"El reloj de Fantasía", Niño venido de Fantasía

16.05.2013 12:23

No recuerdo bien cómo sucedió todo aquella aventura, lo que sí tengo bien presente es que no fue un sueño, sino que fue algo real, me atrevería a decir más real que mi propia existencia en este mundo. Así que te advierto, amigo lector, no tomes mis palabras a la ligera, no vaya a sucederte lo mismo que a mí, pero en lugar de ir a parar con seres tan hermosos y cuidadosos que me cuidaron y defendieron, vayas a terminar siendo el desayuno de un trol o acabes en el fondo de una pócima maligna.

 

Aquella mañana salí de mi casa como cualquier otro día. El sol brillaba como de costumbre y hasta los mismos zancudos zumbaban en los oídos. No sé por qué recordé a mi abuela y las absurdas historias que me contaba de unos hombrecitos que medían más de 10 centímetros. Al inicio, como todo buen nieto le creí y hasta salía al jardín y al campo en búsqueda de esos seres. Más de una vez estuve a punto de ser mordido por una serpiente venenosa cuando trataba, según yo, de averiguar si ese era uno de los túneles de esos seres llamados gnomos. Cuando fui creciendo, mi inocencia se esfumó y los gnomos pasaron a ser fabulas extrañas con las que mi abuela quería educarme. Miré mi reloj rojo y vi que las dos manecillas apuntaban justo a los noventa grados de las doce. Moví la cabeza para despejar esas inocentadas que solía creer. Un joven de 12 años ya no creía esas cosas, pensé y seguí caminando más deprisa.

 

Mi intención era llegar a la cima de una montaña pequeña que habían apodado "el Cerro de la Cruz" solo porque tenía un par de cruces hasta arriba. Decidí correr un poco para acercarme a unos árboles que hacían algo de sombra, hacía buen rato que había salido de los límites del pueblo. Volví a mirar mi reloj y noté que las dos manecillas no se habían movido de lugar. Me sentí extrañado, mi abuela me lo había regalado dos días antes, justo el día de mi cumpleaños, estaba nuevo. Me lo acerqué al oído y escuché que los engranajes seguían funcionando aparentemente normal. Me enojé de que mi reloj hubiera sido tan chafa y eso que parecía ser de calidad. Me sentí como un niño que le regalan una caja enorme pero que solo contiene un diminuto chicle dentro. Estuve a punto de quitármelo y lanzarlo lejos. Al fin y al cabo no era más que un fierro inservible.

 

De pronto, unas risitas me pusieron en alerta. Miré a todos lados, pero no vi a nadie. Las risas sonaron otra vez, suaves y alegres, con una pureza tal en su timbre que me sentí hasta extraño a mí mismo.

 

- No puedes vernos" –escuché sin realmente ver a nadie, pero sí oyendo otra risita muy parecida.

- ¿Quieres vernos? –me preguntó otra vocecita invisible.

- No sé si quiera verlas –pensé en voz alta.

- ¿Seguro? –insistió la primera voz que me había hablado.

- Sí, me encantaría –dije despreocupado, pues un niño de esa edad qué le puede preocupar.

- Muy bien, para eso tendrás que venir con nosotras.

- ¿Ir? –les pregunté, luego les expliqué: no puedo. Mi mamá me ha dicho que no me vaya nunca con extraños.

Las dos vocecitas volvieron a reír de manera alegre, luego una me dijo:

- Te entiendo, pero a dónde vas a ir y a quiénes puedes conocer son seres muy distintos a los que tu mamá piensa cuando te dice eso.

- Vamos, chico, solo asómate –me animó la otra-, si no te convences te regresas y nunca más volverás a ser invitado.

- ¿Asomarme?, ¿a dónde?

- Vaya, este chico habla más que actúa.

 

Vi cómo una manita casi invisible se iba haciendo más grande conforme se me acercaba. Me tomó de la cabeza y me empujó con fuerza. Creí que me iba a estampar contra el árbol, pero para mi sorpresa, mi cabeza se fue haciendo pequeña. Detrás sentía mi enorme cuerpo comparado con mi cabecita. Delante de mí se abría un enorme bosque lleno de duraznos.

 

Fue obvio, pronto introduje mi cuerpo entero en aquella hendidura. Me sentí maravillado y sorprendido, cómo podía caber dentro de ese árbol tan chiquito y delgado. Entonces, las voces ya no me parecieron invisibles: eran dos hadas. Sus rostros eran igual de hermosos a los angelitos que había visto en los libritos de los santos y en las biblias con dibujitos. Sin saber por qué me sentí fuertemente atraído a ellas. Un niño de esa edad no quiere a las niñas, pero esto era diferente. Ellas se voltearon a ver mutuamente y sonrieron, obvio, me sonrojé y sentí que el corazón estaba a punto de estallar.

 

Las dos me tomaron de las manos y me llevaron volando entre los duraznos florecientes…

 

En fin, no recuerdo mucho lo que pasó aquella primera vez que entré al mundo de la Fantasía, fue tanto lo que vi, sentí, olí, gusté y escuché que creo haber tenido gula en todos los sentidos. De las demás veces todavía me acuerdo, y fueron muchas las aventuras que viví, pero estas son otras aventuras y deben ser contadas en otro momento.

 

Cuando regresé, simplemente salté de la hendidura del árbol y mientras iba cayendo me fui haciendo de mi tamaño normal. Miré mi reloj y seguía marcando las tres quince. Avancé unos pasos y volví a mirarlo, eran las tres y media. Habían pasado solo quince minutos y para mí había sido toda una vida allá en el país de la Fantasía.

 

Ese día ya no subí el "Cerro de la cruz" sino que más bien me fui a agradecerle a mi abuelita por haberme regalado un reloj mágico, ya que cada vez que estaba cerca de una entrada a Fantasía marcaría las tres y cuarto.