, porque el enemigo que los espera afuera es más grande que un millón de ellos. Los soldados gruñen y alzan sus lanzas envenenadas; después golpean sus escudos con las garras y clavan las botas de hierro en los cimientos, para hacer rugir a la tierra. Ecos de guerra se agitan en las entrañas del planeta y anuncian que pronto todos los túneles del mundo, abrirán sus puertas.