"La Panadería"

09.11.2014 08:44

Panadera de espigas y de flores,

panadera lilial de piel de era,

panadera de panes y de amores.

No tienes ya en el mundo quién te quiera,

y ya tus desventuras y las mías

no tienen compañera, compañera.

Miguel Hernández, Otros Poemas, 1935-1936, Elegía

La casa quedaba en una esquina. En un barrio antiguo de la ciudad. La ochava estaba ocupada por un negocio casi tan añejo como la Fundación. La panadería se conectaba hacia la derecha con una sala indefinida que servía de espera para el ingreso a la “cuadra” donde se fabricaba el pan. A la derecha había una larga mesa de madera donde se volcaba la masa blanca y esponjosa para su manipulación. Detrás estaban un par de máquinas que mezclaban la harina con el agua y la levadura. Según las necesidades se hacían flautas o miñones o facturas. Se colocaban en bandejas muy pesadas de hierro negro untadas con grasa y espolvoreadas de harina; luego se colocaban en un sitio ceniciento de humedad y temperatura constante donde se producía el proceso leudante. La cuadra era maravillosa. Colgadas de ménsulas de metal se acomodaban, larguísimas, las distintas palas de madera para acomodar el pan e introducirlo en el profundo horno de ladrillos refractarios. El horno estaba hecho con la vieja técnica de los arcos románicos; una gruesa abertura de hierro fundido manejada desde una palanca se abría y cerraba de continuo. Para recoger el pan y tirarlo en unas cajas ovales de mimbre o para cocinarlo. Al costado, se hallaba otra “boca” de hierro donde ardía constantemente, como en el infierno, el fuego rojo y granulado del quebracho descuartizado y como impregnado de sangre. La cuadra tenía una temperatura muy alta todo el año y los oficiales vestían ropas sueltas no importara la estación en la que estuviéramos. Era un laboratorio de harina, agua, sal y levadura. Las manos esenciales de los obreros le daban forma a la masa y el fuego transformaba la materia eliminándole el agua y dorando, como la naturaleza en los días de sol radiante lo hacía con nuestra piel, el más  simbólico de los alimentos humanos. Hacia el otro lado había una sala de estar con sillones y un escritorio. Luego un pequeño vestíbulo intermedio desde el que se ingresaba al enorme comedor en uno de cuyos extremos se hallaba la cocina a gas. Sin embargo, atravesando el exótico patio de las macetas y plantas, se encontraba la vieja cocina formada por una mesada de baldosas calcáreas violetas y marrones, en cuya superficie se hallaban unas rejillas donde se cocinaba a carbón, el puchero y los bifes que comíamos al mediodía. Debajo de las rejillas había unos huecos donde se introducía, las brasas incandescentes que sacábamos con una larga y angosta pala metálica del horno de la cuadra.

Casi no se usaba la cocina nueva que servía para calentar la sopa o la leche según lo que uno quisiera cenar temprano y frugalmente. El fiambre surtido era una constante y se lo acompañaba de café con leche entera o sopa de fideos municiones hecha con el caldo del mediodía. A un costado del comedor se llegaba a un pasillo que conducía al baño principal. A uno y otro lado se desplegaban dos enormes habitaciones. En una de ellas dormía mi abuela. Cuando yo me quedaba dormía en su pieza. Tenía un ropero oscuro y enorme y un par de camas de una plaza enmarcaban la suya que era la que conservaba de casada. Me preparaban un ladrillo refractario que envolvían en papel de diario y luego inserto en una bolsa suave de algodón que se cerraba tirando de un piolín ubicado en uno de sus extremos. El calor era suave y agradable. Duraba toda la noche y tener los pies calientes me aseguraba un sueño placentero propenso a la elaboración de fantasías de aventuras. El olor del enorme cuarto era muy especial. Un olor antiguo, de otra época, probablemente de cuando mi abuela era apenas una adolescente. Tenía mucho de solemnidad y cumplía con todos los aditamentos del siglo diecinueve. Debajo de las camas había unos recipientes de metal enlozado de color amarillo pálido que servía para orinar en la noche. Noches interminables ya que nos acostábamos temprano. Una sensación de des-pertenencia me poseía. No sé si sentía miedo o una exaltación serena, quieta, que me hacía revisar con mi vista todos los objetos que formaban el ritual que mostraban con elocuencia la vida de la temprana juventud de mi abuela. Yo era un extranjero en ese sitio. Como venido de otra era. No recuerdo ventanas sino unas claraboyas altísimas que aportaban algo de claridad en las horas tempranas desde que empezaba a amanecer. Yo me introducía muy al fondo de la cama. Jugaba a que estaba en el mar y buceaba en la suavidad de las sábanas almidonadas. Una perfección escenográfica dominaba el sitio donde dormíamos con mi abuela. Recuerdo que no hablábamos, solo a veces me despertaba el chorro sonoro eliminado por su vejiga en el silencio sepulcral de la noche. Por momentos me llegaban los ruidos ahogados de la cuadra que comenzaba a trabajar hacia las cuatro de la mañana.

