"La muñeca de Judy Altvater"

09.11.2014 08:41

 

Era una época de crisis económica. Las depresiones financieras golpean duro en nuestro país. Las cosas escasean, se retacean cuando las hay, aumentan permanentemente y los sueldos se degradan. Judy era muy chica en esa época. Fue tal vez la niña más chiquita que yo haya visto. Menuda y perfecta. Verla completa en un tamaño tan pequeño me tranquilizaba. Apenas se le veía la nariz o la boca. Y sus manos eran mínimas. Sólo sus ojos, enormes y expresivos, la afirmaban en el mundo. Usaba vestidos que parecían de grandes y de aspectos victorianos; y llevaba un pelo lacio y escaso cortado de una manera tan singular. Un mechón en su frente se elevaba como un signo de admiración, finito, enhiesto, a modo de un unicornio oscuro y misterioso. Comenzó el jardín, al que concurría sin quejas y en silencio. Yo la iba a buscar todos los días por la tarde. La elevaba contra mí con la facilidad con que se levanta una hoja. Así fue pasando el tiempo y comenzó en la misma escuela el período primario. Había crecido aunque de manera proporcional. Estaba más alta aunque sus facciones y cuerpo eran delicados. Su mechón de la frente seguía siendo su distintivo. Se lo cortaba a escondidas para que siempre estuviera parado en su frente, como un signo de  interjección. Cuando volvíamos en el auto, sentada en el asiento de atrás, siempre pedía cosas. Pero tengo particularmente presente la tarde en que me pidió una muñeca.

_ ¿Papi viste esas muñecas rubias con vestidos de princesas?

_Si.

_Quiero una que tiene un vestido violeta y usa zapatos con tacos y tiene una corona en la cabeza. ¡Ah! y un pelo largo y lacio para peinarlo.

_Voy a ver Judy, no sé si puedo comprarla ahora, todo está muy caro y seguro que esa muñeca es importada.

_ ¿Cuándo me la podes dar papi?

_ En la semana, seguro que en la semana.

Judy era muy reservada pero cuando pedía algo lo hacía con convicción. Argumentaba su interés y durante el trayecto me contó que la muñeca traía accesorios como zapatos, bolsos, otros vestidos, peines y carteras que le permitía cambiarla de aspecto, para que siempre estuviese presentable tanto para una fiesta en el colegio como con unos impecables joggings para ir a jugar a  las hamacas. La dejé en casa con su madre y me fui a recorrer jugueterías. Encontré la muñeca en la más grande de la ciudad. La tenían como una joya a un precio exorbitante. Di vueltas pero finalmente la compré. Tenía la misma sensación de cuando uno compra un reloj para los dieciocho de un chico o los gastos para una fiesta de quince de una niña. En el complicado presente económico, las cosas habían perdido su valor referencial. Un auto costaba como una casa y una muñeca lo que un reloj de oro. Sin embargo, cuando se la entregué y compartí su alegría toda mi preocupación financiera desapareció con su expresividad, con su femineidad para atenderla, cambiarla, acostarla y darle de comer. Durmió abrazada a su muñeca, tomaron el desayuno juntas y juntas fueron a la escuela. Cuando las dejé en las escalinatas le pedí que se cuidara y cuidara de Sofía. Hice mis cosas durante el día. Me sentía reconfortado recordando a mi hija y su felicidad que era la mía. Se hizo la hora de buscarla. El sol ya comenzaba a decaer promediando el otoño y el frío se mezclaba con los colores confusos del atardecer. Los árboles daban una sombra fría sobre el portón de salida de la escuela. Recuerdo esos momentos siempre con algo de tensión. Los grados salían desbocados, los jardines primero, luego los más pequeños de la primaria y por último los de mayor edad. Pero la multitud de padres, de micros escolares, de abuelos, de autos, bicicletas, sumado a la bocanada de guardapolvos blancos que vomitaba la puerta doble y enorme de la escuela, me generaba una sensación de incertidumbre, de pérdida, de desasosiego. Hasta que veía a Judy o ella a mí y me gritaba ¡papi! y yo corría a buscarla y alzarla como una servilleta de papel o un copo de algodón tiznado, rescatándola de la muchedumbre de niños y niñas y adultos que parecían recoger peces del mar que traían – generosas – las olas.

Al día siguiente de dormir con la muñeca decidió llevarla a la escuela. Llevaba su mochila en su espalda y con sus manitos acariciaba a Sofía mientras sus ojos expresaban, silenciosos, su alegría. Pasó la tarde gris del otoño, con los árboles perdiendo su follaje, con la calle empedrada húmeda por los primeros rocíos y un color plomizo monopolizaba el cielo que parecía quieto, galvanizado, detenido. La ceremonia de siempre. La espera angustiante. La ansiedad de los padres, los posicionamientos en los primeros escalones del acceso. Llegué algo tarde y estaba como a cincuenta metros o algo más de la entrada. De golpe el estampido de niños y niñas todos iguales vestidos de blanco, alborotados, excitados, hambrientos, demandantes. Me inquietó no ver a Judy de inmediato. En unos segundos que se convertían en pesos en mi espalda, vi su manito diminuta sosteniendo en alto a Sofía. Era su bandera, su manera de decir aquí estoy. Me lancé en su búsqueda sorteando chicos que se cruzaban como las olas estallando sobre la costa con el color blanco espumoso del mar. Incesantes, inacabables, insistentes. Recogí a Judy de entre la marea y la arrastré junto a un árbol, a salvo del remolino anárquico de pequeños deseosos de chocolatadas, golosinas, peleas, demandas, alzadas, llantos. Judy seguía con su manito en alto como si quisiera decir algo. Cuando la reviso veo que le faltaba Sofía. A Sofía se la había llevado el mar. Buscarla en el oleaje era imposible. Nos sentimos consternados. La muñeca se había extraviado en la marea. Nos quedamos últimos y la buscamos minuciosamente en cada rincón de la costa ahora desierta. Se hizo de noche y nos fuimos resignados. Ella estaba absorta, no lloraba pero su cara denotaba una tristeza serena. Volvimos a casa y Judy no habló más de Sofía. Había cuidado de ella tan solo un día. Pero aguantó su tristeza. Al día siguiente escribimos unos carteles y los pegamos en las transparencias de la escuela con las características de la muñeca perdida, prometiendo una retribución a quien dijera algo sobre su paradero. No tuvimos noticias. Judy se sumió en un silencio aún mayor. No habló durante un par de días. Desesperado busqué una sustituta. Imposible. Sofía era la última de una muñeca de las que ya no se importaría más por la crisis y lo disparatado de su precio. Una mañana a Judy le llegó una carta por correo. Era de Sofía, le decía que se había perdido a la salida del colegio y que una chica la había encontrado. Que la extrañaba pero que la nueva “mamá” era muy pobre y jamás había tenido un juguete como ella. Le pedía permiso para quedarse a vivir allí, ya que sentía que era más útil en ese hogar humilde. Le decía además que siempre la iba a recordar. Que había pasado el mejor día de su vida al cuidado de Judy, y seguramente encontraría otra muñeca que la quisiera tanto como ella. Le deseaba suerte en el colegio y le prometía comunicarse cada tanto para saber cómo le iban las cosas a ambas. A la semana llegó otra carta a nombre de Judy. Era nuevamente de Sofía. Le decía: Querida Judy, dentro de poco te irá a ver una prima mía que me vino a visitar y no tiene dónde parar. Le hablé de vos y de lo buena que sos. Me pregunto si podrá vivir en tu cuarto. Imagino que sí. Se parece a mí, nos criamos juntas y somos como hermanas. Te quiere Sofía. Una mañana tocaron el timbre. No había nadie cuando atendí. Había un paquete dirigido a Judy. La llamé y lo recogió del piso. Lo abrió y dentro de un envoltorio muy cuidado se hallaba una muñeca muy parecida a Sofía. Judy sonrió, y prontamente preparó un baño tibio para Celeste. La secó, la arropó y durmieron juntas esa noche y muchas más con la ternura implícita de las niñas que juegan a ser responsables de pequeñas. La marea ya no le trajo pérdidas sino apariciones. Un día vio a Sofía en los brazos de una niña muy tímida y retraída. Se miraron y en el andar, los ojos de Sofía parecían hacerles un guiño cómplice. Judy sonrió complacida y serena. Extendió su mano, saludándola, con su prima en alto.