Recuerdo particularmente una noche donde me desperté mojado. Me dio vergüenza el hecho y decidí en la oscuridad quitar mi ropa interior y esconder la sábana. Me levanté exigiéndome que se me ocurriese rápidamente dónde ocultar la evidencia de mi desgracia. Recuerdo que en cuatro patas y en silencio, recorrí la habitación en la oscuridad. De golpe, uno de los listones del piso de madera cedió ante mi mano. La introduje y no tocaba el fondo. Yo solía esconder en la base de mi mar (que eran los pies de mi cama) una linterna pequeña, concentrada y potente. Mi abuela roncaba profundamente. Iluminé las tablas y comprobé cómo se correspondían varias de ellas formando una abertura que desconocía. Alcancé a ver una escalera y pensé que ahí sería un buen lugar para esconder mis calzoncillos meados y las manchas humillantes de la descompostura que me produjeron las legumbres y los picantes que había comido durante la cena. Me toqué el culo y olfateé mi dedo índice en la oscuridad. El olor a mierda me inquietó más. Ese hecho me decidió a bajar por las escaleras luego que las tablas giraran ciento ochenta grados y se cerraran tras de mi descenso a las profundidades del cuarto de mi abuela. Sentía frío y miedo y vergüenza. Mi pequeña luz se destacaba en esa oscuridad espesa, densa, húmeda. Bajé cerca de cuatro metros y para mi asombro descubrí un cuarto igual al de la superficie. Dormía una señora mayor con quien supuse sería su marido. Una niña muy blanca, de una piel casi transparente, dormía plácidamente en la que parecía mi cama. Recorrí la casa subterránea con mi linterna y concluí que era un espejo de la que yo frecuentaba en la superficie. Mientras trataba de superar mi miedo vi que por una ventana muy alta entraba algo de claridad artificial. Decidí esconderme dentro del ropero. Oí los consabidos movimientos cansinos de un tranquilo amanecer y mimos para la chica dormida. Le llevaban un desayuno de una leche muy espesa y pan caliente como recién sacado del horno. Manteca casera y lo que parecía ser mermelada de naranja.

La niña vestía un largo camisón blanco, zoquetes y una especie de capellina de dormir se sostenía con una tira atada debajo de su mentón. Tenía unos acuosos ojos grises, una piel tersa y una nariz desproporcionada para su rostro inocente y aniñado. Sin embargo le confería carácter y singularidad. Cuando abandonaron la habitación salí de mi escondite. Recorrí la casa ocultándome aunque no pude evitar que me descubriera la señora lavándome en el baño. Sin embargo pareció no verme. Venía con unas pavas enormes de agua caliente y de a poco fue llenando la bañera blanca de patas de león. Pasaba sin verme a un ritmo regular impuesto por la exposición de los cacharros al fuego. Cuando hubo terminado se desnudó y se metió en la tina. Yo, extático en el inodoro, no sabía para donde mirar de vergüenza y opté por limpiarme y salir como si nada estuviera pasando. Caí en la cuenta que era invisible. Como si viniera de otro mundo o de otra dimensión. Llegué a la cuadra donde el señor que había visto durmiendo amasaba con sus manos un bollo gigantesco de pan. La niña tomaba clases de piano con una mujer muy estricta que le marcaba con rigor sus errores. Me quedé observándola, luego pasó a tomar clases con la profesora de bordado que la trataba de usted y le exigía eficiencia. Luego, ayudó a su joven madre a preparar la comida. Pelaba papas y batatas y azuzaba el fuego con una pantalla grande y de mango largo como quien abanica un príncipe. El rigor y la responsabilidad parecían gobernar los actos de los integrantes de la familia. Divisé dos hermanas más pequeñas al cuidado de una nana que no las abandonaba en ningún momento. Pero la mayor estaba predestinada a trabajar duro y formarse en el insufrible oficio de las mujeres de su tiempo. Me quedé toda una mañana viendo el trajín familiar y oyendo las órdenes rigurosas que le impartían a mi abuela. Comprendí algo de su carácter firme y controlador. Imaginé que en la superficie ya era hora de levantarse. Decidí subir ya con mi culo limpio y mi calzoncillo lavado. La sábana la dejé en una canasta donde intuí que se ponía la ropa para lavar. Y tomé una sábana como las de arriba, sólo que llevaba las iniciales EB grabadas con un hilo de un vívido color rosa que supuse había hecho EB. Comprendí tardíamente que eran las iniciales de mi abuela y que seguramente ella misma las hubiese bordado bajo la tutela rigurosa de su instructora. Cuando estuve arriba mi abuela seguía roncando. Armé mi cama y tomé unos interiores limpios. Me cambié. Colgué de las canillas de la bañera el recién lavado. Me acosté y del esfuerzo por mantenerme calmo terminé extenuado. Dormí profundamente. Desperté con la voz de mi abuela diciéndome dormilón y trayéndome el desayuno. Tomé el mate cocido con leche y galletas abizcochadas desechas e inmersas en el líquido verde, oscuro, humeante. La comí con una cuchara sopera; me toqué el culo y olí mi dedo índice. El aroma perfumado del  talco me dio seguridad. Luego revisé las sábanas. Estaban secas. Y suspiré aliviado. Aparté la bandeja y comencé a vestirme. La abuela siempre me pedía que la alisara antes de salir de la habitación. La deshice para airearla, retiré el ladrillo todavía tibio y me dispuse a tenderla. En eso entró y se detuvo mirando fijamente las atrayentes iniciales EB sobre la tela blanca almidonada que emanaba un suave perfume de mujer. Se quedó detenida un espacio y al rato me dijo: No sabía que conservara una de éstas, ¿sabes? A veces, cuando duermo, suelo recordar mi infancia. Me siento tan cerca de todo ello, que me cuesta acostumbrarme a que soy una vieja y que ya no hago más que contemplar la vida. Cuando chica, yo era muy aplicada y entre otras cosas, bordaba mis iniciales a todo.